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Guillermo Fatás: «Aragón ha tenido un peso específico grande en la historia común de España»

El historiador y exdirector de HERALDO publica 'Miscelánea de textos (1964-2021)' en el sello Marcial Pons, en la colección Ursicino Álvarez

GUILLERMO FATAS /26/08/2022 / FOTO : OLIVER DUCH[[[FOTOGRAFOS]]]
Guillermo Fatás en su estudio, con su libro entre las manos.
Oliver Duch.

En el prólogo de 'Miscelánea de textos (1964-2021)', que acaba de publicar en Marcial Pons, Javier Paricio le define como «un profesor formidable». ¿Qué huella ha intentado dejar en los alumnos, cómo se enseña o se cuenta la Historia Antigua?

Lo principal de mi vida profesional no ha sido la investigación, que me ha ocupado su tiempo, ni el laborioso quehacer de la dirección de tesis doctorales, ni la preparación de conferencias o la redacción de ponencias en congresos. Durante 52 años (en la Universidad de Zaragoza, desde 1966 hasta mi jubilación), de forma ininterrumpida, he enseñado. He sido y soy docente; al comienzo, también en clases particulares y en colegios privados, porque necesitaba algún ingreso. En la Universidad de Zaragoza he servido en todos los rangos de la carrera docente: becario, ayudante de clases prácticas, profesor adjunto, profesor agregado, y, en fin, ejerciendo la cátedra de Historia Antigua Universal y de España. Mi vocación ha sido aprender y entender, pero para enseñar y hacer comprender.

En todo el libro se ven varias líneas de trabajo o de curiosidad: la del profesor, la del investigador, la del periodista y la del hombre que está alerta a todo lo que está pasando en la sociedad, casi como un cronista. ¿Se siente más cómodo en alguna de ellas, o esta vocación de transversalidad es su mejor retrato?

Siempre me he sentido historiador generalista. Es una especialidad que no existe. Dada la estructura facultativa, es imposible esa dedicación en la práctica. Es impensable doctorarse en historia general: no existe eso. Pero es mi vocación y he procurado ejercerla toda mi vida, sin perjuicio de cumplir bien en mi enseñanza, especializada en Edad Antigua. Cierto que tiene un coste: mayor trabajo y menor especialización. Pero lo compensa la amplitud de intereses a los que aplicar –incluso en mi quehacer en el periódico– el método histórico como utensilio principal, pues dota de rigor, de veracidad en lo posible, de objetividad y criterio independiente a quien lo practica. Todo tiene historia: no hay una, digamos, medicina de la historia, pero sí una historia de la medicina: todo sucede históricamente.

No podemos abarcar todos los temas, pero sí algunos que aparecen en la ‘Miscelánea’. Por ejemplo, ¿por qué es importante ese hallazgo del bronce de Contrebia Belaisca?

El Bronce de Contrebia es un accidente afortunado en mi vida. Me lo confió oficialmente Luis Marquina, de parte del Gobierno de Aragón. Es un documento oficial de la administración romana en Hispania, en el siglo I a. C., que pone en manos de los dirigentes de una ciudad estado celtibérica, sita en la actual Botorrita, la resolución de un pleito por canalización de aguas que se ha entablado entre los habitantes de Salduie (Zaragoza), y los de Alagón. Es el pleito más antiguo documentado en la historia de España, conocemos su desarrollo y resultado, está escrito en un interesante latín preclásico y contiene un gran listado de nombres célticos, ibéricos y vascónicos.

Presenta, en varios artículos, a Costa como un sabio audaz, y también como a alguien impertinente y a la vez cargado de humanidad. ¿Cree que ha calado su figura, que siguen vigentes su magisterio y sus inquietudes que a veces son casi cósmicas?

En Joaquín Costa se percibe nítidamente una personalidad poderosa y atractiva, de hombre arriscado y valeroso, que superó circunstancias de miseria personal apenas verosímiles y lo hizo con dignidad e, incluso, con fiereza e impertinencia. Eso, junto a su defensa de ciertos intereses regionales de Aragón y generales de España, ha hecho que su memoria perdure entre nosotros. Amargado por lo mal que lo trató la vida y por tantos menosprecios sufridos, no perdió su recta intención. Y hay otro Costa, escritor de intereses variados y dispersos, con calidad irregular, de difícil seguimiento y, a veces imposible clasificación, al que se ha leído apenas (aunque se le ha editado en abundancia). Costa no es un arquetipo de perfecciones ni de acierto político. Pero los rasgos de su personalidad, su valentía para enfrentarse con el poder, el descaro de sus denuncias y algunas de sus tareas en particular, sobre todo las relativas a la neonata sociología del derecho, merecen recordación y elogio.

Con todo, quizá no haya alcanzado un renombre internacional como otros y sea más bien una ‘famosa gloria local’.

Desde luego. Debe tenerse conciencia de que su tarea es notoria en España y en Aragón, pero no tuvo la influencia universal de la de otros grandes aragoneses, con los que a menudo entra en parangón, lo que le hace flaco favor: Calasanz, Servet, Buñuel, Goya, Gracián, Ramón y Cajal, son personalidades de particulares (dejo a un lado a reyes o papas) de mayor relieve universal. En ese sentido sí está magnificado.

"En cuanto a la génesis de personalidades mayúsculas, de talla mundial, no me atrevo a sugerir causas, pero es visible que su elevado número no guarda proporción con la cantidad demográfica"

Aludiendo a Goya y a una de sus consideraciones en el texto, ¿cuándo podemos creer y sentir que hemos aprendido lo importante? ¿Por qué ese grabado suyo ilumina a tanta gente, 'Aún aprendo...'?

En su dibujo ‘Aún aprendo’, Goya presenta a un anciano decrépito, que se vale para caminar de un andador. La idea no es suya, ya existe en el Renacimiento. Me extrañaron siempre la elección de este tema y el aspecto del viejo elegido como protagonista del aforismo. Decidí informarme en lo posible sobre las circunstancias concretas, específicas, particulares de Goya en el año en que hizo ese dibujo tan impresionante. Y llegué a la conclusión de que Goya no da a esa frase solamente su sentido habitual, de que nunca se acaba de aprender, incluso en vísperas de la muerte, que es la tradición nacida de una anécdota de Solón, el legislador ateniense. Hay más que eso.

¿Qué quiere decir?

Que no es casual la elección del anciano que no puede servirse de sus piernas. ¿Por qué no un sordo, o un desdentado? No: elige la imagen del viejo con andador, como diciendo: «A mi edad y aún tengo que aprender… a andar». Esto no anula, sino que extiende, el significado tradicional de la frase. Le añade una segunda intención, un punto de vista totalmente goyesco. En Goya nada es simple.

Hay textos divertidos, excursiones de ingenio y de pasión por las pequeñas y grandes cosas de Servet, de Fernando el Católico, de Juan de Lanuza, hasta de Agustina de Aragón. ¿Qué hay de eso de que Aragón produce en todos los siglos una gran cantidad de hombres ilustres?

Los hechos que conozco tientan a formular hipótesis, pero no me atrevo a hacerlo. En Aragón se dan dos circunstancias que pueden objetivarse. Nunca ha sido una tierra muy poblada (ahora hay muchos más aragoneses que, por ejemplo, en los momentos brillantes de la monarquía del gótico), pero ha tenido un peso específico grande en la historia común de los españoles. No solo como cabeza jurídicopolítica (no económica, que es otro plano) de la Corona de Aragón, sino como reino en sí. Procuré sintetizarlo en la expresión «Los aragoneses siempre hemos sido pocos, pero nunca poco». Lo que sumo a otra formulación paralela: al menos desde Jaime I, si no antes, «Aragón no tiene contraindicaciones para España».

¿Habría o hay causas concretas para la proliferación de ilustres de talla universal?

En cuanto a la génesis de personalidades mayúsculas, de talla mundial, no me atrevo a sugerir causas, pero es visible que su elevado número no guarda proporción con la cantidad demográfica. Respecto del anecdotario de nuestros personajes históricos, sin duda es mucho más nutritivo que los actuales del famoseo trivial y deseducador de los platós televisivos de gran audiencia. Es un signo del tiempo español de ahora y forma una mugre muy sólida, que está a flor de pantalla.

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