Opinión

Y ahora, ¿qué?

ACTUALIZADA 27/07/2019 A LAS 02:00
Spain's acting Prime Minister Pedro Sanchez votes during the final day of the investiture debate at the Parliament in Madrid, Spain July 25, 2019. REUTERS/Sergio Perez [[[REUTERS VOCENTO]]] SPAIN-POLITICS/
Pedro Sánchez en el Congreso
Sergio Pérez / Reuters

Tras el vergonzoso y desopilante, grotesco y penoso espectáculo que nos ha dado la clase política que pretende dirigir a estos 47 millones de españoles a los que desprecia, se derivan algunas conclusiones y se abren no pocos interrogantes, que se resumen en ese ‘y ahora, ¿qué?’, que todo el mundo se pregunta.

La primera conclusión es que nadie quiere a Pedro Sánchez para presidente; solo el voto de ese cántabro peculiar y telepredicador y los 123 (¿?) de su partido. Nadie le ha dicho sí, ni en primera ni en segunda votación. ¿Qué debería hacer un hombre así, tan malquerido? Pues bien sencillo: retirarse discretamente por el foro; no intentar darnos otra vez esa paliza atosigante e insoportable, alejarse para siempre de optar de nuevo a presidir un gobierno imposible para el que no parece estar llamado.

La segunda es que, ante unas nuevas elecciones, lo más triste pero lo más probable que ocurra es que vuelva a ser imposible esa unidad pretendida de una izquierda con apoyos extravagantes y pintorescos; la soberbia, el ego y la ambición desmedida de unos y otros, la cobardía de algunos y el miedo de más de uno volverán a desgraciarla. Está visto que no vale la pena intentarlo, sería perder más el tiempo. Aunque sin gobierno, los españoles tampoco estamos tan mal. 

Otra conclusión es que Pedro Sánchez ha sido muy osado al pretender ir a una investidura sin contar con los apoyos prepactados que todo político prudente e inteligente debería haber conseguido antes de aceptar el mandato del rey Felipe VI de formar gobierno.

Se abren también, decíamos, algunos interrogantes: ¿cabe la posibilidad de que la derecha se organice de una vez y se plantee hacerse con el gobierno acudiendo en bloque a unas elecciones en las que pudiera atraer el voto de tanta gente harta y aburrida del politiqueo estéril e impertinente a que nos están sometiendo estos trileros? ¿Podría llegarse a ese gran pacto nacional entre PSOE, PP y Ciudadanos que bajo un programa común de sacar adelante y arreglar los desajustes de este país tuviera las mayorías suficientes e inapelables para abordar, incluso, reformas constitucionales de calado?

España necesita salir de este marasmo en que nos ha sumergido esta cuadrilla, esta banda, sí, de oportunistas de la política y que debieran desaparecer para siempre de los escenarios institucionales, a los que deshonran. Su impericia y su turbio manejo de los asuntos públicos les hacen ser merecedores del destierro.

Y ahora, ¿qué? Pues tranquilidad y paciencia, señores. Tras estas bufonadas y desengaños a veces no queda otro remedio que rezar. Por este país vapuleado, vilipendiado y puesto en almoneda en la misma sede de su soberanía. ¡Qué vergüenza! ¡Que Dios nos asista!

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