Opinión

Tres siglos del gran Aranda

ACTUALIZADA 21/07/2019 A LAS 02:00
Epila. Palacio del Conde Aranda / 31-03-03 / foto Guillermo Mestre Mestre1029.jpg
El palacio del conde de Aranda en Épila.
Guillermo Mestre

Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea, X conde de Aranda (de Moncayo) fue uno de los aragoneses más útiles de todos los tiempos. Murió, longevo, en su señorío de Épila, en 1798. Fue laborioso, tenaz, valiente en la batalla, inteligente y buen gestor. Y, además, un ‘ilustrado’ que sirvió a cinco reyes, ante quienes ganó fama de decir lo que pensaba, le conviniese o no.

Qué fue un ilustrado lo ha compendiado a la perfección María Dolores Albiac en su ‘Razón y sentimiento. 1692-1834’ (Crítica, 2011). Procuro resumirlo.

La Ilustración europea, de la que hubo en España representantes señeros, buscó fijar las bases para la convivencia en orden, paz y progreso. El raciocinio debía ser aplicado en todos los ámbitos de la actividad social. Cada cual debía ejercer sus responsabilidades y los deberes en que se sustentan los derechos, tanto los particulares de las personas como los públicos de los ciudadanos.

No había un catecismo, un manual para ser ‘ilustrado’. No era preciso nacer aristócrata. Muchos no nacieron nobles, como José Moñino, jurista que fue nombrado conde de Floridablanca. Hubo "burgueses ilustrados y personas de modesta extracción como el sacerdote Pérez Bayer, consejero de Carlos III y preceptor de los infantes; hubo militares como Félix de Azara; deístas como Meléndez Valdés; agnósticos como Cadalso y como, sin duda, fue el tonsurado Leandro Fernández de Moratín, que declinó la presencia de un sacerdote en su lecho de muerte. Y hubo ilustrados en el clero, tanto en el secular, como Antonio Arteta, como en el regular con los ejemplos de Feijoo y el jesuita padre Isla".

La gente ilustrada era variada: "...aristócratas, militares, médicos, juristas, científicos, funcionarios, clérigos pequeños propietarios". No hubo una ‘casta’ estamental ni profesional. Se podía ser ilustrado de muchas formas. Les unían ciertos principios básicos, entre los que descollaban el apego a la razón, a lo bello sumado a lo útil y a la idea de que esforzarse en la educación del talento natural de las personas era fuente de mejora individual y general, personal y comunitaria.

"La educación, regida por la Razón -con mayúscula, escribe Albiac-, era el modo más seguro para lograr sociedades ordenadas, eficientes, y prósperas". A diferencia de ser masón (novedad en el siglo XVIII, y muy rara en España), ser ilustrado no implicaba entrar en una congregación, hermandad o asociación con "estatutos, ritos, creencias y comportamientos fijos y concretos".

‘En letras y armas cursado’

Autoritario (pero con autoridad personal: los hay que no tienen ninguna), disciplinado e inteligente, fue el centro de un puñado de notables al que se llamó ‘partido aragonés’, en el sentido de ser un grupo potente de influencia y acción, en el que se integraban aristócratas recelosos de los burgueses en ascenso, cuya valía, así como la voluntad de los reyes, les daba acceso a puestos significativos de poder (Floridablanca fue uno de ellos). En torno a estas personalidades se articulaban facciones en las que importaba mucho la lealtad personal. Puede decirse que el ‘partido aragonés’ era el arandismo político, de gran peso en la enorme Monarquía española.

Esforzado defensor de la inteligencia práctica, lo era también de los poderes absolutos del rey, con quien estaba dispuesto a discrepar (y mostrarlo), pero no a desobedecer ni, menos, a traicionarlo. Sirvió a cinco reyes, es decir, a toda la Casa de Borbón española: Felipe V, Luis I, Felipe V de nuevo, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV. No siempre soportaron los monarcas su temperamento encendido y su expresión vehemente. Algunos de sus rivales, y aun enemigos, tan ilustrados como él, oponían enfoques políticos o técnicos a las posiciones del conde. Pero ninguno de ellos resultaba tan incómodo e irritante para el poder soberano como este leal servidor aragonés.

Aragón ha mantenido su recuerdo, pero ha sido más cicatero que generoso con sus honras públicas. No tiene siquiera una buena estatua que merezca tal nombre en el viejo reino, al que dedicó tantos esfuerzos, casi siempre con éxito, de los que algo se dirá aquí otro día. Su dimensión, empero, es internacional.

Un admirador anónimo le dedicó, en 1775, unos versos encomiásticos que se conservan en París. Tienen este expresivo arranque, muy ilustrativo: "Es Aranda general / en el mando, consumado; / en letras y armas, cursado; / en la justicia, cabal; / en consejo, sin igual; / grande en obrar; y en esencia, / norte de la providencia. / Cid, Presidente y Sansón, / en Castilla y Aragón / es timbre de la excelencia. / Es gloria de la nación, / es temor del extranjero, / es prudente y justiciero / y héroe sin afectación".

Palabras de un incondicional, pero no descabelladas.

El conde nació en Siétamo el 1 de agosto de 1719, hace trescientos años justos. Y como si nada.

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