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Opinión

Ecos de Chernóbil

ACTUALIZADA 21/06/2019 A LAS 02:00
KIV24. Chernobyl (Ukraine), 07/06/2019.- The new protective shelter over the remains of the nuclear reactor Unit 4 at the Chernobyl nuclear power plant, is seen through a bus window in Chernobyl, Ukraine, 07 June 2019. The miniseries Chernobyl (2019) made by HBO depicts the explosion`s aftermath, the vast clean-up operation and the subsequent inquiry. The success of a U.S. television miniseries examining the world`s worst nuclear accident has driven up the number of tourists wanting to see the plant and the ghostly abandoned town of Prypyat as local media report. (Ucrania) EFE/EPA/SERGEY DOLZHENKO Visitors attend a tour of the shooting locations of the Chernobyl series at the abandoned zone next the Cernobyl nuclear power plant.
Una especie de coraza cubre hoy los restos de la central nuclear de Chernóbil.
Sergey Dolzhenko / Efe

El 26 de abril de 1986, a la 1.23h, una serie de explosiones destruyeron el reactor y el edificio del cuarto bloque energético de la Central Eléctrica Atómica de Chernóbil (…) Se convirtió en el desastre tecnológico más grave del siglo XX (…). Los radionúclidos diseminados por nuestra tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos". Las palabras, ahora recuperadas tras el éxito de la extraordinaria serie de HBO ‘Chernobyl’, pertenecen a ‘Voces de Chernóbil’, la aún más extraordinaria crónica sobre la ‘historia omitida’ del suceso, escrita por Svetlana Alexiévich, la periodista bielorrusa y premio Nobel de Literatura 2015. En sus páginas suma testimonios de decenas de gentes corrientes que tuvieron la desgracia «de vivir lo nunca visto», por encima de su saber y de su imaginación, y que ponen el rostro humano a la serie de televisión.

Alexiévich tardó años en recoger las historias de esta guerra sin guerra, aunque plagadas de términos bélicos: explosión, evacuación, ejército, héroes… "La muerte se escondía por todas partes", escribe, con la fauna silvestre desapareciendo instintivamente de la faz de la tierra. El pavor se expandía ante "la lluvia de millones de balas", porque la radiación no tiene ni olor, ni sabor, ni sonido; es un enemigo que no se ve, ante el que se despliegan soldados armados: «¿a quién iban a disparar? ¿a la física? ¿a las partículas?".

Y la labor de los liquidadores, esos hombres que limpian el desastre y salvan a Europa de un colapso mayor. ¿Qué eran?, se pregunta: ¿héroes o suicidas? Ciudadanos con un sentido del deber muy por encima de la farsa y el autoengaño del sistema soviético: "Se vive en la mentira, se cree en los ideales".

Agua que no se podía beber, comida que no se podía ingerir, ropa que no se podía vestir. Un cataclismo que fue el detonante de la caída de la Unión Soviética, tal y como confesaría años después Gorbachov, y que abría lo que Alexiévich llama la historia de las catástrofes y en la que ella misma suma los atentados del 11 de septiembre en Nueva York. Una cadena en la que enlazar la crisis económica de la pasada década, la crisis climática que ya tenemos encima o los riesgos de la tecnología, con pequeñas/grandes crisis que pueden traer nuevas lluvias de balas.

Los periódicos de las últimas semanas han traído precisamente varias noticias del terreno de la incertidumbre. Un ‘hacker’ paraliza Baltimore porque tiene secuestrado parte del sistema informático de los servicios públicos de la ciudad. Google y Youtube sufren durante horas una gran caída por «errores en múltiples servicios». Un apagón deja sin electricidad a 50 millones de personas en Argentina, Brasil, Chile y Uruguay por un fallo de interconexión. Boeing pide disculpas por los accidentes de 737 Max y detecta piezas defectuosas en más de 300 aviones.

Esta misma semana entraba en funcionamiento el 5G, el sistema que permitirá procesar cualquier orden en tiempo real a través del móvil u otros dispositivos. Un nuevo marco lleno de posibilidades pero no exento de riesgos, en un momento en el que el tráfico de internet es ya, en un 52%, entre máquinas. Si ya sabemos que el uso perverso de las nuevas tecnologías puede alterar procesos electorales, interrumpir la prestación de servicios públicos o alentar la desinformación, el nuevo horizonte es a la vez un abismo y un reto para la ciberseguridad.

El protagonista de ‘Chernobyl’ se pregunta por el precio de las mentiras y el peligro de que, a puro de escuchar tantas, no reconozcamos la verdad. Chernóbil estalló por una cadena de negligencias -incluido el ahorro de costes en la seguridad- y sufrió una opacidad informativa letal, aunque acabara dinamitando el autoengaño del sistema.

Hoy hemos abrazado las ventajas de la tecnología y nos hemos distanciado con temeridad del mundo natural. Instalados en una realidad virtual y de falsas noticias, que es una nueva forma de oscuridad. También, en la inadvertencia de la inseguridad, en aras de obtener el máximo beneficio. Si una oleada de sentido común colectivo y comprometido no lo remedia, estamos comprando entradas para un nuevo episodio de la historia de las catástrofes.

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