Opinión

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Naturalidad

ACTUALIZADA 31/08/2019 A LAS 02:00
Fachada del Congreso de los Diputados.
Fachada del Congreso de los Diputados.
Enrique Cidoncha

Cuando de joven viajaba a Europa, observaba en mis compatriotas, que habían nacido y crecido en una dictadura, una común inhibición. Frente al tópico de la jarana española, de inicio, actuábamos con exceso de comedimiento. Solo en confianza, o en grupo, o pasado un tiempo, nos relajábamos al tratar con gente foránea. Tres décadas después, en cambio, observo que la juventud española, no solo la universitaria que cursa el programa Erasmus, sino también la que emigra para ganarse la vida, actúa desacomplejada y se funde con la europea.

Dicha transformación se puede predicar del conjunto de la sociedad española, que hoy tiene razones para considerarse entre las más civilizadas del mundo, por mucho que sea el margen de mejora. En este sentido, respecto a la vida democrática de los últimos cuarenta años, hay algo en lo que, en lugar de avanzar, hemos retrocedido. Me refiero al comportamiento político. He tenido esta impresión, por contraste, viendo fragmentos de los debates del Parlamento británico, emitidos por la BBC. En concreto, me he fijado en la naturalidad de quienes intervienen, que no hay que confundir con la simple espontaneidad.

A nuestra democracia le falta esta esencial virtud. Unas veces, por engolamiento, otras, por chabacana familiaridad, y casi siempre, por demagogia, en general, las manifestaciones de nuestra clase política, incluso las que parecen sinceras, adolecen de artificiosidad. Al compararlas con los modos políticos británicos, me he acordado del viajero acomplejado que fui en mi juventud y que, en el fondo, frente a lo que espero de mi país, ya nunca dejaré de ser.

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