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Opinión

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¿Hemos llegado ya?

ACTUALIZADA 23/08/2019 A LAS 02:00
El viaje en coche hasta la playa duraba trece o catorce horas.
El viaje en coche hasta la playa duraba trece o catorce horas.
HERALDO

De mi antigua casa en Las Delicias a las playas de Chipiona -lugar de veraneo no solo de folclóricas sino también de servidor cuando era infante- hay 958 kilómetros. Un buen trecho que en los años 80 recorríamos en una maratoniana jornada, con más moral que el Alcoyano y en un flamante Talbot Horizon, que con dificultad superaba los 100 kilómetros/hora.

Aranjuez, Manzanares, Despeñaperros, Andújar... Todos estos parajes hubieran desfilado ante nuestros ojos de no ser porque las ventanillas estaban hábilmente cubiertas por toallas para evitar el calor. Sofisticada tecnología: baje un poquito la ventanilla, asome la toalla por la ranura y vuelva a darle al manubrio. Eso sí eran cristales tintados y lo demás, tonterías. La copiloto (véase mi madre) iba dispensando bocadillos y biodraminas, tan imprescindibles en el botiquín casero como esa mezcla de crema Nivea y yodo que -aseguraban- protegía el moreno. 

Detrás, tres niños apilados -sin cinturón por supuesto- y la abuela, que hacía pedagogía explicándonos que el viaje iba a ser muy largo y que buscáramos entretenimiento -época predeuvedé- escuchando cassettes en el ‘walkman’ o jugando a un ‘veo, veo’ por carreteras en las que solo había polvo y capitanas. (Aún albergo mis sospechas de que maceraba el Cola-Cao con un poco de coñac para que estuviéramos tranquilos). El viaje duraba sus buenas trece o catorce horas, pero había algo que ningún verano fallaba: salíamos de la plaza Roma y cuando parábamos a echar gasolina en Los Enlaces los tres niños preguntábamos al unísono: «¿Hemos llegado ya?».

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