Opinión

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Ronaldo, Salvini y Sánchez

ACTUALIZADA 22/08/2019 A LAS 02:00
Italian Deputy PM Matteo Salvini gestures as he speaks during a session of the upper house of parliament over the ongoing government crisis, in Rome, Italy August 20, 2019. REUTERS/Yara Nardi [[[REUTERS VOCENTO]]] ITALY-POLITICS/
Matteo Salvini ha interpretado el papel de malvado en la historia del 'Open Arms'.
Yara Nardi / Reuters

Si algo caracteriza nuestra época es la movilidad y la comunicación global. Ambos asuntos han transformado la vida cotidiana de millones de personas, cabría decir del conjunto de la humanidad. Somos parte de una generación de humanos que tenemos a nuestro alcance simbólico y material el planeta. El horizonte se queda pequeño. Lo próximo está desbordado porque en nuestras opciones tenemos a la mano ciudades, personas y cosas situadas a miles de kilómetros. Basta un clic en el mando de la televisión, en el teléfono móvil o con el ratón de la computadora para ver y activar el deseo. Eso sí, después hace falta una tarjeta con crédito suficiente para comprar lo que corresponda. Por eso, esta característica que es planetaria, no está homogéneamente distribuida. Se repite la clásica diferencia entre quienes no necesitan conjugar el verbo poder -porque pueden todo- y quienes no contamos con esa capacidad. 

La desigualdad en esa distribución del poder repite viejos esquemas. Las inercias son las mismas: pocos en la cúspide de la pirámide y muchos en la base. Precisamente por eso, el sistema sigue alimentando los sueños y los deseos, activando el mito del esfuerzo y del dinero. Y no hacen falta grandes sofisticaciones. Incluso se consigue jugando al fútbol. Basta un ejemplo, un crío de una isla de menos de mil kilómetros cuadrados, hijo de una familia con recursos escasos, sin formación intelectual, dando patadas a un balón consigue tener su propio jet privado y entrar en la cumbre de los deseos. Así, Cristiano Ronaldo se ha convertido en un icono universal. En él se sintetizan aspiraciones y conquistas que se disuelven como una posibilidad alcanzable allende las fronteras de la Europa League. 

Mientras eso sucedía y para que haya sido posible, se han combinado estructuras económico-financieras, tecnologías disruptivas, modelos de negocio y relaciones internacionales que han sustituido las formas tradicionales de vivir y nutren marcos conscientes e inconscientes de construcción de la vida cotidiana. De este modo, de la mano del dogma democrático liberal -basado en la fe en los derechos humanos que proclama la libertad de las personas como meta irrenunciable-, junto con el principio básico de la propiedad privada -como pilar fundamental e inalienable-, lo imposible se imagina alcanzable. 

Los deseos se vuelven a ‘colonizar’. Ahora son las fantasías del modelo de consumo creado e impulsado inicialmente por las sociedades occidentales, ya trans-nacionalizado y adoptado hasta por la China post-comunista. Así, por mucho que pensadores y defensores del ‘decolonialismo’ prediquen la emancipación de la matriz colonial del poder, la ruptura epistémica, la desobediencia o la insurgencia frente a esa dominación, el olor del dinero irrumpe como el perfume más seductor de nuestro sistema-mundo. 

Sin pensar, vivimos en un sistema global donde ha triunfado el becerro de oro. En esta religión, donde el dinero lo puede (casi) todo, se inyecta más fuel en las perversiones propias de la condición humana. Los viejos jinetes del hambre, la guerra y la muerte siguen cabalgando, haciendo que sea imposible vivir con dignidad en muchos lugares. Y, por ello, los flujos migratorios se multiplican y se multiplicarán. Cuando la vida buena es inviable en el lugar que uno vive, no queda más remedio que buscar otro sitio en el cualquier parte. Si además, el ‘paraíso’ se ve en la pantalla, es imparable el impulso a moverse. Así en lo que tenemos cerca, el mar Mediterráneo no es una barrera, es el último paso antes de llegar al edén europeo. 

Desde fuera, Europa es un oasis; desde dentro, una ficción llena de contradicciones. Una de ellas es la penúltima batalla del ‘Open Arms’ frente a Lampedusa. Ante ese espejo nos hemos de mirar. Y hay dos posiciones paradigmáticas de lo que está en juego. Por un lado, el ‘malvado’ Salvini, por otro, el ‘guapo’ de Sánchez. Con palabras distintas ambos juegan partidas equivalentes. Cada uno en su particular trozo simbólico aspira a subir a la cúspide de la pirámide e instalarse en ella. Su aspiración personal al poder es la clave para interpretar sus discursos. Lo demás son adornos, por eso no arreglan nada, sino todo lo contrario.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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