Opinión

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Segundas vidas

Por
  • Javier Sebastián
Cementerio municipal de Biescas.
El doctor Martín Ballarín establecía un catálogo de indicios para determinar la defunción de un paciente
Ayutamiento Biescas

Leí una vez un libro de título inquietante: ‘Los enterrados en vida’. Andaba yo escribiendo una de mis novelas y me fue muy útil para resolver el conflicto de un personaje que estaba muerto y no acababa de darse cuenta.

‘Los enterrados en vida’ lo escribió el doctor Martín Ballarín, que fue miembro de la Real Academia de Medicina de Zaragoza, donde ingresó en 1851 con un discurso titulado ‘Las profesiones liberales consideradas en sus relaciones con la higiene y el orden social’. En su libro el doctor Martín Ballarín establecía un catálogo de indicios para determinar la defunción de un paciente: la rigidez y el enfriamiento, el hallarse cogido el dedo pulgar bajo los otros cuatro y la falta de contracciones musculares bajo el influjo del galvanismo. Siempre podía probarse la aplicación de olores fuertes, cauterios, sinapismos, cantáridas, mesmerismo, magnetismo animal o inyección de oxígeno en las venas. Un recurso a la desesperada era la conclamación, ya practicada en Roma, que consistía en el tránsito repetido durante varias horas de familiares por delante del muerto gritándole al oído cualquier cosa que pudiera asustarlo. Cuando todo falla, el doctor Martín Ballarín aconsejaba enterrar al difunto en un habitáculo del que, llegado el caso, pudiera salir por su propio pie y alcanzar la calle.

Conque no descarten que más de un zaragozano haya disfrutado de una segunda vida gracias al doctor Martín Ballarín.

Javier Sebastián es escritor

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