Opinión
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Por
  • Andrés García Inda

Un mundo feliz

En el 'mundo feliz' de Huxley, la gente se contenta con un bienestar pasivo y artificial.
En el 'mundo feliz' de Huxley, la gente se contenta con un bienestar pasivo y artificial.
HERALDO

Hemos sabido por los medios de comunicación que en el municipio pontevedrés de Oya han creado una ‘Concejalía de la Felicidad’ (con mayúscula, para más inri) con el fin de impulsar proyectos que den respuesta a las necesidades emocionales de los ciudadanos. La alcaldesa ha asegurado que quería llamarla simplemente así, pero que por miedo a las críticas le ha añadido los apellidos de ‘Vecindad, Cultura y Servicios Sociales’. Tampoco sabemos si las críticas que esperaba recibir eran de forma o de fondo, aunque seguramente, como ya sabemos, no hay lo uno sin lo otro.

De todas maneras, como estamos curados de espanto con la cursilería y la falta de pudor y de vergüenza de los políticos para retorcer y apropiarse de las palabras -¡todo sea por el dichoso relato!-, ya nada nos sorprende, e incluso nos complace y divierte: ¿qué hay de malo en ello, al fin y al cabo? Nada, por supuesto, ¿nada? (seguramente ni malo ni bueno). Al parecer, además, antes de este ya existían algunos precedentes similares en Italia ¡y en Bután!, donde lo que se creó fue incluso un ministerio. Por ello, visto lo visto, tampoco nos extrañará que en muy poco tiempo se acabe también creando aquí un Ministerio de la Felicidad a nivel nacional.

Para un lector de Orwell, la existencia de un Ministerio o una Concejalía de la Felicidad evoca inevitablemente los ministerios del Amor, de la Paz, de la Abundancia y de la Verdad, que constituían la organización burocrático-administrativa de su novela ‘1984’, seguramente la utopía negativa más famosa que jamás se haya escrito. Aunque también sabemos que en la neolengua del mundo orwelliano la función de las palabras no es mostrar la realidad, sino ocultarla, y de ahí que las denominaciones ministeriales sean más bien eufemismos para dulcificar e imponer la realidad del miedo, la guerra, la escasez y la desinformación y la mentira que caracterizan la distopía de Orwell.

Sin embargo, ese no sería el caso de la Concejalía -o el Ministerio- de la Felicidad. La misión de esta no es gestionar y encubrir la infelicidad humana, sino favorecer o promover proyectos que contribuyan realmente al bienestar de la gente. Aunque con ello lo que nos está diciendo es que la felicidad consiste simplemente en ese bienestar, y que él o ella -el Poder o la Administración- es quien tiene la llave para convertirla en un derecho (el paso siguiente será, por su bien, hacerla obligatoria). En ese sentido, como decía Pascal Bruckner, más que en un Gran Hermano el poder se convierte en una Gran Madre dispuesta a colmar todas tus necesidades y deseos, una suerte de ‘conseguidor’ como el que aparecía en aquel mítico programa de televisión presentado por José María Íñigo. De ahí que más que al ‘1984’ de Orwell a lo que se parece es al indoloro mundo feliz de Aldous Huxley. En el primer caso la gente es controlada infligiéndole dolor, mientras que en el segundo lo es proporcionándole placer.

De la diferencia entre ambos ya nos avisó, por ejemplo, el sociólogo Neil Postman, cuando escribía sobre la televisión y la lógica del ‘show business’: "Orwell advierte que seremos vencidos por la opresión impuesta exteriormente. Pero en la visión de Huxley no se requiere un Gran Hermano para privar a la gente de su autonomía, de su madurez y de su historia. Según él lo percibió, la gente llegará a amar su opresión y a adorar las tecnologías que anulen su capacidad de pensar. Lo que Orwell temía eran aquellos que pudieran prohibir libros, mientras que Huxley temía que no hubiera razón alguna para prohibirlos, debido a que nadie tuviera interés en leerlos. Orwell temía a los que pudieran privarnos de información. Huxley, en cambio, temía a los que llegaran a brindarnos tanta que pudiéramos ser reducidos a la pasividad y el egoísmo. Orwell temía que nos fuera ocultada la verdad, mientras que Huxley temía que la verdad fuera anegada por un mar de irrelevancia. Orwell temía que nos convirtiéramos en una cultura cautiva. Huxley temía que nuestra cultura se transformara en algo trivial, preocupada únicamente por algunos equivalentes de sensaciones varias". ¿No será -aventuraba Postman- que es Huxley, y no Orwell, quien acabará teniendo razón?

Andrés García Inda es profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Zaragoza

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