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Teresa Berganza, la mezzosoprano que amó a Mozart y al Auditorio de Zaragoza

La cantante madrileña, una mujer carismática llena de talento y sentido del humor, cantó al gran músico y también se identificó con la rebelde Carmen

Teresa Berganza fue asidua veraneante en Huesca y sus montañas, y también cantó en el Olimpia.
Teresa Berganza fue asidua veraneante en Huesca y sus montañas, y también cantó en el Olimpia.
Javier Blasco.

“Mi carrera ha sido avión, teatro y hotel, avión, teatro y hotel. Tampoco me ha gustado mucho la vida social, aunque era divertido que te halagaran, ir a hoteles de cinco estrellas, como en 'Cenicienta'. Pero yo estoy con los pies en la tierra desde que empecé a cantar, y sigo así. Lo único que importa es la generosidad, lo que has podido dar, y el amor”. Así se retrataba en 2014 la mezzosoprano Teresa Berganza (Madrid, 1933-2022), que acaba de fallecer a los 89 años, una de las grandes figuras de la ópera de un país de grandes cantantes, como se vio en 1991 cuando fueron distinguidos con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes Alfredo Kraus, Plácido Domingo, José Carreras, Montserrat Caballé, Victoria de los Ángeles y la propia Berganza.

Miguel Ángel Tapia, director-gerente del Auditorio de Zaragoza, la recuerda así: “Coincidí con ella, hace muchos años, en un Festival de Santo Domingo, y recuerdo que toqué al piano, y con orquesta, para ella. En la cena se reveló como era: una mujer simpática, divertida, con un gran sentido del humor y muy inteligente. ¡Cuánto nos reímos aquella noche! Estaba con su hijo”, dice como recuerdo casi a vuela pluma.

Agrega: “Teresa Berganza era mezzosoprano y fue una de las grandes grandes de la música con su voz preciosa y maravillosa. Era la gran intérprete mozartiana. Recuerdo perfectamente que en la primera temporada de conciertos del Auditorio ella, el 22 de marzo de 1995, ofreció un recital, unos días después de que lo hiciera Alfredo Kraus. Y confirmó, como harían algunos otros músicos, la exquisita acústica de la sala Mozart. Ya le digo: era dicharachera, cercana, tenía tanto humor como talento, algo que me emociona”, señala Miguel Tapia.

La mezzosoprano ha estado en Aragón en muchas ocasiones: en Zaragoza en 1995, en Huesca y Zaragoza en 2008, en 2014 fue invitada por la Asociación Aragonesa de la Ópera y en Panticosa en agosto de 2016, pero entonces recordaba que acudía al balneario “desde los años 60 y lo conozco muy bien”. Decía que antes iba con sus hijos a disfrutar de la naturaleza, “ahora disfruto también de la música. Es una maravilla, una belleza, un lugar ideal”. Había sido invitada por Carmen Esteban y su equipo al Festival Internacional de Panticosa, Tocando el cielo.

Entonces, en diálogo con Laura Zamboraín, explicaba sus dones: “Soy un músico con un instrumento que se llamaba laringe y que lo ha puesto al servicio de la música. Hago lo que hace un pianista pero con mis cuerdas vocales”. Ella nació en Madrid en 1933, y fue niña de barrio, por ello tal vez jamás perdió su casticismo. Su padre era republicano y su madre de derechas. Con su desparpajo habitual, solía recordar que tenía una relación muy bella, llena de piropos, atenciones y picardías, incluso ya casi ancianos. De adolescente, sufrió una crisis mística y quiso ingresar en un convento, pero su padre la sacó de allí. Y estudió música: piano, armonía, violoncelo y finalmente canto. Llegó a ser corista de Juanita Reina y de Juanito Valderrama, y conservaba un hermoso recuerdo de aquellos días. “Vas a hacer algo grande porque eres una gran artista. Creo que también hubiera podido ser una buena cantante de flamenco”, le confesó a Ana Usieto en 2014.

Empezó a estudiar con Lola Rodríguez Padrón y no tardaría en debutar, en el papel de Dorabella, en ‘Cosí fan tutte’ de Mozart en 1957 en Aix-en-Provence, y ahí iniciaba una gran carrera que la iba a llevar por todo el mundo: en 1958 debutó en Milán; en 1959, en Viena. Más tarde en Londres y en las grandes salas de Estados Unidos. Y poco después cantaría con Maria Callas en ‘Medea’, quien, igual que le sucedería a Montserrat Caballé, la consideraría como una amiga y una hermana pequeña. Para Teresa Berganza, que crecía y crecía, “era una profesional increíble”.

Teresa Berganza deslumbraba allá por donde iba con sus hermosos registros y su inclinación hacia Mozart, en particular ‘Las bodas de Figaro’, pero también hacia el ‘bel canto’. Cantó como pocos a Rossini y ‘El barbero de Sevilla’, ‘Carmen’ de Bizet, de la que dijo que le había enseñado más de la vida, de la rebeldía y del amor que casi nadie en el mundo.

Teresa se casó dos veces. Con Félix Lavilla, pianista y compositor, con el que vivió entre 1957 y 1977, y con José Rifa, “él era el sacerdote al que consulté sobre qué debía hacer con mi primer marido. Y se quedó conmigo, pero me fue muy mal”; se separaron y regresó a su antiguo oficio. Teresa Berganza, que acabaría regresando a España tras su éxitos por todo el mundo, dio clases y cantó durante 58 años ininterrumpidos, desde 1950 a 2008. Grabó discos y fue dirigida por los grandes maestros: Herbert von Karajan, Georg Solti, Claudio Abbado, Carlo Maria Giulini, etc., a los que admiró y si podía guardaba su batuta como oro en paño.

Miguel Ángel Tapia:“Teresa Berganza era mezzosoprano y fue una de las grandes grandes de la música con su voz preciosa y maravillosa. Era la gran intérprete mozartiana. Recuerdo perfectamente que en la primera temporada de conciertos del Auditorio ella, el 22 de marzo de 1995, ofreció un recital, unos días después de que lo hiciera Alfredo Kraus. Era dicharachera, cercana, tenía tanto humor como talento, algo que me emociona"

En 2006, le dijo a Esperanza Pamplona: “Me hubiera gustado ser amante de Mozart. Seguro que hubiera compuesto algo para mí. Mozart ha sido mi amor, mi maestro, mi pasión y toda mi vida artística. Su música es de una genialidad fuera de serie, Mozart escribía para la voz, tratando la voz como si fuera un instrumento, pero sabiendo que era un órgano humano. Además, la voz que exigen las composiciones de Mozart ha de ser de una pureza especial, una voz con algo de trémolo es muy difícil que pueda cantarlo bien”. En cierto modo, Teresa Berganza, enamorada del arte y de los museos, se explicaba a sí misma. 

A su hija Cecilia la dirigió hacia el canto y ella le decía a Picos Laguna en estas mismas páginas, en 2019: «Mi madre insistía en que aprendiera canto. Tardé porque pensaba que era una locura, con los referentes que tenía en casa. (…) Durante las vacaciones y otros periodos mi madre nos llevaba siempre que podía con ella, a pasar juntos temporadas largas». Debutó en 1996 y con ella cantó su madre, Teresa Berganza, la mujer que dejó un sonido, unos personajes y un sinfín de emociones en la memoria del mundo.

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