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patrimonio aragonés emigrado

El Santo Grial, entre San Juan de la Peña, Himmler y las aventuras de Indiana Jones

Durante tres siglos, la copa usada por Jesucristo en la Última Cena, a la que se le atribuían poderes extraordinarios, estuvo en el monasterio que fue cuna del Reino de Aragón. Hoy se conserva en la catedral de Valencia, adonde lo envió Alfonso V.

Réplica del Santo Grial que se conserva en la catedral de Valencia.
Réplica del Santo Grial que se conserva en la catedral de Valencia.
Heraldo.es

Pocos objetos han generado una mitología propia y de dimensiones tan colosales como el Santo Grial, la copa que usó Cristo en la Última Cena y en la que José de Arimatea recogió la sangre que manaba de su costado. Piense en ‘Indiana Jones y la última cruzada’, de Steven Spielberg, y comprobará que, aún hoy, más de 2.000 años después, sigue siendo un objeto legendario y envuelto en el misterio.

La copa, según la tradición cristiana, la conservó la Virgen María, al igual que la Sábana Santa, la corona de espinas, los clavos de la crucifixión o la lanza de Longinos. Esas reliquias primitivas fueron repartidas entre los apóstoles y el cáliz le correspondió a San Pedro, que lo llevó a Antioquía y después a Roma, donde fue usado por los primeros Papas en sus ceremonias. En un momento dado la pista se le perdió, y a partir de ahí...

Todo. La leyenda del Santo Grial se tejió gracias a obras y relatos de autores como Chrétien de Troyes, Robert de Boron o Wolfram von Eschenbach, que desarrollaron una doble línea argumental. Por un lado, la leyenda de los caballeros de la Mesa Redonda y del Rey Arturo, en busca de la santa copa; por otro, el rastreo o las hipótesis acerca de los movimientos que hizo a partir de José de Arimatea. Para unos el Grial es un objeto con propiedades curativas; para otros puede resucitar a los muertos y alimentar a miles de soldados. Hay quien cree que es una copa y otros que hablan de una fuente.

Templarios cátaros

Y a todo ello tenemos que sumar también una leyenda con gran poder de seducción, la de que el Grial fue custodiado en secreto por los templarios y, cuando estos desaparecieron, por los cátaros. Y otra teoría, en la que aparecen la Reina de Saba y el rey Salomón, según la cual el Grial no sería una copa, sino el Arca de la Alianza, donde se guardaban las tablas de la ley.

Así que al llegar el siglo XX en numerosas iglesias distribuidas por todo el mundo se conservaban copas u objetos candidatos a ser el Santo Grial.

Por ejemplo, la Copa de Hawkstone Park, propiedad de Victoria Palmer, de la que se dice que fue llevada a Reino Unido tras el saqueo de Roma por los visigodos. O el Achatschale, el Cuenco de Ágata que se encuentra entre las piezas más destacadas del tesoro de los Habsburgo en Viena.

El Metropolitan Museum de Nueva York conserva entre sus fondos el llamado Cáliz de Antioquía, hallado a principios del siglo XX en Siria y que también se ha querido identificar con la Santa Copa, aunque algunos autores tienen claro que es una falsificación. En Gales, y al parecer procedente de la antigua abadía de Glastonbury, se guarda un cuenco que tiene la particularidad de ser de madera. Pasó en su día por ser el Grial, aunque algunos autores lo han datado en los siglos XIV o XV. Candidatos más débiles, en los que casi nunca se ha pensado, son el Sacro Catino de Génova o el Cáliz de Ardagh, que se conserva en el Museo Nacional de Irlanda en Dublín.

Y, ya en terreno español, hay varios ‘griales’ o aspirantes a serlo. Como el Santo Grial del monasterio de Santa María de O’Cebreiro, en Lugo, en pleno trazado del Camino de Santiago. O el Cáliz de doña Urraca, en León. O el ‘aragonés’, que se conserva en la catedral de Valencia.

No es extraño, pues, que Heinrich Himmler, el número tres del régimen nazi, fundador de las temidas SS y de una sociedad ocultista, buscara también en su día el Grial y acabara viajando en 1940 al monasterio de Montserrat para ver si estaba allí.

San Lorenzo lo trajo a Aragón

No lo encontró. Quizá porque la pieza que parece concitar mayor respaldo por los especialistas es la de la catedral de Valencia. Es una copa tallada a partir de una piedra de calcedonia, de tan solo siete centímetros de altura y 9,5 de diámetro.

El historiador Antonio Beltrán la estudió en 1960 y la fechó en el siglo I de nuestra era. Para darle mayor prestancia, siglos atrás se le añadió un pie con asas en forma de serpiente.

El cáliz llegó a la provincia de Huesca en torno al año 258 porque el papa Sixto II se lo confió a su diácono, San Lorenzo, para protegerlo. Al parecer, estuvo primero en una cueva cercana a Yebra; de ahí pasó al monasterio de San Pedro de Siresa y luego al de Santa María de Sasabe, para llegar luego a la catedral de Jaca, cuya majestuosidad se ha querido ver como la confirmación de que la pieza se trataba del Santo Grial y se construyó un templo acorde a su importancia para conservarlo.

Martín I el Humano lo mandó trasladar a la Aljafería de Zaragoza en 1399. Y en la capital aragonesa hubiera permanecido hasta hoy si no fuera porque en 1437 Alfonso V lo hizo llevar a Valencia.

El del Santo Grial aragonés es un caso de patrimonio emigrado... por mandato real. 

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