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Opinión

Desmemoria ecológica

Por
  • Carmelo Marcén Albero
ACTUALIZADA 02/07/2019 A LAS 02:00
Ante la crisis climática, no se necesita esperanza sino que el miedo se contagie y lleve a urgentes actuaciones.
Ante la crisis climática, no se necesita esperanza sino que el miedo se contagie y lleve a urgentes actuaciones.
Heraldo

Muchos recordamos la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (CNUMAD), conocida como Cumbre de Río de Janeiro, desarrollada del 3 al 12 de junio de 1992. Al decir de todo el mundo, esta segunda Cumbre de la Tierra supuso una fecha clave en el devenir mundial. La declaración resultante contenía la ratificación de los principios establecidos en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano de Estocolmo en 1972. Entre sus objetivos fundamentales destacaban aquellos que hablaban del desarrollo sostenible, la dignidad humana, el medio ambiente; a la vez que subrayaban las obligaciones de los Estados en materia de preservación de los derechos ambientales de los seres humanos. De ella debían surgir acuerdos internacionales para equilibrar mejor las variables ecológicas, sociales y económicas, que definirían un adecuado desarrollo sostenible mundial para el siglo XXI, para todas las personas. Asistieron centenares de dirigentes de países, de grandes empresas, miles de periodistas y también representantes de las ONG y de la sociedad civil. Todo un hito mundial que quería ser trascendente.

Allí, la joven canadiense Severn Suzuki, en representación de muchos chicos y chicas de 12 y 13 años, subió a la tribuna para hablar en nombre de las generaciones futuras, para lamentar que, a pesar de haber tanta gente que padecía hambre en el mundo y que lloraba por ello, sus llantos no eran escuchados; para denunciar la acelerada pérdida de la biodiversidad, para ilustrar cómo la contaminación de las aguas estaba acabando con la fauna que en ellas habitaba y de las plantas que resistían en los humedales. Contaba sus sueños. Divisaba grandes manadas de animales salvajes, espesas junglas y bosques tropicales plenos de vida animal. Se preguntaba si sus propios hijos verían esas estampas, o alguien más mayor debería hacer memoria y razonarles su ausencia.

Interpelaba a los mandatarios allí presentes si cuando eran jóvenes sucedían estas cosas y, a la vez, les reclamaba un enorme esfuerzo –aludía a su condición de madres y padres antes que a la tenencia de sus cargos o profesiones– para preservar lo que todavía quedaba para sus hijos y nietos. Quería hacerles comprender que el tiempo se acababa, que las soluciones no iban a ser fáciles ni absolutas.

Suzuki comparaba las cosas que a ella le sobraban en su país –junto con sus amigas, había viajado 5.000 km para llegar hasta allí– con la pobreza que había visto en las calles de Brasil. Afeaba a todos los que la escuchaban que, mientras en las escuelas de los países ricos se habla de arreglar los estropicios ambientales y sociales, de compartir y no ser avaros, de no herir a otras criaturas, los allí presentes hacen lo contrario que predican. Por eso tenían que celebrar conferencias como la de Río para ponerse de acuerdo en arreglar las destrucciones previas, de las cuales eran en buena parte causantes por acción u omisión. Pero, a su pesar, los mandamases políticos y económicos tenían una tendencia compulsiva a esquivar la verdad, y les dura; son desmemoriados para aquello que, por más que se acuerde para la mejora de la vida de todos, no sirve al beneficio propio.

Han transcurrido tantos años desde 1992 y se han celebrado tantas conferencias (recuerden de forma especial Johannesburgo 2002, Río+20 en 2012, la cumbre de Kioto en 1997 sobre el cambio climático de la que salió el famoso Protocolo), que ella u otras luchadoras que quieren hacer que la memoria ecológica sea sostenible deberían subir a todas las tribunas sociales para recordar los compromisos incumplidos y sacar los colores a las élites. Recientemente lo ha hecho Greta Thunberg en la COP24 de Katowice 2018, denunciando la inacción ante la crisis climática. Valdría, como muestra de su pensamiento activo, su petición de que no se necesita esperanza sino que el miedo que ella siente se contagie y lleve a urgentes actuaciones.

¿Qué pensarán aquellas jóvenes de 1992 –Severn Cullis-Suzuki sigue siendo activista ambiental además de escritora de cuentos infantiles– sobre lo que demandan hoy Greta y quienes la acompañan? Seguro que ni las primeras ni las actuales denunciantes se conforman ya con soñar, exigen realidades; el olvido de su futuro, el de sus hijos e hijas, se les hará insostenible.

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