Opinión

Opinión

De Versalles a Danzig

ACTUALIZADA 07/09/2019 A LAS 02:00
La entrada al campo de concentración de Auschwitz, en Polonia.
La entrada al campo de concentración de Auschwitz, en Polonia.
Kacper Pempel / Reuters

Acabamos de vivir dos aniversarios interconectados. Hace un siglo se firmó el tratado que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Hace ochenta años comenzó la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo debemos recordar estos acontecimientos?

Gdansk, la antigua Danzig, dispone de un moderno museo sobre la «trágica experiencia» de la Segunda Guerra Mundial. Para cerrar el recorrido de la exposición, el vanguardista edificio cuenta con una sala donde se sintetiza el mensaje que se pretende transmitir. Hasta octubre de 2017, se asistía a un montaje con una vertiginosa sucesión de escenas que recogían diversas guerras recientes al ritmo de una de las canciones más emblemáticas para el movimiento contrario a la de Vietnam, ‘La Casa del sol naciente’. Hace dos años, los nuevos responsables del recinto, fieles al ultranacionalismo del gobernante Partido Ley y Justicia, cambiaron el mensaje final para centrarlo en el heroísmo de los polacos durante aquellos aciagos días.

El Gobierno de Varsovia, como otros regímenes populistas, quiere construir una ‘historia’ a la medida de su ideología. Es un fenómeno que ha estudiado, entre otros, Habermas. «No hay saber neutral, pues todo conocimiento se pone en marcha por un interés», dice el filósofo alemán. Por eso la Historia, aunque sea con mayúsculas y se llame ciencia, responde al conflicto del presente desde el que se la estudia. En este sentido, Raymond Aron afirmaba: «Cada sociedad tiene su historia y la reescribe a medida que ella misma cambia. El pasado solo queda fijo definitivamente cuando no hay futuro».

Cabe preguntarse, pues, cómo debemos recordar hoy lo ocurrido hace un siglo, el 28 de junio de 1919, en Versalles (la firma del tratado que puso fin a la Primera Guerra Mundial) y hace ochenta años, el 1 de septiembre de 1939, cuando sonaron en Danzig los primeros disparos de la Segunda Guerra Mundial.

Los tratados firmados en el palacio parisino fueron el germen de numerosos conflictos del siglo XX y, sobre todo, de la Segunda Guerra Mundial. Pero Versalles también debe ser recordado como el origen de la Sociedad de Naciones, que después daría lugar a la ONU, y del espíritu de cooperación internacional que lo impregnó. Respecto a este acontecimiento, en la pugna entre teóricos realistas e idealistas de las relaciones internacionales, se impuso la interpretación más pragmática de Edward H. Carr y otros, pero el siglo XXI es heredero también de quienes creyeron, hace una centuria, que los contenciosos entre vecinos deben resolverse de un modo civilizado y que la diplomacia abierta y el comercio deben presidir las relaciones entre naciones libres.

En los años veinte y treinta, los líderes políticos se equivocaron. El ascenso de Hitler fue posible porque los dirigentes conservadores compartieron el poder con un partido extremista y este les ganó la partida. Por eso el Führer se atrevió el 1 de septiembre de 1939 a abrir fuego contra las fortificaciones polacas de la base de Westerplatte, en la ciudad de Danzig. Fue posible por el acuerdo que pocas semanas antes habían alcanzado el III Reich y la Unión Soviética: el pacto Ribbentrop-Molotov. Y fue posible porque durante los años anteriores, Francia y Gran Bretaña habían cedido ante todas las agresiones expansionistas del líder nazi.

La lección de Versalles y Danzig es que la democracia liberal, la cooperación entre países y el libre comercio deben ser preservados como un auténtico tesoro. El aislacionismo, el unilateralismo, el populismo y la xenofobia que hoy imperan en los gobiernos de Estados Unidos, Rusia y varios países europeos socavan ese valioso legado. Los partidos de centroizquierda y centroderecha son contrincantes democráticos, no oponentes históricos; por eso deben cooperar para combatir los extremos de cada lado. Las vicisitudes del siglo XX demuestran que una vez que un grupo fascista obtiene poder político es muy difícil apartarlo.

Sostiene Hobsbawn que la destrucción de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia de cada individuo con las generaciones anteriores es uno de los fenómenos más característicos y extraños de nuestra época. Por eso las dos guerras mundiales deben ser rememoradas hoy, no para recrearse en un pasado que no volverá, sino como recuerdo constante de los mecanismos que pueden llevar a la disolución de la convivencia pacífica.

Etiquetas