Opinión

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Lunes, 29 de abril

Por
  • Chaime Marcuello Servós
El lunes próximo será el momento de olvidar las diferencias y buscar los puntos de encuentro.
El lunes próximo será el momento de olvidar las diferencias y buscar los puntos de encuentro.
krisis’19

Salvo milagro electoral y aritmético el domingo 28 de abril no resolverá la situación política española. Tal como está siendo la campaña de los partidos con opciones de gobierno, vamos camino de una escisión difícilmente superable. Y la responsabilidad del asunto no está en la ciudadanía (que se abstendrá, pasará de participar en la farsa o votará lo que quiera), el problema está en el tipo de liderazgo que han alimentado las élites actuales. Estamos lejos de la búsqueda de consensos. Estamos lejos de la creación de puentes y lugares de encuentro. Estamos lejos del diálogo y del debate que persigue construir soluciones en común. Nos han traído a un marco simbólico donde ‘los otros’ son enemigos a los que se ha de echar sea como sea. Así se han alimentado las afirmaciones intolerantes y el sectarismo. Cuanto más se trae al terreno de la política eso del "no es no", "nunca es nunca", poniendo barreras, ‘cordones sanitarios’ o puertas infranqueables antes que apostar por la lógica del pacto, es decir, por la política en sentido estricto, más difícil será salir del atolladero. Y, por extensión, más abundaremos como sociedad en lógica de la trinchera.

Los ciudadanos y las ciudadanas de este país, de Aragón, y de esta España nuestra queremos políticos que no roben, que no abusen, que no mientan, que hagan bien su oficio, pero sobre todo que no molesten y cumplan. Su función social es gobernar, conducir el barco, gestionar las incontables complejidades de una sociedad abierta y heterogénea desde el pluralismo y la tolerancia. La política no es solo la conquista del poder para imponer una mirada del mundo. Eso conduce al totalitarismo. La praxis política ha de estar orientada al bien común, si prefiere, al interés general donde ninguna minoría ha de quedar humillada. Y esto es algo más que un precepto teórico o un principio moral de obligado cumplimiento, es una manera de entender la vida en sociedad. Si no partimos de ahí, vamos hacia el abismo.

Quizá sea necesario recordar cómo terminaron Caín y Abel. Ese mito fundacional de la civilización occidental no integra los opuestos. Cuando hay lucha por el ego, por el poder, por el reconocimiento, no sirve que uno de los dos aniquile al otro. Pero mientras queden rescoldos de amargura, de sometimiento, de humillación y no busquemos mecanismos para cambiar los hechos y las percepciones de los mismos, alimentaremos el horizonte de la división y del cainismo que tanto daño hace. Hemos de aprender de esa sabiduría ancestral y no volver a cometer viejos errores.

Hace mucho tiempo que Kant describió meridianamente la "insociable socialbilidad" de la condición humana. Nos necesitamos tanto como podemos hacernos la vida imposible. Sin embargo, el equilibrio no viene solo del imperativo categórico kantiano (obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio), hemos de apostar por la seducción de la diferencia y del cuidado mutuo en el plano personal y colectivo. Desde una mirada que reconoce los opuestos, las luces y las sombras, la inseparable presencia del Sol y de la Luna. Esto suena a poesía, a otra versión del ‘buenismo’ indoloro y no lo es. La vida es transformación, interdependencia, ayuda mutua y voluntad para extirpar tumores.

El lunes próximo sabremos cómo quedan distribuidos los escaños de las Cortes y del Senado. Entonces será el momento de olvidar las diferencias y buscar los puntos de encuentro. Si nuestros políticos no son capaces de pactar, volveremos a sufrir. La democracia española, esa que hemos construido sobre los pilares de la Constitución de 1978, necesita seguir mejorando, porque como ciudadanos queremos vivir mejor, en una mejor sociedad. No es fácil coincidir en qué entendemos como ‘mejor sociedad’, eso es el meollo de ‘lo político’. Por eso mismo, necesitamos políticas y políticos con amplitud de miras que sean capaces buscar lo que une, si no ya sabemos dónde terminaremos. Hemos alcanzado un nivel de vida que nunca tuvieron nuestros abuelos. Ningún sistema democrático es irreversible. Y esto hay que tenerlo presente. Pacten, por favor.

Chaime Marcuello es profesor de la Universidad de Zaragoza

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