Opinión

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Irracionalidad pija

Arranca en Madrid la marcha contra el juicio del procés encabezada por Torra.
Marcha independentista en Madrid el pasado sábado.
EFE

Tradicionalmente se ha definido al ser humano como un ‘animal racional’. La explicación de esta consideración radica en los atributos de inteligencia y capacidad de razonar que hemos desarrollado evolutivamente. Sin embargo, todos nacemos siendo irracionales y nos cuesta superar esta denominación de origen. De hecho, como adultos seguimos actuando con bastante irracionalidad. Es algo que se ha comprobado en el mundo económico. En un área llena de números y cifras, con frecuencia nos mueven factores tan subjetivos como una confianza ciega en que todo saldrá bien, la ostentación o el miedo injustificado. Es lo que Keynes denominó los ‘animal spirits’ en su ‘Teoría general’ (1936). ¿Quién duda de que un dolor de cabeza se pasa antes con un analgésico tranquilizadoramente caro que con uno barato de idéntica composición?

La irracionalidad humana también se puede rastrear en la historia. No son pocos los casos de sociedades que, de forma absurda, deciden autoperjudicarse. Ahí están, por ejemplo, los troyanos aceptando el caballo de madera, los papas que provocaron la secesión protestante, los británicos que dejaron perder las colonias americanas, el estallido de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos enfangándose en la guerra de Vietnam o, ahora, el Reino Unido votando a favor de salirse de la UE en un proceso que tiene paralizado al país y rota a la sociedad.

El filósofo José Antonio Marina sostiene que para considerar que una conducta de este tipo es irracional debe cumplir tres condiciones: tiene que saberse que es perjudicial; tiene que haber una alternativa beneficiosa; y debe ser mantenida por un grupo, no por un individuo aislado. Estas condiciones se cumplen en el movimiento independentista catalán. El escritor Javier Cercas ha dado una explicación plausible a esta irracionalidad tan extraña en una región rica y culta: la opulencia y el éxito social han generado aburrimiento y soberbia. En los actos secesionistas, como se observa en las fotografías, hay muchas personas mayores que, enfrentadas a un declive vital desprovisto de alicientes, han encontrado en el separatismo una utopía con que llenar sus últimos años de emociones colectivas fuertes.

Los fenómenos sociales suelen tener un origen multifactorial. En el caso catalán, dejando aparte la manipulación por parte de las élites locales y la lucha por el poder de los partidos nacionalistas, este factor de la búsqueda de emociones por parte de un sector social maduro y acomodado es determinante. Sirve para arrojar luz sobre un caso que resulta enigmático: «Una rebelión contra una democracia liberal en una región donde la renta per cápita supera los 25.000 euros», según la definición de Daniel Gascón en ‘El golpe posmoderno’. El propio analista zaragozano explica que, aunque las revoluciones de los ricos no son infrecuentes, «una particularidad de esta rebelión es que a mucha gente le parecía que poseía un componente progresista, aunque por medio del ‘procés’ los ricos trataban de librarse de los pobres». Entronca así con las tesis del historiador Stanley G. Payne («El independentismo es como una rebelión de los ricos contra los pobres»).

El independentismo catalán es, pues, un ejemplo de manipulación social en la que la razón ha quedado subordinada a las emociones de la pertenencia grupal y que tiene más apoyo entre las rentas altas, según datos del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat. Los jubilados, los empleados públicos y las clases más acomodadas tienen gran peso secesionista. Por contra, las clases medias y bajas de las periferias de las grandes ciudades viven mucho más preocupadas por llegar a fin de mes que por la independencia.

Este acomodado y maduro sector social es heredero del Mayo del 68 y de la ‘gauche divine’ barcelonesa, esa burguesía ilustrada y antifranquista que retrataron Marsé y Vázquez Montalbán, entre otros. Aspiran a viajar a Ítaca antes de dejar este mundo. Y el soberanismo les proporciona un abundante caudal de intensas emociones y sin riesgos para ellos. A estas alturas de su vida prefieren sentir que razonar. Por eso aún tenemos ‘procés’ para rato.

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