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LIBROS. HOY DOMINGO

César Muñío: "A diario nos ponemos en la piel de quienes nos compran los libros"

Lleva más de 40 años en el oficio de librero que heredó de su padre y ahora es el presidente de Copeli. Está feliz por el éxito del Día de San Jorge

César Muñío lleva con sus dos hermanos, Pablo y Esther, la librería París.
César Muñío lleva con sus dos hermanos, Pablo y Esther, la librería París.
José Miguel Marco.

«Estuve en la manifestación de abril de 1978. Tenía dieciséis años y lo recuerdo muy bien. Me acuerdo de aquel clima de agitación, de sueños: había esperanza, sobre todo, que tan necesaria es para la vida. La esperanza es la mejor medicina. Siempre he sido muy crítico con los malos gestores y la mala política. Más que una afiliación concreta, me sentía un joven de izquierdas, tranquilo y preocupado por los demás, por los de abajo, por la sociedad. Siempre a favor del que más lo necesita porque es la única forma de avanzar», dice César Muñío (Zaragoza, 1961), actual presidente de la Comisión Permanente del Libro (Copeli), que vivía ayer una de esas jornadas inolvidables en el Paseo de la Independencia: la gente, en manadas numerosísimas (como escribió Julio Antonio Gómez), tomó todos los espacios. Había que verse, saludarse y abrazarse ante el espejo real e imaginario de los libros, ese aceleración de protones de fantasía y conocimiento.

Si le parece, empezamos.

Ah. Pensamos que ya lo habíamos hecho.

Tiene razón. En la vida todo sirve.

Mire, quería decirle que, en realidad, he estado de todas las vocales y consonantes en Copeli: no siempre es posible disponer de horas libres para la gestión. Yo me eduqué en el asociacionismo y, gracias a mis hermanos Pablo y Esther, siempre he podido echar una mano en Copeli. Me gustaría que hubiera recambio, incorporaciones jóvenes, nuevas ideas, pero también entiendo que hay librerías que son de poca gente, dos o tres, y no disponen de tiempo. Vivimos instalados en la exigencia y en la ansiedad. Pero, sinceramente, no tengo ningún mérito. Todos tenemos que sumar todo el tiempo.

¿Diría que es usted un librero de batalla?

¿De batalla o del batallar? No, no. Hay compañeros, que son estupendos, maravillosos, respetados y que se han especializado más que nosotros, la librería París, pero a nosotros siempre no ha preocupado el público. Todos los públicos. Somos generalistas. Y nuestros clientes no son solo nuestros clientes: son nuestros amigos y a veces nuestra mejor referencia.

¿En qué sentido?

Aprendemos mucho de ellos. De sus sensaciones, de su sinceridad. Cuando viene un cliente y te dice: «Oye, César, qué libro más malo me diste el otro día». O, «la novela que me recomendaste no hay por donde cogerla», yo me digo: qué bien, qué confianza, a este lo quiero conmigo. Y le pregunto, acepto su consejo, lo tengo presente. No son uno ni dos…

¿Quiere decir eso que ustedes leen poco?

No, no. Leemos todo lo que podemos. Aunque tenga en cuenta que vivimos en el tiempo de la dictadura de las novedades y que nos pasamos la vida desembalando y embalando cajas de libros. Le digo una cosa: yo pienso, y así lo he dicho alguna vez, que sería mejor que nos financiasen una hora de lectura cada día que las ayudas para los nuevos ordenadores. ¡Se imagina, una hora de lectura al día, solo para saber más, aconsejar mejor a los clientes!

"Yo pienso, y así lo he dicho alguna vez, que sería mejor que nos financiasen una hora de lectura cada día que las ayudas para los nuevos ordenadores. ¡Se imagina, una hora de lectura al día, solo para saber más, aconsejar mejor a los clientes!"

¿Qué tiene que hacer un autor para que ustedes lo inviten a firmar?

Nada del otro mundo. Que haya publicado un libro en el último año, que conozcamos bien su libro, que nos haya enamorado un poco de él. Más que la empatía, que es clave, o la amistad, que es importante, o la fidelidad con nuestra libertad, nos importa la calidad del libro, que nosotros lo hayamos leído y lo podamos defender. Y eso, se lo puedo asegurar, como otros compañeros, claro, lo hacemos a diario: en Bibliotecas Públicas, en Bibliotecas Escolares, en departamentos universitarios.

César Muñío sabe lo que es recorrer Biblioteca Públicas, Escolares, Universitarias. Ama su trabajo.
César Muñío sabe lo que es recorrer Biblioteca Públicas, Escolares, Universitarias. Ama su trabajo.
José Miguel Marco.

Esa defensa de un libro y de un autor, lo han hecho con ‘El infinito en un junco’ de Irene Vallejo.

Bueno, lo hizo mi hermano Pablo. Es el mayor y siempre ha estado aquí; tenemos fotos suyas, con catorce años o menos, que está atendiendo a la librería en pantalones cortos. Él leyó un borrador inicial y le fascinó. Le dijo a Irene: «De este libro vas a vender muchos libros». Nosotros vendimos mucho el libro de Siruela. Mi hermano tenía razón. Este es para nosotros un oficio heredado de mi padre y una de las cosas que más nos enseñó fue el trato con él público.

Vayamos con ello. Con su padre.

Se llamaba José Muñío, nació en 1926 y murió en 2003. Era un chico de torre en Las Fuentes, él decía que ni era de pueblo ni de aldea. Estudió en el instituto de La Salle-Montemolín y allí fue como fámulo porque se quedó huérfano a los catorce años. Tenía una muy bonita caligrafía, sin faltas de ortografía, y dominaba las cuatro reglas. Quiso presentarse para linotipista en una editorial y cometió un error al colocar una tilde y no lo cogieron.

¿Por un acento?

Sí, como se lo digo. Al poco tiempo empezó a trabajar en la Librería General, allí lo acogieron los padres de Ángel Boya. Trabajó mucho, se formó y antes de los 40 años abrió su propio local.

¿Cómo fue eso?

El diez de agosto de 1963, en Fernando Católico, 14, inauguró su librería. Y salió adelante por muchos factores. Nos contagió atrevimiento, pasión por el trabajo y respeto por los clientes y por los proveedores. Y no solo eso: fue un hombre de una gran humanidad. El novelista Félix Teira escribió alguna vez que aquel señor de cabello blanco de la librería París les fiaba los libros durante el curso, y él y otros, internos en el colegio La Salle, le iban pagando a plazos. Mi padre decía que nunca se quedó si cobrar.

¿Cuándo decidió usted ser librero?

Habrían de pasar algunas cosas. Pronto nos fuimos incorporando a la librería. Yo era muy movido, un poco pesado, y a veces, cuando me ponía un poco insoportable, me decían: «Ordena los rosarios». Era muy mal estudiante. En aquella época del desarrollismo, vendíamos de todo: Biblias, recordatorios de Primera Comunión, los rosarios, etc. Y yo me acostumbré a la literatura infantil y juvenil, que iniciaba su despegue. Entonces, era un poco diferente: las secciones de chicas y chicos estaban separadas; recibíamos cada mes la visita de los agentes de Rialp u otras editoriales. Y ahora parecemos volver hacia atrás: como las chicas leen mucho más y leen de todo, las editoriales ya están jugando con eso. Y a mí me gustaría algo más un poco neutro. En eso soy crítico. Vamos hacia atrás.

¿Cómo estamos?

Estamos bien. De verdad. Fuera preguntan por los libros, los autores y las editoriales de Aragón, y se ve que tenemos muchos proyectos en todas las direcciones. Ahora con Amazon estamos un poco asfixiados porque el libro ya es más que un producto de primera necesidad, como se vivió en el mes y medio de pandemia, y lo piden como si fuera para un trasplante. Dicho eso, con la complejidad del trabajo, el único éxito que hemos tenido es el de habernos puesto en la piel de quienes nos compran los libros. Llegar a todos y a todas partes es una actitud que siempre hemos tenido. A nosotros nos gustan los libros que duran.

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