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crítica de música

Concierto de Kiwanuka en la Multiusos: Alimento para el espíritu

Por
  • Gonzalo de la Figuera
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 18/09/2022 A LAS 20:27
El gran músico Michael Kiwanuka.
El gran músico Michael Kiwanuka.
Archivo Heraldo.

Tras varios aplazamientos pandémicos, por fin llegó Michael Kiwanuka a Zaragoza, y sin duda la espera mereció la pena: el músico británico -de raíces ugandesas- brindó en la sala Multiusos, ante más de 2.000 espectadores, un magnífico concierto, rebosante de música espiritual y carnosa al mismo tiempo, que reinventa los códigos del soul sin perder de vista las esencias pero escapando de cualquier atisbo de mimetismo, de ese que lo fía todo al sabor vintage. Estupendas canciones, bien estructuradas y con gusto por el detalle y la sutileza, servidas por una banda de muchos quilates y acompañada por un sonido impecable.

Con solo tres álbumes en el mercado, Kiwanuka se ha erigido con toda justicia en uno de los estandartes de la renovación del soul contemporáneo; en su propuesta se aprecian ecos de clásicos del género como Bill Withers o Terry Callier, combinados con pinceladas de rock psicodélico, blues, folk o gospel (caso de la vibrante ‘’Black man in a white world’), todo ello empapado de esencias africanas. Música dotada de una singular cualidad que cala hondo y remueve los entresijos del alma a través de canciones como ‘Piano joint’, ‘I’ve been dazed’, ‘Hero’, ‘Hard to say goodbye’ o ‘Cold little heart’, ninguna de ellas aspirante a pelotazo comercial ni fáciles de tararear, pero que destilan toneladas de sensibilidad, estilo y exquisitez.

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Y que además están interpretadas con pausa y delicadeza, dejándose de alardes para la galería, de fuegos de artificio o de recursos manidos. Sensacional, en ese sentido, la banda que acompaña a Kiwanuka, empezando por el guitarrista Michael Jablonka, siguiendo por los atmosféricos teclados de Steve Pringle y, como colofón, con los fantásticos coros de Emily Holligan y Simone Richards. Entre todos, con la voz y la guitarra de Kiwanuka al frente, ofrecieron una suculenta ración de música con alma, cálida y sanadora, que envuelve y masajea al oyente de manera poco común. ¿Quién dijo que ya no se hace música como la de antes?  

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