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Opinión

Dolce far niente

Por
  • Katia Fach Gómez
ACTUALIZADA 08/07/2019 A LAS 02:00
Descubre las actividades de las Casas de Juventud de Zaragoza.
Globos de agua, un juego muy veraniego.
Unsplash

En estos días de canícula superlativa tengo el sueño intranquilo y fatigoso. Tal vez el dormir peligrosamente cerca de la rejilla del aire acondicionado ha sido el factor desencadenante de una duermevela hitchcockniana que me atacó anoche: en mi sueño era mayo de 2019, tenía ocho años y poseía una auténtica montaña de juguetes de última generación. Cual Sísifo, cargaba constantemente con mi mochila escolar, a la que cada día mis ojerosos progenitores añadían los gadgets propios de mis actividades extraescolares. Dentro de esta dinámica, y dado que los padres no son infalibles, un día recibí una reprimenda de mi profesora de taekwondo por aparecer sobre el tatami con mi maillot rosa de ballet. Otro día mi propia tutora me remitió con urgencia al gabinete de psicopedagogía del colegio, después de que yo le argumentase con madura convicción que hallaba similitudes sistémicas entre el teatro kabuki que practicaba los martes por la tarde y la catequesis que me ocupaba los sábados por la mañana.

La vida de mi mejor amiga del colegio tampoco parecía una bicoca. Desde que la profesora de yoga reveló a los padres de Alba Jimena que percibía en ella las características propias de los menores con altas capacidades, la pobre hacía semanas que ni siquiera bajaba al recreo. Sus progenitores le habían planificado una trayectoria curricular que habría hecho palidecer a la princesa Leonor. Ya ni mi propuesta de regalarle mi bollo galáctico súper chocolateado a cambio de sus palitos de apio parecía alegrar la interminable jornada de Alji. Mi amiga invertía toda su energía en prepararse para la decena de festivales de fin de curso que se acercaban amenazantes con la caída de cada hoja del almanaque.

En este altamente inquietante sueño, mi corta edad no me impedía percibir que, por su parte, mis padres también luchaban titánicas guerras en su día a día. Una vez acabados todos mis deberes (tanto en soporte digital como en papel, tanto en español como en inglés, tanto científicos como artísticos), la familia se reunía en torno a la medianoche en una apresurada cena no carente de tensión. Durante semanas, mientras mi madre descongelaba el contenido de un táper en el microondas, le oí blasfemar contra la lúgubre carambola que le había hecho presidir simultáneamente el AMPA, nuestra comunidad de vecinos y todas las mesas electorales del 2019. Mi padre, por su parte, permanecía silencioso y con la mirada focalizada en la pantalla de su móvil. Un día que quise ver el vídeo de Baby Shark en su teléfono de tecnología 5G, descubrí con preocupación que mi ascendiente había realizado búsquedas compulsivas en Google combinando tres términos: derecho al olvido, Whats-App y grupos de padres. Tienen razón los mayores cuando nos dicen que hay muchas cosas que los niños no entendemos.

La consumación de mi somnolencia me condujo a ser la protagonista de una tarde que prometía ser esplendorosa. Había sudado de lo lindo festejando mi cumpleaños en el mismo parque de bolas en el que a lo largo del curso escolar había sido invitada diecinueve veces a celebrar las fiestas de aniversario de otros tantos compañeros de clase. Los disfraces, el candy bar, el pintacaras, la yincana, las sesiones de Just Dance y el ‘mini beauty party’ apuntaban hacia el éxtasis pleno. Sin embargo, mi narcosis terminó abrupta y dramáticamente. Cuando un joven universitario disfrazado de ardilla trajo mi regalo de cumpleaños, en la caja no hallé la esperada muñeca Barbie, ni siquiera la equipación del Real Madrid. De la caja saltó un aterrorizado cerdo vietnamita que me hizo dar con mis osteoporóticos huesos en el suelo de mi dormitorio.

A partir de hoy mismo, y con los colegios recién cerrados por la pausa estival, cualquier infante que se cruce en mi camino no va a librarse de mi explosión de júbilo y melancolía. Le voy a desear un verano interminable, de piscina, bocadillos de mortadela y bicicleta. De castillos de arena, fiestas de pueblo y polos de hielo. De música de casette, primos y campamentos. De abuelos, tebeos y patines. De escondite, fuegos artificiales y sidral. Un verano como los del siglo pasado. Porque los adultos de hoy en día aún vivimos de las rentas de aquellos veranos perfectos.

Katia Fach Gómez es profesora de Derecho Internacional Privado en la Universidad de Zaragoza

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