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el patrimonio aragonés emigrado

Las ranas fósiles de Libros, en los museos de ciencias más prestigiosos del mundo

Los mineros de esa localidad turolense sacaron cientos de ejemplares de estos anfibios en perfecto estado de conservación. Se ha llegado a acceder al interior de su estómago para conocer su dieta.

Ejemplar de ‘Rana pueyoi’ que se expone en Dinópolis.
Ejemplar de ‘Rana pueyoi’ que se expone en Dinópolis.
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Hace ahora 10 millones de años, en la localidad turolense de Libros había un lago cenagoso repleto de ranas. 

El lago se contaminó con azufre de origen volcánico, lo que provocó una enorme matanza de anfibios y, como en las profundidades del lago no había oxígeno, todo lo que acabó allí no llegó a descomponerse.

En los primeros años del siglo XX se explotó una mina de lignito y azufre en la localidad de Libros, y allí los mineros empezaron a encontrarse ranas fosilizadas. En 1920, el director de la empresa minera envió unos ejemplares a un jesuita zaragozano aficionado a la naturaleza y la entomología, Longinos Navás.

Este se entusiasmó con los fósiles, visitó la mina y prometió a los trabajadores una gratificación económica por cada ejemplar que le entregaran. Tiempo después describió la especie, ‘Rana pueyoi’, en homenaje al director de la mina, que le había proporcionado el primer ejemplar, Celedonio José Pueyo.

El holotipo de la rana, el ejemplar que usó Navás para bautizar la expecie, se conserva actualmente en el Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Zaragoza.

Su director, José Ignacio Canudo, es consciente de que los principales museos de ciencias naturales y paleontología de todo el mundo tienen ya ejemplares de la rana de Libros.

«Hay fósiles en numerosas colecciones europeas –señala–, aunque no puedo precisar si están o no en exposición, porque la colección permanente de estos museos se va renovando. Hay, por ejemplo, en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, donde además se conserva otra pieza interesante del yacimiento de Libros, que es el esqueleto de un ave fósil; en el Museo de Ciencias Naturales de Londres, el Museo de Historia Natural de París, el Museo Nacional de Praga, el Museo del Instituto Luis Vives de Valencia, el Museo Histórico Minero Don Felipe de Borbón y Grecia, el Museo Cívico di Storia Natural de Milan, el Museo de la Universidad de Valencia...».

Esa dispersión se debe en parte a que, al poco de publicar Navás la descripción de la especie, un conservador del Museo Nacional de Ciencias Naturales le desautorizó, hubo quien no les dio valor, y muchas piezas acabaron en museos extranjeros. Hasta el cierre de la mina, en 1958, además, muchos coleccionistas se acercaron a ella en busca de ejemplares.

Eran tan abundantes que incluso uno de ellos aseguró haber logrado más de 270. Y en el III Cursillo Internacional de Paleontología celebrado en Sabadell en 1956, los organizadores repartieron 60 ranas fósiles entre los asistentes a la cena de clausura.

No ha sido hasta tiempos bien recientes, principalmente con la llegada del microscopio electrónico, cuando se le ha empezado a extraer toda la información a estos fósiles, lo que ha agigantado su importancia científica.

Hace ahora diez años, por ejemplo, se identificó el tuétano de la médula de un ejemplar, lo que es algo excepcional dentro del estudio de los organismos fósiles. Nunca hasta entonces se habían identificado estructuras tan delicadas como el tuétano en vertebrados fósiles.

Solamente se conocía con anterioridad otro caso de conservación tridimensional de tejidos orgánicos tan extraordinariamente delicados: vasos sanguíneos no mineralizados descritos el año 2005 en un hueso de ‘Tyrannosaurus rex’.

«Se trata de fósiles excepcionales, ya que conservan las partes blandas y el esqueleto articulado –añade José Ignacio Canudo–. En algunos ejemplares se puede ver su contenido estomacal, formado por cáscaras de caracoles. En el mundo hay una docena de yacimientos con fósiles de rana de conservación excepcional como la de Libros, pero ninguno ha dado tantos ejemplares. Esto se debe a que provienen de la explotación de una mina que a lo largo de años se fue explotando y muchos de ellos quedaron en manos de los mineros, por lo que la colección está muy dispersa».

Aunque es cierto que se pueden encontrar ejemplares muy lejos de Aragón, afortunadamente no todos han abandonado la comunidad autónoma. No es Aragón un territorio especialmente esquilmado, en cuanto a paleontología se refiere.

«Suele haber ejemplares en museos extranjeros de los trilobites de Murero y de otros yacimientos del Cámbrico de Zaragoza –añade Canudo–. Yo los he visto en el Museo de Zapala (Patagonia, Argentina) o en el Museo del IGME (Instituto Geológico y Minero de España) en Madrid. Y sé que tienen en el Museo de Berlín. De invertebrados marinos del Eoceno de Huesca tienen ejemplares en el Museo Geológico del Seminario de Barcelona y en el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona. Fósiles de invertebrados del Jurásico, sobre todo ammonites, hay en el Museo del IGME y el Museo de Ciencias Naturales de Madrid. En el Museo de Leiden (Holanda) tienen una buena colección de dientes de roedores fósiles de Aragón, pero seguro que no esta expuesta, porque son demasiados pequeños. En general, hay pocos fósiles aragoneses fuera de España y los más significativos son los de Libros y Murero».

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