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Opinión

El sino del pobre, según el dance

ACTUALIZADA 23/06/2019 A LAS 02:00
En Aragón se conocen unos trescientos dances.
En Aragón se conocen unos trescientos dances.
IFC

Acaba de aparecer ‘El Dance de Aragón. Apéndices’ (IFC), de Mercedes Pueyo, que se doctoró con don Antonio Beltrán en 1961. La enseñanza de la Prehistoria llevaba entonces aneja la de Etnología (Antropología Cultural), pues conocer las culturas primitivas vivas siempre ayudó a iluminar las hipótesis de los prehistoriadores sobre grupos extintos que no conocían la escritura.

Por impulso de Beltrán se crearon en el Parque dos museos, filiales del de Zaragoza, sitos en sendas recreaciones de casas tradicionales. En el Etnológico fue Pueyo quien catalogó los fondos. Beltrán le encomendó otra labor más ardua, recoger los dances aragoneses: letras, músicas, vestuario y utensilios. Hubo de viajar a muchos lugares. Para una joven licenciada no era entonces tan sencillo, pero lo hizo sin desmayo durante años.

Precedidos de un estudio de Mario Gros y con los cuidados editoriales de Isidoro Gracia y Álvaro Capalvo, esos materiales aparecen en un grueso tomo casi sesenta años después, transcritos según registros orales y manuscritos. La parte doctrinal de su tesis, ya editada, disparó el interés por los dances de Aragón: hoy conocemos casi el triple de los que se censaban cuando Pueyo abrió la veda y fijó su nacimiento en el siglo XVII. Ahora disponemos de los textos originales, gran ventaja para el investigador. Desde que Milman Parry estudió el caso de los bardos yugoslavos, analfabetos que recitaban rimeros de versos tan largos o más que la Iliada, sabemos que los relatos transmitidos por tradición oral tienen la virtud de la homeostasis: se van adaptando a los tiempos para seguir siendo inteligibles, que es su condición de supervivencia; lo que nadie entiende es difícil que perdure.

Pobres y apaleados

Casi todos los dances recogen las típicas creencias milagreras locales. También, visiones tópicas de la historia de España (más que propiamente de Aragón: "España, madre adorada"). Algunas llegan hasta la guerra civil de 1936. Y casi nunca faltan el Bien y el Mal y los moros o, en muchas partes, los turcos.

Menos se repara en los testimonios sobre la explotación de unos seres humanos por otros. En Pallaruelo de Monegros, como en Sariñena, el mayoral (capataz) insulta al rabadán (pastor), por incompetente y mentecato. Entre bromas y veras, lo amenaza con darle ‘garrotadas’ y ‘puñadas’ y dejarlo ‘patitieso’. El pastor subraya que "el pan bien caro me cuesta», por canteras y barrancos, a la intemperie, día y noche, todo el año, mientras la comida se reduce «a pan duro y agua fresca / y esa es toda la vianda / que en nuestro estómago entra".

En Añón, el mayoral ladrón y brutal maltrata al pastor, cuyo salario usurpa. El rabadán se alza y altera el curso del dance: reclama que se dejen de lado las viejas historias y que se atienda a los problemas reales, a la vida diaria. El capataz le pega e injuria ante tal pretensión: lo llama bribón, tunante y villano, le amenaza con calumniarlo ante el amo, que dará más crédito a su palabra que a la del miserable.

El pastor se defiende: comete faltas, pero es al velar por los intereses del amo, el cual le ha ordenado violar la ley: "... pues a mí me tiene dicho / que engorde bien al ganado / y en cuanto se haga de noche / que no respete sembrados / (...) y que digan lo que quieran / si está bien gordo el ganado / para venderlo a buen precio". Si abandona las ovejas y se pierde alguna, es por ir en busca del propio capataz, que desaparece durante días para ir de juerga, lo que inquieta a la esposa, que envía al pastor en su busca.

El tiranuelo adeuda al pobretón "nueve meses y tres días, / que es el tiempo que he estado / y por el que he de cobrar / once duros y tres cuartos". La sardónica y amenazadora respuesta es que va a recibir algo más, como redondeo: doce ‘duros’ y bien fuertes... garrotazos. El mísero osa replicar y lo llama "tramposo y borracho". Pero, ante la amenaza de otra paliza, suplica: "Por Dios, no me pegue más / que ya me ha roto usted un brazo / y le pido por favor / que me pague usted los cuartos / para marchar a curarme / al médico cirujano". El tirano le previene: "No digas al amo nada / y todo se irá pasando». La réplica es realista: «Pero no se pasarán / estos fuertes garrotazos". El abusón tiene respuesta para todo: "Yo les daré agua de arnica (sic) / a esos contusos trancazos / y dentro de poco tiempo / te encontrarás bueno y sano». Ante el final infeliz que prevé, el desdichado se desahoga: «...hombre vil, pícaro ingrato, / hombre de poca razón, / hombre descorazonado, / que tiene usté un rabadán / que puede llamarse esclavo, / siempre sujeto en la hacienda. / Y aún se gasta mi salario / y da lugar a que vaya / mal vestido y peor calzado...".

Cada año, por todo Aragón, los dances -se conocen unos trescientos- cuentan las mismas historias. Eso es lo que las gentes quieren ver: el Ángel vence al Diablo, el cristiano al turco, la Virgen y los santos cuidan del pueblo... También para el pastor -arquetipo del asalariado pobre- todos los años son iguales. Solo una mezcla de ingenio y resignación le permite sobrevivir a sus males invariables. Eso mismo esperan encontrar los espectadores. Saben que, incluso en el dance, la suerte del pobre cambia poco.

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