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Mar Vallejo, empresaria y deportista: "Los golpes en el tatami me hicieron más fuerte"

La zaragozana abrió hace tres décadas el gimnasio Kyobox en Santa Isabel, donde ejerce de formadora en diversas disciplinas

Mar Vallejo, propietaria del gimnasio Kyobox, hace unos días en el centro de Zaragoza.
Mar Vallejo, propietaria del gimnasio Kyobox, hace unos días en el centro de Zaragoza.
Guillermo Mestre

¿Cuándo empezó en el kárate?

Con 10 años; me apuntó mi padre, en un gimnasio cerca de casa, quería que supiese defenderme. El deporte acabó siendo mi pasión. La idea era tener mi propio gimnasio, y lo conseguí con 26 años.

La idea cristalizó enseguida, y le llenó el corazón a paladas.

Fue una experiencia única desde el primer día. Di una clase en el cole y al día siguiente vinieron al gimnasio las tres niñas de aquella clase con la misma coleta que llevaba yo el día anterior. Me había convertido en referente para ellas –sonríe–, una ‘influencer’ de la época. Por suerte, creo que las clases también ayudaban a moldear el carácter, no solo el peinado.

Compitió unos cuantos años.

Formé parte de la selección absoluta de kumite en Aragón con el gran campeón Antonio Martínez Amillo de preparador; recuerdo que competí con Carmen García Alcay, también campeona del mundo y de Europa, que es de mi quinta y mi peso. ¡Alguna vez le gané! Sigue en activo, por cierto.

La enseñanza le conquistó muy pronto.

Sí, con el kárate daba clases a niños, y fui sacando titulaciones de aerobic, ‘steps’, ‘spinning’, tonificación, pilates… me encanta el pilates, aunque no he dejado de entrenar a peques karatekas.

Es cinturón negro tercer dan. ¿No quiso seguir sumando ahí?

Me podía haber sacado más grados, pero necesitaba el tercero para dar clases y firmar cinturones hasta el marrón. No quise avanzar más; respeto mucho a los que siguen ese camino, pero dejé de competir con 26 años para abrir el gimnasio y preferí probar otras especialidades. También he sido juez de tribunal de grados, árbitro, directora técnica de la federación aragonesa durante tres años, corrí con la antorcha olímpica de Barcelona en 1992… aún he hecho cosas, vaya.

El Kyobox es un emblema social y deportivo en Santa Isabel.

El primer local era más pequeño; en el actual llevamos desde el año 2000, es grande. Trabajar allá ha sido siempre un placer, porque lo hacemos desde la cercanía. Es verdad que ayudó mucho al impacto del gimnasio la especialización del boxeo y kickboxing, con excelente formadores y muy alto nivel, empezando por mi socio Juan.

Esa especialización tenía a su vez un reverso limitante.

Hubo que moverse para aclarar a nivel promocional que en el gimnasio se hacían más cosas aparte del boxeo y las artes marciales. Es un sitio familiar, somos unos cuantos pero nos conocemos todos por nombre y apellidos; con algunos somos amigos desde que abrimos, ahora traen a sus hijos. Una nota curiosa, Bunbury se hizo las fotos de su disco ‘Flamingos’ hace unos veinte años en el Kyobox.

¿Sintió el paternalismo mal entendido como mujer joven y emprendedora hace tres décadas?

No pensé en buscar apoyos, sino respeto. Siempre están los detalles desagradables: gente que llegaba al gimnasio, preguntaba por el dueño y cuando decía que era yo, todavía me preguntaban otra vez por el dueño. Aún pasa de vez en cuando, pero esas cosas nunca me han tirado para atrás. Bueno, y había detalles como la ausencia ropa femenina apta para el arbitraje; antes tenía que apañarme en la planta de caballeros de unos grandes almacenes, porque no había pantalones grises de pinzas, corbata y americana entallada.

¿Qué golpes le han hecho especial mella?

De cría siempre estaba rodeada de chicos en el gimnasio, y me daban como a cualquiera, siempre fui una más. Los golpes en el tatami me hicieron más fuerte; los valores del kárate son el respeto, la autoestima y la superación, y si se aplican a la vida, la mejoran. Trato de transmitirlos al enseñar.

El último revés vino en forma de incendio, una plaga veraniega que al Kyobox le llegó mucho antes.

Fue en febrero, pero no nos rendimos. Reabrimos ahora, a final de este mes de agosto, gracias a toda la familia del Kyobox, formada por dueños, técnicos y clientes. Es mi vida, también la de mi hijo, que trabaja ahí a sus 25 años: recuerdo haber dado clases de aerobic embarazada de él, lleva toda su vida en el gimnasio. La gente no nos ha abandonado por otro sitio, están esperando y nos lo dicen, que van a volver. ¿No es emocionante?

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