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LEYENDAS Y PERSONAJES. VERANO

Panticosa, Maurice Ravel y las dos princesas de hielo

Dos consejas que vinculan el lago helado con el autor de 'Bolero' y 'Pavana para una infanta difunta' y un relato del Pueyo de Jaca

Maurice Ravel, según algunos, visitó Panticosa y vio imágenes que le inspiraron.
Maurice Ravel, según algunos, visitó Panticosa y vio imágenes que le inspiraron.
Roger Viollet.

Winnaretta Singer, hija de un acaudalado promotor de la Singer, se casó en segundas nupcias con el príncipe Edmond de Polignac y vivieron juntos desde 1893 hasta la muerte de él en 1901. Mecenas de distintos músicos, solían pasar algunas temporadas en los balnearios, entre ellos el de Panticosa, tan concurrido. Allí estuvieron con intérpretes y compositores, como Maurice Ravel, que siempre se había interesado por España. Se cuenta que durante unas navidades, una joven francesa contó el relato de una infanta española que se había desplazado allí, en su luna de miel.

Se levantó por la mañana, vio el lago helado del lugar y decidió recorrerlo bailando. No se dio cuenta de que había unas hendiduras en la superficie, y de pronto se la engulló el suelo y se hundió en el centro del agua helada. Su joven esposo no daba crédito: avanzó hacia ella y se arrojó dentro para salvarla. Su gesto fue en vano: ni el uno ni el otro volvieron a la superficie y se quedaron en el fondo para siempre a vivir su pasión. La camarera añadió que, a veces, en el día de Navidad, los montañeros han creído ver a la joven danzando en el lago y así solía y suele contarse en la Casa de Piedra de Panticosa.

Winnaretta le pidió a Ravel que compusiera una pieza para tan hermosa e infausta historia. Lo hizo esa misma noche y la tituló ‘Pavana para una infanta difunta’. Hace unos días, la actriz y escritora Itziar Miranda la recordó en Panticosa en el Festival Tocando el Cielo. Ravel dijo una vez que el título de la obra de unos siete minutos nacía de la atracción por esas palabras; en otra ocasión, aseguró que en efecto aludía a una infanta como las de Diego Velázquez. «Quizá la historia no sea cierta, pero merecería serlo. Es preciosa», dice Itziar.

En el Pueyo de Jaca, a la orilla del Gállego y del Caldarés, se cuenta algo que no parece ajeno a lo que acabamos de narrar. Por allí está el palacio de la Viñaza y sus propietarios, pocos años después, a principios del siglo XX, tenían dos hijos: Úrbez y Victorián, a los que solía cuidar una institutriz británica, Celina, que amaba la música y la literatura. Un día, tras empujar mucho rato el carro de los niños, decidió sentarse a la sombra de un árbol, a la orilla del río. En un despiste de la lectora, el coche perdió su estabilidad y fue a parar al curso violento del Gállego.

La muchacha se tiró al agua para salvar a las criaturas. Los cuerpos de los tres aparecieron dos o tres días después sin vida. La composición musical favorita de la intérprete era ‘Pavana para una infanta difunta’. Aseguran que el fantasma de Celina habita la zona, especialmente el Día de Todos los Santos y que esa noche, con el rumor del viento, se oye la pieza de Maurice Ravel que tantas veces interpretó la joven pianista en el palacio de la Viñaza.

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