Opinión

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Listas de devotos

Reunión de Sánchez y Casado en La Moncloa
Efe

Los partidos políticos están cerrando sus listas electorales mientras resuenan las cínicas palabras del canciller Bismarck: «Si las gentes supieran cómo se hacen las salchichas y la política, ni comerían ni votarían». Y es seguro que desde que el político alemán soltó esta ‘ocurrencia’ ha mejorado mucho la elaboración de las salchichas.

Respecto a la política, no es tan probable que haya aumentado su calidad. Y no debiera tomarse ello como algo inevitable, cual plaga divina. De hecho, en su origen, la política era considerada un arte pensado para lograr el bien común a través de las virtudes cívicas y en defensa de la ‘res publica’ (comunidad). Es en el Renacimiento cuando se produce la transición desde esta doctrina cívica (enraizada en la filosofía griega y el derecho romano) a un concepto de política cuyo objeto es la simple conquista del poder.

En la actualidad, domina esta visión de la política. Se pasó, pues, de una actividad concebida como la más noble de las ciencias humanas a una bastante despreciada, según advierten las encuestas de opinión.

Sería utópico pedir ahora a los partidos que recuperen la vieja filosofía cívica. Pero, ¿no podrían hacer un esfuerzo para situar en las listas a los candidatos mejor preparados en vez de a los más fieles a quienes las elaboran? ¿Es imposible que valoren el talento, los conocimientos o la talla ética y que no rechacen estas cualidades porque convierten al candidato en sospechoso de poder actuar un día con criterio propio en contra de las directrices del líder?

Lo deberían hacer, aunque solo fuera por sentido de supervivencia. Como advertía el erudito Lichtenberg, cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto.

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