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Opinión

Viajar

ACTUALIZADA 03/08/2019 A LAS 02:00
TURISMO EN ZARAGOZA / SEMANA SANTA 2011 ( ZARAGOZA ) / 17/04/2011 / FOTO : OLIVER DUCH
El viaje puede provocarnos sentimientos contradictorios.
Oliver Duch

Al acercarse un viaje, soy más consciente de lo que he cambiado. Cuando era joven viajaba para conocer mundo, pero también para escapar de él. Lejos de casa, vivía experiencias que la memoria guardaba como si fueran sueños que hubieran sucedido en lugares imaginarios. Después, al volver, uno retomaba la realidad con más aprecio. Vista con tiempo y a distancia, la vida corriente también parecía una aventura. Además, tras el regreso, durante unos días se disfrutaba la ilusión de no seguir siendo el mismo individuo ramplón que había partido.

Cumplida una edad provecta, ya no lo percibo así. Me hice adicto al día a día, a lo que llaman ‘zona de confort’, y viajar no me evade de la realidad, sino que me lleva a ella, incluso antes de partir, desde el inquietante momento en que creo haber comprado los billetes, sin saber a ciencia cierta cuántas bolsas y maletas podré llevar. Por eso, los aeropuertos son mi segunda fobia, solo superada por la que me producen los hospitales, que representan el colmo del viaje, descontado el último, claro, el que los griegos hacían en la barca de Caronte.

Ahora la realidad es virtual y teje redes en las que nos presentamos como deidades multiformes, persiguiendo mil anhelos cambiantes. Preferimos el trato cibernético a la presencia física. Tecleamos, en lugar de hablar de viva voz, que es de mal gusto y molesto. Tocar a alguien resulta sospechoso, a no ser que se haga con fines lúbricos. En este contexto, viajar, que es espera, incertidumbre, extrañeza, contacto físico y cansancio por el que no se cobra, nos acerca a nuestra primitiva, cruda y fisiológica realidad.

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