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Opinión

La gobernabilidad, bloqueada

Por
  • Antonio Papell
ACTUALIZADA 29/07/2019 A LAS 00:00
Spain's acting Prime Minister Pedro Sanchez votes during the final day of the investiture debate at the Parliament in Madrid, Spain July 25, 2019. REUTERS/Sergio Perez [[[REUTERS VOCENTO]]] SPAIN-POLITICS/
Pedro Sánchez en el Congreso
Sergio Pérez / Reuters

El populismo de izquierdas, gestionado por Pablo Iglesias (hay otros sectores que se han emancipado de tal tutela), ha impedido por segunda vez la formación de un gobierno de izquierdas estable. La reiteración de este fracaso, que perjudica a todo un hemisferio de este país, podría sugerir algún fallo estructural en la correlación de fuerzas, pero a poco que se profundice en el análisis, se llegará a la conclusión de que las causas son muy primarias y vulgares.

Las razones de la negativa son claramente personalistas y solo se entienden cabalmente si se pondera la compleja personalidad de su impulsor, un personaje sin duda brillante, con un complejo de superioridad incorregible, con fobias inocultables y con un atractivo que sobrecoge y se convierte fácilmente en detestación. Por mucho que se hurgue, si se va más allá de los programas -que como habitualmente recogen ingredientes utópicos- se verá que no hay argumentos ideológicos que expliquen la colisión. Iglesias se ha autoproclamado varias veces socialdemócrata (por ejemplo, en un acto organizado por el Círculo de Economía en 2016). Su socio de coalición, Alberto Garzón, líder de IU, consciente de lo que suponía frustrar una opción progresista, ha discrepado claramente de la posición de Iglesias y solo a última hora decidió acomodar su voto a la pauta abstencionista.

El pasado lunes, primer día del debate de investidura, Iglesias, irritado, recordó a Sánchez que si los socialistas hubieran hecho bien las cosas, Podemos no existiría. Es una verdad como un templo (simétrica de la otra que podría también enunciarse en el otro extremo: Vox es el fruto de los errores del PP) que describe perfectamente la génesis de la opción populista, al menos en la versión de Iglesias (no tendría sentido negar que otras personalidades que estuvieron en la hora fundacional sí tenían un bagaje doctrinal propio). Y resulta que, con esta definición, emitida por el líder incuestionable de Podemos, carece de sentido hacer cábalas sobre el papel y la posición de esta organización. Entre las diversas teorizaciones que se han publicado, el catedrático Santos Juliá ha sostenido que las ideas transmitidas por los líderes de Podemos podían concretarse en «la lucha por la hegemonía, de Gramsci; la razón y la mística del populismo, de Laclau; algo de Lenin y mucho de Carl Schmitt». Pero la verdad es que el Podemos de Iglesias es mucho más simple: a los ojos de su líder, el partido no ha sido más que el instrumento destinado a conseguir apoderarse de la izquierda de este país, tras expulsar de ese espacio al PSOE en crisis. De donde se deduciría que aquella fuerza no fue desde el principio más que la congregación inorgánica de quienes estaban profundamente irritados por la mala gestión de la crisis que hizo el PSOE, hasta que perdió el poder en 2011, fecha en la que fue el PP el que tomó las riendas de la situación, profundizando en las dañinas políticas de austeridad, impuestas de Bruselas.

Si Podemos no fue más que el intento de sustituir al PSOE, parece evidente que cuando este partido se ha rehecho de sus crisis internas y de credibilidad, la presencia de Podemos en el arco parlamentario es redundante. Porque de lo que acaba de suceder se desprende que el verdadero afán de Iglesias no es colaborar a la gobernabilidad sino sustituir al PSOE de un modo u otro.

Quizá por eso la gente ya ha empezado a percibir que su tiempo ha pasado y por eso Iglesias pierde fuelle. A un ritmo vertiginoso, Podemos ha perdido confluencias. En febrero de 2019, En Marea se desmarcó; poco después, Mónica Oltra, líder de Compromís, descartó reeditar la alianza con Podemos. En marzo, IU rompía con Podemos en Madrid, tras similares divorcios en Navarra, Murcia y Asturias. En 7 de las 12 comunidades autónomas donde hubo elecciones el 26 M, IU ya no fue con Podemos. Y surgió Errejón, que se divorció de UP, y quien desbancó claramente a sus antiguos conmilitones en Madrid. Errejón está formando un partido estatal. Quizá este sea el futuro del populismo.

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