Opinión

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Política de sobrepuja

Sánchez, Casado, Rivera, Iglesias y Abascal.
Sánchez, Casado, Rivera, Iglesias y Abascal.
Heraldo

La extrema derecha (Vox) desprecia el moderantismo conservador (PP) mientras la izquierda radical (Podemos) se burla del reformismo socialdemócrata (PSOE). La nueva política consiste en romper viejos consensos morales y en desatar guerras culturales.

Cuando, en 1992, Francis Fukuyama se hizo mundialmente famoso con su libro ‘El fin de la historia’ (la Historia ha terminado porque la democracia liberal se ha impuesto como «el último paso de la evolución ideológica de la humanidad»), algunos de los más conspicuos politólogos llamaron a la prudencia. Giovanni Sartori, por ejemplo, avisó de que en realidad nos adentrábamos en un mundo ignoto. En el Occidente posterior a la II Guerra Mundial estaba claro cuáles eran las amenazas de la democracia. Pero, tras la caída de la URSS y la desaparición del enemigo externo del liberalismo, sus adversarios aparecerían dentro, advirtió el célebre pensador italiano. Y, efectivamente, la actual oleada populista (de izquierdas y de derechas) se caracteriza por desarrollar una crítica de la democracia desde dentro. Su relato utiliza el lenguaje, las ideas y los recursos que son propios de la democracia liberal, pero lo hace para socavar su naturaleza pluralista y representativa. Utiliza el disfraz de proyecto de regeneración democrática para ocultar una estrategia de ruptura institucional.

Sartori, que murió en 2017 con 92 años de edad, no tuvo tiempo de realizar un análisis sistemático del populismo. No obstante, en varios de sus libros ya afirmaba que la presencia significativa de partidos antisistema podría tener consecuencias negativas para el sistema democrático, dado que generaba un tipo de competición en la que la mayoría de los grandes partidos rehuía el centro buscando competir por los extremos del espectro ideológico donde los electores adoptan la posición más radical.

Se está viendo ahora en muchos países europeos. Los populistas casi no han logrado alcanzar el poder (excepto en Italia), porque se les han impuesto numerosos ‘cordones sanitarios’, pero están influyendo decisivamente en el proceso de adopción de políticas públicas. Es un hecho que los partidos tradicionales están asumiendo parte de sus postulados. Y hasta el punto de que algunos asuntos excluidos del debate público, porque gozaban de consenso democrático, se han incorporado dividiendo al electorado.

En España, por ejemplo, las elecciones generales del 28 de abril dijeron que la preferencia de los españoles es que los partidos moderados (PSOE, PP y Cs) formen una mayoría estable para abordar el doble desafío al que se enfrenta el país: el ataque contra el sistema democrático perpetrado por un independentismo que quiere imponer su programa desde la minoría, y las alarmas acerca de una nueva recesión internacional que amenaza con añadir costes sociales a los provocados por la anterior crisis, aún sin reparar del todo. Sin embargo, los partidos no están sabiendo gestionar el reparto de votos y están cayendo en el estancamiento político, la parálisis institucional y la polarización en torno a temas donde hasta hace poco no había diferencias.

Buena parte de los líderes políticos optan por la sobreactuación y la intransigencia. Radicalizarse es el procedimiento más socorrido para hacerse notar, una exigencia imperiosa en ese combate por la atención que se libra en nuestras sociedades hiperconectadas. De este modo, la esfera pública queda reducida a lo que Habermas ha denominado «espectáculos de aclamación»: tratar de obtener no solo la atención de la opinión pública sino también el liderazgo en la propia hinchada, que premia la intransigencia. Y todo ello azuzado, además, con una vívida animadversión personal. Los hechos y las declaraciones demuestran que prevalecen las aversiones particulares sobre las responsabilidades generales hasta el punto de frivolizar con la repetición de las elecciones y con la paciencia del electorado.

La ‘italianización’ de la política española entre los escombros del bipartidismo está dando lugar a lo que el propio Sartori denominó ‘la política de sobrepuja’. Por un lado, problemas que habrían de generar una solución consensuada (violencia de género, políticas de igualdad, libertades individuales o inmigración) se utilizan ahora para dividir al electorado. Por otro, muchos de los partidos tradicionales han entrado ya en el juego de las formaciones radicales que, impulsadas por los medios y las redes sociales, monopolizan el debate público.

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