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Opinión

González Uriol, el músico fecundo

ACTUALIZADA 09/06/2019 A LAS 02:00
José L. González Uriol, ante el órgano de Sabiñán, en el Patio de la Infanta.
José L. González Uriol, ante el órgano de Sabiñán, en el Patio de la Infanta.
José Miguel Marco

José Luis González Uriol no es un divo: su vida no se ha volcado en sí mismo, sino en la docencia del órgano y el clave y en el rescate de la música antigua aragonesa

A veces, uno mira o escucha algo, pero ve u oye solo lo que su cerebro está predispuesto a captar. No es un fenómeno consciente y en ello se basan muchas ilusiones ópticas. El caso que traigo no es óptico, sino patriótico-acústico y le ocurrió hace años a un caracterizado músico zaragozano, de gira en Inglaterra. Concertista y veterano intérprete, además de profesor experto de órgano y clave, no había reparado en un significado alternativo, objetivamente obvio, del arranque de una pieza barroca de su repertorio. La sorpresa se la llevó en Devon, donde estaba invitado para interpretar un programa organístico de músicos españoles a su elección.

Gran devoto de Pablo Bruna –el Ciego de Daroca, como lo llamaron en su siglo XVII–, se dispuso a obsequiar a los asistentes con el bello ‘Tiento sobre la Letanía de la Virgen’. Apenas había interpretado cuatro notas -sol, sol, la, fa– cuando se percató de que la audiencia, súbita y respetuosamente, se ponía en pie. Dejó de tañer e inquirió a su anfitrión el motivo de la sorprendente reacción. «¡Es el ‘God save the King’, se lo agradecemos mucho!». El himno británico comienza, en efecto, del mismo modo que el piadoso ‘Tiento’ del aragonés. Solventado con sonrisas el equívoco, el recital siguió según programa.

José Luis González Uriol, nacido en 1936, ha sido durante toda su vida profesional un peculiar docente vocacional, cuyo método convival explica melancólicamente su discípulo Javier Artigas; y, además, un avezado concertista de los instrumentos que enseña a tañer a sus alumnos y discípulos, el órgano y el clavicémbalo, clavecín o clave. De añadidura, el clavicordio. De esa nomenclatura ha nacido otra, obsequiada de modo involuntario a Uriol –como se le llama en el gremio internacional– por ciertos admiradores, atónitos e inexpertos a la vez, que han hecho elogios a su maestría con el ‘clavincordio’, el ‘clavicornio’ y el ‘clavicéfalo’.

Tareas múltiples

Sin salir del terreno musical, la tercera faceta en que ha destacado hace decenios, de la mano con mosén Pedro Calahorra, es la de recuperador de la música histórica española, y en particular de la aragonesa, notable en ciertos periodos. La asiduidad y asesoría de ambos han sido indispensables en la restauración de instrumentos antiguos y para la presencia en Aragón de organeros internacionales (De Graaf, Reinholter). Han divulgado los saberes musicales y aunado esos aspectos en una duradera proyección nacional e internacional, al alimón con mosén Pedro. Ambos están en las raíces de la edición de partituras sin las que los hallazgos quedarían yertos; de la revista ‘Nassarre’ (Institución ‘Fernando el Católico’, IFC), así llamada por el tratadista aragonés del siglo XVIII, donde se hospedan los estudiosos desde 1985 y que empezó dirigiendo Calahorra, con redactores como Álvaro Zaldívar y J. V. González Valle; y –además de otras iniciativas útiles– en los cursos y festivales de música antigua que anualmente se imparten en Daroca, hace ya cuarenta años. Una hazaña. A la lista podrían añadirse los cursos permanentes de órgano; ya en su estela discipular, la colección de cedés con los sonidos de nuestros órganos históricos, según traza de Jesús Gonzalo; el empuje inicial a Luis Antonio, Mamen y ‘Los Músicos de Su Alteza’ y un sinfín de otras tareas.

Vuelvo al anecdotario. Que el diplomático aragonés Manuel Gómez de Valenzuela usase zapatos con suela de goma permitió a Uriol actuar en la residencia del embajador de España en Bonn, en un clave con pedales de latón para el cambio de registros, maniobra imposible si, como era el caso, el tañedor llevaba calzado con resbalosas suelas de cuero. El súbito préstamo de Manuel a José Luis, no obstante la diferencia de tallas (42 y 39, respectivamente), salvó la situación. Uriol salió a escena pensando en los risibles zapatones circenses típicos de los hermanos Tonetti. Pero el público, atento a la expectativa de oír las sonatas del padre Soler, no se percató de la cooperativa astucia entre el diplomático y el músico.

Más raro aún es lo que cuenta Josep (Pep) Borràs en un capítulo del libro ‘Flores de música’, coordinado por M. T. Pelegrín para la IFC, recién editado en homenaje a Uriol. Fue en la provincia de Teruel. El concierto, todo de Vivaldi. El cuarteto reunía a Borràs (fagot), Escalas (travesera), Serrano (violín barroco) y José Luis (clave). El segundo movimiento era un largo que, por incógnitas causas, la flauta comenzó a interpretar a toda velocidad. Al rato, Borràs, con mirada de desesperación y el rostro congestionado, espetó súbitamente: «No puc mès!», lo que desató en José Luis no el pánico, sino una risa nerviosa, que le obligó a abandonar la escena hasta lograr controlar el acceso para concluir el concierto.

Este martes en el Patio de la Infanta, lleno a rebosar de amigos y admiradores, nuestro músico ofreció un donoso concierto, para hablar desde el órgano, «que quizá –como nos dijo– sea mi verdadera voz». Hermosa simbiosis.

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