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Opinión

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Por
  • Pablo Guerrero
ACTUALIZADA 25/08/2019 A LAS 02:00
Momentos previos a una operación en un quirófano del hospital Miguel Servet.
Momentos previos a una operación en un quirófano del hospital Miguel Servet.
Oliver Duch

En pocos días el cierzo barrerá el bochorno hasta que lleguen las nieblas, cerrarán las piscinas, la cerveza seguirá apeteciendo –aunque no al aire libre–, se reanudará el curso académico y, también, el político. La actualidad, irremediablemente, volverá a copar los espacios de opinión de los diarios. Antes de que ello suceda, aprovecho esta columna para elogiar, con sosiego, la encomiable labor realizada por el personal sanitario del Salud y, en especial, por los profesionales de la planta séptima del Hospital Miguel Servet de Zaragoza.

Hay lugares por los que uno preferiría no pasar jamás, y la séptima del Servet, que alberga la unidad de ictus dentro del servicio de Neurología, es uno de ellos. Los familiares llegamos con zozobra, nervios y miedo. Especialmente cuando somos completos ignorantes en materia sanitaria. Pero cualquiera toma conciencia de inmediato de que no puede estar en mejores manos: una atención sanitaria formidable y un trato personal extraordinario por parte de todos los que allí prestan servicio.

Dicen que la vida hospitalaria es más cómoda en la privada que en la pública. Lo desconozco, y en casa todos queremos seguir albergando la duda. En las urgencias vitales, cuando la necesidad apremia y es de entidad, la sanidad pública funciona como un reloj. De corazón, gracias a quienes, a pesar de la falta de medios, la hacéis posible cada mañana con esfuerzo y dedicación. Vuestra entrega y profesionalidad hacen sentir orgullo, admiración y honda gratitud.

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