Opinión

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Tiempos de levedad

Por
    A los liderazgos políticos actuales se los lleva el viento.
    Aránzazu Navarro

    De todos es conocida la famosa novela amorosa de Milan Kundera, publicada en 1984, "La insoportable levedad del ser", que ha sido tomada por muchos como expresión de lo que podríamos calificar como frivolidad o superficialidad. La RAE define la "levedad" como «inconsistencia de ánimo y ligereza en las cosas». Pues bien, sea cual sea el término que queramos utilizar -o la "modernidad líquida" de Bauman, también digna de muchas referencias-, lo cierto es que nos enfrentamos en todo el planeta a un tiempo sin certezas, sin ningún rumbo apreciable ni material ni moral, y todo ello precisamente en una época en la que los cambios tecnológicos son de un ritmo vertiginoso y de incierta previsión, lo que no ayuda evidentemente a salir de la incertidumbre.

    ​Con todas las notables excepciones que queramos, esa levedad o frivolidad se puede observar en multitud de facetas de nuestra vida cotidiana, bien sea en las capas sociales dirigentes o bien en la propia sociedad.

    Por lo que respecta a las clases dirigentes merece atención especial el ámbito de la vida pública, y aquí creo que es de opinión general que la mediocridad se ha instalado en los diferentes estamentos sociales. Es muy preocupante la ausencia de liderazgo y de autoridad moral que aqueja a una elevada proporción de representantes públicos, ya sean políticos o no. Y no estoy pensando solamente en los regímenes totalitarios, sino en los países y las áreas con sistemas democráticos formalmente instalados.

    Esta situación se ha visto agravada con la irrupción de los grupos populistas, que han nacido, o renacido, como reacción a la grave crisis económica de los años recientes. Pero es muy posible que no sean estos grupos realmente los culpables de la nueva situación, sino que la culpabilidad haya que buscarla en la banalidad (la levedad) ya observada de los años precedentes y en la falta de sintonía de los dirigentes políticos con una sociedad progresivamente harta de mensajes vacíos y de debates estériles que no afectan a los temas reales de los ciudadanos.

    Pero el problema de la levedad no se limita a los dirigentes, sino que está perfectamente instalada en nuestra sociedad, eso que llamamos la 'sociedad civil'. No descarguemos la responsabilidad únicamente en 'los que mandan', porque debemos admitir que los referentes que ocupan la vida cotidiana se reparten entre personajes de medio pelo que inundan algunas televisiones, en obscenos programas de altísima audiencia (alrededor del 50% de la población española atiende prioritariamente los llamados 'realities'), espacios de elevada vulgaridad de las redes sociales o el consumo de bodrios culturales -ya sean musicales, literarios o de ocio- de un nivel más bien deleznable. Todo ello, sin olvidar a esa nueva figura denominada 'influencer', que es seguida por grandes masas de población sin que su liderazgo esté avalado por algo sustancial.

    ​Debe añadirse a lo anterior la facilidad con que eludimos nuestras responsabilidades, cargando las culpas de todo a los demás. Se atribuye al economista Rodríguez Braun la frase de que «el animal favorito de los españoles no es el perro sino el chivo expiatorio». Y no le falta razón, ese es otro síntoma de la banalidad imperante.

    Claro que esto no debe sorprendernos en un país como España, donde desde hace años se vienen degradando los planes de estudio, minimizando la virtud del esfuerzo y restando autoridad a los profesionales de la enseñanza (hasta se podrá llegar, al parecer, a ser bachiller con asignaturas suspendidas); donde se intenta degradar impunemente la figura del empresario y donde hasta el lenguaje se pervierte en función de intereses inconfesables (la figura del 'relator' es un glorioso ejemplo reciente).

    En fin, iba a escribir de economía pero la cabeza se me ha escapado repetidamente hacia estas preocupaciones que acabo de narrar a modo de desahogo. Claro que, bien pensado, también esto es ocuparse de la economía, porque uno llega al convencimiento de que la última crisis padecida no ha servido para que escarmentemos, ni los políticos ni los ciudadanos, y de que no se han aprovechado los malos momentos para rearmarnos material y moralmente. Y si se cumplen algunos augurios acerca de que puede acercarse alguna otra crisis, todos estos defectos que nos aquejan no van a ayudar, desde luego, a encararla con solvencia.

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