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El Mas de Bunyol, territorio de Buitreman en el corazón del Matarraña

José Ramón Moragrega lleva 32 años alimentando a diario (con mínimas excepciones por reposo) a tres centenares de buitres en este enclave montañoso de Valderrobres, una imagen que se ha convertido en icónica de la zona

Buitreman, con la carretilla llena de despojos del matadero de Valderrobres, rodeado de buitres en el Mas de Bunyol.
Buitreman, con la carretilla llena de despojos del matadero de Valderrobres, rodeado de buitres en el Mas de Bunyol.
Laura Uranga

Son ya más de tres décadas, y José Ramón Moragrega, alias Buitreman, no ceja en su empeño. El caminito entre el polígono industrial donde cita a los turistas y el observatorio-muladar de Mas de Bunyol es de apenas tres kilómetros desde el polígono industrial de Valderrobres, mas dos centenares de metros a pie hasta llegar a la edificación que ha preparado junto a su esposa Loli Carrasco; sin embargo, la sensación del visitante es de llegar a una dimensión desconocida. No hay un triángulo seco de las Bermudas; se trata más bien de un emplazamiento con un punto místico, bañado de silencio, que diariamente vive el espectáculo de 300 buitres aterrizando en busca de alimento.

José Ramón es de Beceite, le llaman Buitreman tras la ocurrencia de un periodista del ‘National Geographic’ y se encarga de alimentar a sus invitados alados cada día desde hace 32 años. Las excepciones, contadísimas, no atenúan la excepcionalidad de su tarea, que ya es parte insoslayable de la oferta turística del Matarraña. "Siempre ha sido una actividad a pequeña escala –comenta– y lo importante es que a mis 70 años sigo teniendo salud; eso me permite disfrutar de una vejez privilegiada, hago lo que me gusta".

En el Mas de Bunyol, el espectáculo comienza desde que se emprende el caminito con los vehículos, siguiendo al de José Ramón. Los buitres ‘conocen’ el coche de su proveedor de carnaza, y muchos empiezan a seguirlo enseguida. Cuando se llega al punto de observación, siempre en grupos pequeños y siguiendo directrices firmes acerca de ruidos, movimientos bruscos o ropa de colores chillones (abstenerse) hay que mirar al cielo y empezar a alucinar. Los buitres van aproximándose en círculos, aprovechando las corrientes, oteando desde el monte cercano y las copas de los árboles, esperando su desayuno. 

Algunos buitres, según comentan Loli y José Ramón, hacen muchos kilómetros para no perderse el festín:del Pirineo, de la Ibérica, del valle del Ebro... es un silencioso toque de corneta para los gigantescos animales, que en algunos casos superan los tres metros de envergadura. "Se siguen ciertas directrices con firmeza, como la prohibición de coger comida de granjas; todo debe ser de categoría dos en el matadero, con transporte apropiado, control veterinario… una vez cumplidos los requisitos, lo que queda ya es cuestión de confianza, de respetar los códigos de los buitres", explica Buitreman. 

Cuando comen y reposan en un lateral del muladar, aún falta el final del espectáculo: las salidas ordenadas y casi rasantes de los buitres en dirección Valderrobres, aprovechando nuevamente las corrientes de aire cálido para elevarse poco a poco y emprender nuevamente el viaje a otros puntos de referencia. Muchos regresarán al día siguiente.

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