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Ocio y Cultura

Julio Llamazares: "La asignatura pendiente de los españoles es aprender a conversar"

El autor de 'La lluvia amarilla' presentó este martes en Zaragoza 'Distintas formas de mirar el agua'.

Julio Llamazares, este martes en Zaragoza
Julio Llamazares: "La asignatura pendiente de los españoles es aprender a conversar"
Laura Uranga

Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) ha escrito la novela que, según reconoce, estaba condenado a crear desde que el pueblo en el que nació fue anegado por las aguas. En 'Distintas formas de mirar el agua' (Alfaguara), una sinfonía coral de voces ofrece su perspectiva de la vida y del mundo. Ha elegido esta fórmula porque, en opinión del autor, "la verdad completa no existe" y "todas las formas de mirar tienen el mismo derecho a existir". La librería Cálamo de Zaragoza fue escenario este martes de la presentación de la nueva novela del autor de 'La lluvia amarilla'.   

Nacer en un pueblo que fue inundado por las aguas para construir un pantano imagino que marca.

Marca de la misma manera que le puede marcar a otra persona cualquier acontecimiento fuerte en su vida desde el punto de vista emocional. A mí, más que marcarme, ha planeado siempre sobre mi conciencia, porque tanto cuando hicieron la presa como cuando cerraron el embalse y sepultaron los pueblos no fui testigo ni consciente, porque ya no vivía allí y además era pequeño. Yo fui tomando conciencia con el tiempo y, fundamentalmente, cuando a los 28 años vi las ruinas emergidas del fondo del agua y porque vaciaron el pantano para arreglar algo de la presa. Ahí fue cuando realmente tomé conciencia de que mi Ítaca particular no existía más y que era un montón de ruinas bajo el agua. O, cuando el pantano está lleno, una sombra bajo el agua.

De todas las formas de mirar el agua que ofrece, ¿con cuál se queda?

Con todas y con ninguna. De hecho, yo he querido que la novela fuera coral en lugar de contarla en primera persona o que la contara uno de los 16 personajes cuyos flujos de conciencia componen su estructura porque he llegado a una conclusión: la verdad no existe, ‘La Verdad’ es un periódico de Murcia y poco más. Cada uno nos proyectamos en este caso sobre el espejo del pantano, o sobre el paisaje o sobre el lugar en el que estemos, y cada uno miramos las cosas de distinta forma. Porque el título, distintas formas de mirar el agua, son también distintas formas de mirar la vida, de mirar el mundo. Y al final he querido hacer una especie de tragedia griega en la que había personajes que llevaban unas máscaras que se llamaban ‘persona'. La   suma de esas voces serían la máscara del autor. Aunque esto tampoco lo tengo muy claro...

Es la despedida de un hombre “que fue una referencia por su honestidad y su laboriosidad”, porque “este paisaje da personas duras y silenciosas como las montañas”. ¿Ya no nacen personas así?

Sí, siguen saliendo muchas, lo que pasa es que nace menos gente en esos lugares. En ese tiempo obligó a las personas a ser más duras y a resistir los embates de la vida, del Leviatán, del Estado y de las circunstancias. Personajes así sigue habiendo, gente de una pieza como cortados a azuela, que a la vez de esa singularidad hacen su personalidad. Como el protagonista de mi novela que, por cierto, es el único que no habla, entre otras cosas porque ya está muerto, pero en un entierro el protagonista siempre es el muerto.

A uno de los personajes también le sorprende la querencia de la gente por sus orígenes. En este caso, quizás si no los hubieran perdido, si no hubiera existido ese desarraigo no lo habrían valorado tanto.

Dentro de esas miradas diferentes, se nota la variación a medida que van pasando las generaciones. No ven al abuelo igual los hijos que los nietos o las novias de los nietos. A medida que se distancian del personaje protagonista y del escenario en el que vivió el abuelo cuyas cenizas van a tirar al pantano, la visión del arraigo, de la querencia a la tierra, de la nostalgia, del deseo de volver, se ve de distinta forma. No lo ve igual la abuela que la nieta de 14 años a la que le queda todo muy lejos. Por eso digo que la verdad no existe y cada uno ve el arraigo, la querencia, de distinta manera. Es verdad que la pérdida agudiza la memoria, pero con el paso del tiempo la memoria se va deshaciendo, y con ella se va deshaciendo la querencia.

También subyace en el libro el enfrentamiento entre el progreso y el atraso, quienes defienden las grandes obras de ingeniería aunque dejen daños colaterales en forma de vidas desarraigadas.

Incluso eso lo ven de forma diferente. No lo puede ver igual la abuela que nunca superó la fractura que le supuso tener que dejar su casa y su pueblo donde había vivido la mitad de su vida que un nieto de Barcelona que además es ingeniero. Tampoco he buscado maniqueísmos ni posiciones extremas porque nada es de color negro o blanco del todo, entre ambos todo son matices. He escrito una novela literaria y un trasfondo histórico y, por lo tanto, político, y reflexiones que van más allá de la literatura. Pero la literatura intenta mostrar, no demostrar nada, y que cada lector saque también sus conclusiones.

Lo que sí es cierto es que la naturaleza siempre vuelve por sus fueros.

Sí, el agua acaba siempre volviendo a su cauce. Me impresionó cuando vi vaciar pantanos y el río volvía a discurrir por su cauce después de 15 años embalsado. La naturaleza es muy testaruda, acaba volviendo a ocupar lo que fue suyo y el agua forma parte de la naturaleza, y la memoria es un poco como el agua saliendo a la luz, acaba imponiéndose.

En este sentido, hay frases en su novela que rememoran lo sucedido en el Ebro recientemente a su paso por la provincia de Zaragoza: “Ese río tan impredecible e irrespetuoso que cuando se desborda se lo lleva todo por delante”.

Sí, venir a Zaragoza a hablar del agua en estos momentos es hasta osado. Es otra forma de mirar el agua también como lo puede ver la gente que sufre los desbordamientos de los ríos. Cada uno en un punto del río ve el río de distinta forma. No lo ven igual los que han sufrido los pantanos en su nacimiento como los que piden más agua en el Delta para que no retroceda, y por el camino están los que quieren más regadío, los que quieren más pantanos… Y como pasa con el agua pasa con todo en la vida, por eso para mí es importante tanto el título con la estructura de la novela. Aunque aparentemente habla de un tema que es el desarraigo definitivo, porque no puede volver ni siquiera a ver las ruinas de su Ítaca natal porque están bajo el agua, el otro gran tema de la novela es la relatividad de la mirada humana. Cómo ante lo mismo pensamos de forma diferente, sentimos de una forma diferente y respondemos de forma diferente.

¿Y es un canto a la necesidad de comprensión?

También, porque en el momento en que aceptas que cada uno ve de forma distinta y que todas las formas de mirar tienen el mismo derecho a existir, empieza el entendimiento del otro y la comprensión de que las verdades absolutas no existen y que hay que intentar siempre entender a los demás. Cosa que en este país se practica muy poco.

Esa visión se podría proyectar en el futuro político por la necesidad de negociar, de buscar diálogos y lazos.

Pero una cosa es la negociación desde el punto de vista de la necesidad e interés, en este caso político, y otra es la comprensión del otro. Vivimos en un país muy dogmático donde la gente no conversa, discute, donde la gente no deja hablar a los demás, no escucha. Y el lenguaje lo transmite, hay expresiones que nos delatan.

¿Por ejemplo?

A rajatabla, a machamartillo, la verdad por delante, por mis co... Son expresiones muy duras que no dejan margen a los matices y hablan del carácter y la idiosincrasia del pueblo español. Al pueblo español siempre le ha costado mucho matizar, comprender y conversar en lugar de discutir. No hay más que poner imagen de un parlamento español. La gran asignatura pendiente de los españoles es aprender a conversar en vez de a discutir, y a tratar de entender al otro, no a tratar siempre de imponerle nuestra razón al otro.

¿Y ve luz al final del túnel? ¿Cree que esto puede cambiar?

Yo soy poco optimista sobre la condición humana y por eso escribo, seguramente. Al final, tu sentimiento de extranjería va más allá de tu propia tierra y yo cada vez me siento más extranjero. No en mi país, sino en la sociedad en la que vivo. Extranjero casi casi en el sentido de la obra de Albert Camus, el que se siente extraño en la realidad allí donde va y eso te convierte en una especie de náufrago que lo que hace es lanzar mensajes en botellas en forma de libro con la esperanza de que le llegue a alguien, lo lea y comparta contigo algunas ideas y algunos sentimientos. Nada más.

El problema es que le suele llegar a quienes ya entienden como tú.

Sí, porque con el tiempo emites en una frecuencia y acabas teniendo lectores que reciben en la misma frecuencia. Pero digamos que el hecho mismo de escribir ese mensaje y de lanzarlo ya te justifica la vida. Yo no pretendo cambiar el mundo, simplemente tratar de entenderlo mejor, de vivir mejor y de vivir una vida más feliz y más rica, porque al fin y al cabo ese es el argumento de la vida: la búsqueda de la felicidad.

Hay escritores que precisamente acaban de dar el salto a la política, como Fernando Delgado, Carmen Amoraga…

Y Ángeles Caso, me acabo de enterar que se presenta por Podemos en Oviedo…

¿Ha tenido la tentación de dar también ese salto?

No, jamás. Considerando la política como una actividad muy noble en el sentido puro, la convicción de que la política, precisamente por la condición humana, se acaba convirtiendo en politiquería, no me interesa. Me interesa la política, pero lo que se hace normalmente son juegos de mercaderes, de charlatanes y de caraduras. La política española está a un nivel bajísimo.

¿Ni siquiera las nuevas formaciones en auge le convencen?

No hablo ya de lo que digan, del estilo de la política, hablo de la democracia. Es muy difícil hacer política en un país que no sabe hablar. A mí no me verán Yo prefiero andar solo por los caminos de Huesca, de Teruel o de Soria que verme metido en esas cosas. Si soy incapaz de arreglar mi vida, ¿cómo voy a arreglar la de los demás?

Este libro, ¿es un ajuste de cuentas que tenía pendiente?

Ajuste de cuentas no, sí es verdad que es una novela que estaba condenado a escribir tarde o temprano. Siempre ha planeado sobre mi conciencia, y además yo entiendo que las novelas son tumores sentimentales que van creciendo en tu conciencia y un día estallan y se te imponen. Y este tumor lleva creciendo en mi conciencia desde que tengo uso de razón. Es la novela de mi vida, al fin y al cabo, no porque sea la mejor ni la peor, sino porque me he pasado la vida respondiendo a la pregunta de cómo ha influido en mi vida y en mi escritura el hecho de haber nacido en un pueblo sumergido bajo millones de metros cúbicos de agua. Lo que no pensaba era hacerlo en este momento. Pero ya se sabe que la vida es eso que te sucede mientras estás haciendo planes para tu vida.  

¿Y ahora en qué está?

Haciendo entrevistas todo el día, viajando… Entiendo que esto forma parte de mi trabajo. Cuando pase todo este pequeño tsunami que no es tan grande, tampoco hay que dramatizar (decía mi abuela que todo trabajo en el que no te mojes es bueno), volveré a mi retiro a escribir la segunda parte de ‘Las rosas de piedra’, el libro sobre las catedrales de España.

En la novela veo que es insumiso a la recomendación general de la RAE de no poner tilde a ‘solo’ en ningún caso. ¿Por qué?

Es que me pasa con muchas cosas, las imposiciones me producen un rechazo visceral siempre. Cuando tú te has pasado media vida escribiendo ‘sólo’ con acento, que ahora decida un señor, sea quien sea, que no debo hacerlo… El lenguaje está por encima de las personas. Aparte que tomarte en serio la Academia de la Lengua es estar muy mal de la cabeza, sobre todo si conoces a los académicos, con toda mi admiración para algunos, pero no por académicos sino por lo personal.

Ahora que hemos dado con los huesos de Cervantes, ¿qué hacer? Hay quien propone hasta hacer un funeral de Estado.

No lo sé. Lo curioso es que los políticos que están buscando los restos de Cervantes luego se oponen a que una vieja busque los restos de su padre y los entierre dignamente en el cementerio. Aquí si eres famoso e importante no sólo no te ponen pegas sino que se gastan fortunas en buscar los restos y luego al pobre le llaman revanchista por intentar sacar a su padre o a su abuelo de una finca de patatas y enterrarlo cristianamente. Son esas paradojas, pero es lo que hay. Cervantes no tiene la culpa.

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