Opinión

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Por
  • Ana Alcolea
ACTUALIZADA 04/09/2019 A LAS 02:00
El viaje en coche hasta la playa duraba trece o catorce horas.
Imágenes.
HERALDO

Repaso las imágenes del verano no solo en mi cabeza sino en el teléfono móvil. Y miro las mías y las compartidas. Pienso que ese aparato que nos tiene unidos al mundo exterior y al interior es el nuevo cordón umbilical, la nueva áncora, la nueva ancla que nos une, no a nuestra madre, no a un puerto, sino a nosotros mismos y a nuestros adláteres. Necesitamos anclas a las que asir nuestro cuerpo, nuestros pensamientos, y tal vez nuestro destino.

Las fotos, las imágenes virtuales de mi verano son un asidero al que me agarro para sujetarme al mundo real, que es el mío y el de los míos. Las fotos del verano muestran a personas que sonríen, que caminan, que recogen frutas y setas del bosque, a bebés recién llegados que miran a la cámara sin saber que su sonrisa traspasará fronteras. Los bebés no saben lo que son las fronteras, y ríen y lloran sin conocer qué será de ellos. Nadie sabe nada, ni ellos ni nosotros. Por eso todo el mundo sonríe y habla: para llenar el vacío de las incertidumbres. Hablamos, caminamos, contemplamos. Intentamos vivir aquí y ahora, escuchar el murmullo de las aguas en la cascada y probar entender las voces de la naturaleza. Procuramos leer el terreno que nos rodea: algunas hojas amarillas de los abedules dicen que el otoño se acerca, y el lento caminar del río avisa de que el invierno llamará pronto a la puerta. Me agarro a las imágenes de mi memoria y de mi teléfono ‘inteligente’ porque no quiero que el verano se vaya por la puerta de atrás, como suele hacer.

Ana Alcolea es escritora

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