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Charles Mérigot, el más tenaz y entusiasta difusor de Aragón al otro lado de la frontera

Perfil del editor, promotor cultural y apasionado del Alto Aragón, animador de las ferias del libro, que ha muerto a los 72 años

Severino Pallaruelo, autor del artículo, con su gran amigo Charles Mérigot.
Severino Pallaruelo, autor del artículo, con su gran amigo Charles Mérigot.
Archivo Xordica/ S. Pallaruelo.

La semana pasada nos dejó Charles Mérigot m(1950-2022). Demasiado pronto. Siempre lo es para marchar. Tenía 72 años. Era un hombre diferente. Cada uno lo somos. Pero él, más. Si digo que fue editor quienes no lo conocieron unirán su imagen a la de un empresario de la cultura. Si hablo de su afición a las montañas del Alto Aragón alguien puede imaginarlo coronando las cumbres con un piolet en la mano. Si cito su faceta de profesor de matemáticas quizá sea percibido como el distraído sabio de los encerados cubiertos con largas fórmulas aburridas. Si nombro su tarea de escritor puede ser visto como un solitario ensimismado. O como un políglota erudito si lo muestro en su trabajo de traductor. Pero Charles no era así. Fue editor, profesor, escritor y traductor de una forma diferente. Amó las montañas pero, también, de otro modo.

Enseñó matemáticas en África como sustituto del profesor al que un cocodrilo había devorado unos días antes. Inició su carrera como editor con la publicación de un libro en el que narraba su propia experiencia de vida en la calle después de perder su empleo en una importante empresa. Recorrió las montañas aragonesas buscando más el sutil enlace con la gente y con los paisajes humanizados que el éxito deportivo logrado al conquistar las altas cumbres. Se introdujo en el mundo de la traducción para mejor comprender y divulgar los libros que amaba.

Recorrió las montañas aragonesas buscando más el sutil enlace con la gente y con los paisajes humanizados que el éxito deportivo logrado al conquistar las altas cumbres. Se introdujo en el mundo de la traducción para mejor comprender y divulgar los libros que amaba.

Llegó a la sierra de Guara, en el año 1974, tras las huellas de Pierre Minvielle, el autor francés que abrió las puertas de los cañones calcáreos del Alto Aragón a sus compatriotas y, también, a los propios aragoneses que ignorábamos las maravillas que escondían las sierras en su vientre. Charles quedó enamorado del valle de Rodellar. Aquel amor había de marcar su trayectoria vital. No ha dejado de acudir al valle y de participar en cuanto tiene que ver con su promoción hasta el final de sus días. En Rodellar se lo han agradecido: le concedieron el título de hijo adoptivo. Pero no encerró sus afectos en el marco de los cañones y de las sierras sino que lo extendió a Aragón entero, al territorio, a sus gentes, a su cultura y a sus lenguas. Ha sido un embajador de Aragón en Francia. En su sello editorial –Éditions La Ramonda- ha publicado las obras de varios autores aragoneses y, a la vez, ha llevado a las ferias y a las librerías del otro lado de la frontera los libros editados por algunas editoriales de esta tierra.

Pero no es el currículo lo que hizo de Mérigot un hombre diferente –y excelente- sino la forma de sacar adelante las tareas en las que se implicó. Charles era ante todo bueno, sensible, amable, prudente y sencillo. Una delicia como persona. Trabajador sin alardes del estrés que quieren hacer visible quienes desean mostrar que son importantes porque están muy ocupados; soñador de grandes proyectos expuestos siempre como si se tratara de ocurrencias de trascendencia limitada; dinamizador de iniciativas culturales de calado en las que nunca reivindicaba protagonismo alguno: así era el editor de La Ramonda, el animador de ferias de libros transfronterizas, el más tenaz y entusiasta difusor de Aragón al otro lado de la frontera.

La sonrisa de Charles lo definía. También, la mirada. Eran las de un soñador que trabajaba para tratar de ir haciendo realidad los sueños paso a paso, las de un hombre sabio que conociendo mucho mundo había encontrado en un valle aragonés el molde que mejor envolvía su idea de lo que un paisaje y unas gentes pueden aportar para la imagen del paraíso imposible que anhelamos. Charles tranquilo, sencillo, siempre con su maleta de libros, de un lado a otro de la frontera, siempre con proyectos atractivos; Charles en los pequeños hoteles, en las ferias, entre los editores y los autores… Encontrarte nos alegraba como alegra hallar una sombra fresca en un día abrasador de verano. Tu sonrisa, esa que ya no veremos más, lo suavizaba todo. Somos muchos los que en Aragón y en Francia vamos a echarte de menos. Monique, tu compañera, la que más. A ella enviamos los abrazos que a ti ya no podremos darte.

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