Opinión

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Música, ruido y silencio

Por
  • Katia Fach Gómez
Música, ruido y silencio
Música, ruido y silencio
POL

La música es lo mejor que nos ha pasado en este curso escolar 2018-2019. Así lo consideramos los miembros adultos de mi familia, quienes, aficionados a la música sin formación musical reglada, hemos percibido claramente el enorme poderío del lenguaje musical. Nuestra hija comenzó el año pasado a tocar un instrumento y desde entonces a nuestra vida cotidiana se han ido incorporando positivas rutinas y estimulantes retos. La música, como el genio de la película de ‘Aladdin’, ayuda a los que se acercan a ella a descubrir sus virtudes personales y a enfrentarse a sus miedos. El genio de la música se adapta sabiamente a las características de sus muy variados amos, regalándoles en cada caso la pieza del puzle que, consciente o inconscientemente, andan buscando.

Acompañar al cine a mi cantarina hija y ver actuar a un Will Smith tan juguetón y envolvente como la música misma han hecho que lleve semanas deseando poseer la lámpara mágica en la que habita el genio de la música. Anhelo fervientemente poder frotarla y así lograr que la enseñanza musical en Aragón –y me temo que en casi toda España– se aleje de los procelosos mundos del monstruoso Jafar. Ser usuaria mediata del engranaje educativo musical aragonés me ha hecho toparme con una serie de perfiles y situaciones que, como ciudadana, me apesadumbra no haber intuido anteriormente: profesionales excelentes y altamente cualificados que ni pluriempleados llegan a fin de mes; músicos emigrados que han perdido toda esperanza racional de regresar a su tierra; conservatorios desbordados; instalaciones públicas anticuadas; familias aragonesas buscando un nicho económicamente asumible en el que sus hijos puedan iniciarse en el aprendizaje de la música, etc.

Este preocupante panorama despunta además con solo lanzar un primer golpe de vista a nuestro alrededor. Si adicionalmente recurriésemos a la alfombra mágica para visitar países –no tan lejanos– y estudiar cómo estos han incorporado exitosamente la formación musical en estratos y contextos sociales muy diversos, la desazón que generaríamos no se elimina ni con una audición del ‘Himno de la Alegría’ de duración equivalente a todas las retransmisiones televisivas de La Liga.

Mientras mi mente vagaba por muy diversos derroteros musicales, mis ojos se han quedado pasmados al ver una foto de un líder político comprando unas cremas faciales (¿o era un maquillaje?) bajo la atenta mirada de su presunta nueva novia. Tal vez ha sido la profesión de esta acompañante o tal vez mi admiración por la maestría con la que Juan José Millás aplica su caleidoscopio a fotos de actualidad las que me han hecho buscar conexiones entre esos dos mundos: la música y la política. Los primeros flashes que me ha generado este binomio han sido bastante esperpénticos: bailes más descoyuntados que los originales de Freddie Mercury, derrapes vocales en una nueva versión de Lady Madrid o apropiaciones musicales que denotan que, en ocasiones, los españoles no solo no entendemos las letras de las canciones cuando estas están escritas en inglés... Ejercitando la piedad, me digo a mí misma que todo, incluso sonrojos tales, ha de perdonarse en época de campaña electoral. Una vez celebradas las elecciones, ¡albricias!, todo fluirá a ritmo de vals de la dinastía Strauss...

Error. 20 de junio de 2019. En la política oigo ruidos. Ruidos que distraen, que molestan, ensordecedores, falaces en ocasiones. Es cierto, también oigo el silencio. Pero es el silencio de la mayoría de la clase política frente a todos esos profesionales de la música que merecen apoyo en pos de un futuro mejor. Es su silencio, en definitiva, frente a las múltiples necesidades y demandas reales de la ciudadanía.

Katia Fach Gómez es profesora de Derecho Internacional Privado en la Universidad de Zaragoza

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