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Álvaro López Asensio: "En la Edad Media, la mujer judía era considerada inferior al varón"

El historiador y teólogo zaragozano publica un documentado estudio sobre el papel femenino en la cultura y sociedad de Sefarad

El historiador Álvaro López Asensio acaba de publicar 'La mujer judía de Sefarad en la Edad Media'
El historiador Álvaro López Asensio acaba de publicar 'La mujer judía de Sefarad en la Edad Media'
Aranzazu Navarro

Este es su decimotercer libro sobre la cultura judía, la mayor parte de ellos dedicados a Calatayud. ¿De dónde le viene la pasión?

Mis estudios bíblico-teológicos hicieron que, hace más de treinta años, comenzara a investigar en los archivos notariales y de la Corona de Aragón. Allí descubrí que había miles de referencias sobre los judíos aragoneses de la Edad Media. Estuve tres años recabando información y, con ese material, comencé a recuperar el pasado y legado judío en nuestro territorio y Sefarad.

Su libro anterior, dedicado a la gastronomía judía, ha tenido recorrido nacional e internacional?

Ya lo creo, se ha vendido muy bien y ha creado mucha expectación. Desde que lo publiqué, he dado muchas conferencias, incluso en Israel. También he grabado cursos de cocina 'on line' y varias demostraciones presenciales a grupos de judíos y en jornadas gastronómicas. Siempre ha gustado mucho porque son recetas medievales que guisaban los judíos y que he recuperado porque estaban escritas en procesos de la Inquisición. Hay muy poca investigación sobre la cocina medieval documentada y sí mucha recreación.

En 'La mujer judía' se centra también en aspectos de la vida cotidiana. ¿Cómo definiría su situación en la Edad Media, en comparación con la mujer cristiana o musulmana?

En Aragón y Sefarad estaba infravalorada y considerada inferior al varón por introducir el pecado en el mundo en los tiempos de Adán Eva, y por transmitir impureza durante la menstruación y cuarenta días después del parto. Durante esos momentos no podía mantener relaciones sexuales, hasta que se bañaba en un 'mikvé', una piscina para purificarse. El ordenamiento jurídico hebreo protegía más al varón que a la mujer, a la que se le privaba de muchos de sus derechos fundamentales. El alma de la mujer judía medieval necesitaba una doble redención: la del pecado, y la privación de sus derechos igualitarios.

Miniatura del 'Vidal Mayor' que representa a un prestamista judío.
Miniatura del 'Vidal Mayor' que representa a dos prestamistas judíos trabajando. 
Heraldo.es

¿Hasta qué punto las mujeres judías tenían menoscabados derechos que hoy consideramos fundamentales?

La mujer judía estaba sometida a la autoridad del padre, cuando estaba soltera, y a la del marido, si estaba casada. Sólo cuando enviudaba tenía autonomía para decidir y administrar el patrimonio familiar. La mujer judía tuvo protagonismo social y familiar. Aunque su opinión era tenida en cuenta, la decisión última era del varón, incluso para el matrimonio. El padre y los hermanos les buscaban un buen partido para que no le faltase de nada y administrara correctamente la dote que la familia de ella daba al futuro esposo. Por entonces, no se consideraban punibles las heridas y los golpes infligidos por el marido a su mujer judía (lo mismo que los del padre al hijo menor de edad), ya que el ordenamiento jurídico hebreo presuponía que el castigo tenía como finalidad la corrección y enmienda.

El repudio también es una evidencia de esa situación. Nada tiene que ver con el divorcio actual.

El derecho judío medieval contemplaba el divorcio, práctica que proviene desde los tiempos bíblicos. El marido podía repudiar a su mujer cuando encontraba algo torpe en ella o ciertos defectos físicos. En la Edad Media, los rabinos no eran muy partidarios de conceder el divorcio a las mujeres que lo solicitaban. En el caso de ser concedido cuando el marido era impotente, se negaba a mantenerla o por malos tratos, los propios rabinos forzaban al marido para que escribiera el acta de divorcio conyugal. Sin el acta de repudio, la mujer no podía casarse otra vez. El marido aprovechaba la decisión de la mujer para no pagarle la dote. La separación se formalizaba con un documento llamado 'guet'. La ley judía también establecía que, una vez que la mujer recibía la carta de libelo repudio, tenía que esperar tres meses antes de desposarse con otro hombre para comprobarse que no estaba embarazada de su marido.

En cierta medida, también, sufrieron una doble discriminación, la de su propia cultura, primero y la de las leyes cristianas, aunque parece que más en Castilla que en Aragón.

En efecto, los sínodos diocesanos y provinciales aragoneses obligaron a la mujer judía a llevara un distintivo diferenciador, llamado rota, en la frente, cosida en la toca que cubría sus cabezas. La rota era una tela redonda, mitad roja, mitad amarilla.También prohibieron que las judías sirvieran de mozas en casa de cristianos y viceversa. Tanto en Castilla como en Aragón, las Cortes, influidas por la presión de la Iglesia, aprobaron que las judías no podían vestir con telas caras, sino con indumentarias sencillas. Tampoco podían llevar abalorios de oro, plata y piedras preciosas, pieles de calidad y zapatos dorados. El objetivo era segregar por el vestido y no causar recelo entre los cristianos.

Interior de la sinagoga de Híjar.
Interior de la sinagoga de Híjar.
Laura Uranga

Documenta incluso algún caso de acoso sexual.

Los jueces de la aljama judía de Alzira (Valencia) expusieron al sabio rabino que Alyohar (esposa del rabí Jacob ben Yosef), se quejó ante ellos de que rabí Isaac Kohen la cortejaba, proponiéndole subir a su casa y pedirle besos. Ella se negó a tales propósitos, siendo insultada por su propio marido. Isaac Kohen negó los hechos diciendo que era persona ilustrada y fiel cumplidor de las tradiciones judías. Al preguntar los 'berurim' a Alyohar por qué no había acudido antes a denunciar lo ocurrido, ésta respondió que temía la ira de su esposo y un lance sangriento. La misma Alyohar recordó también a los jueces aljamiales que fueron ellos los que ya advirtieron anteriormente a rabí Isaac para que no hiciese seguimientos a la esposa de Semuel Piniell. El acusado dijo que tal cuestión se dirimió seis años antes, y que no se llegó aprobar. Un testigo de Alyohar llamado Semuel ben el-Royah, dijo que él solo sabía lo sucedido por lo que le había contado la propia Alyohar. Vista la poca consistencia de los argumentos contra rabí Isaac, los rabinos aconsejaron no dar crédito a esta última acusación. También prohibieron a Isaac que hablara con Alyohar y que no viviera en su barrio, bajo pena de excomunión.

Usted defiende que, con todo, la mujer tenía un importante papel doméstico, en cuanto a la educación de los hijos.

En la Edad Media, las niñas no sabían leer porque no iban a la escuela, al contrario que lo varones, que su escolarización era obligatoria y gratuita. Su misión principal en la vida era el servicio al marido, a la familia y la procreación. Su aprendizaje se circunscribía al hogar y a los consejos que les daba la madre, su verdadera educadora. Ella le enseñaba las leyes de pureza femenina, como ser una buena esposa y educar a los hijos. La sola realización de las labores del hogar y el cuidado de su vida íntima ya implicaba un alto conocimiento de la Ley judía y de las prescripciones rituales: la menstruación, las relaciones sexuales, el parto, los baños rituales, la luz de las velas del shabat, entre otras.

Incluso la sitúa en algunos casos de arbitraje.

A finales del siglo XIV los judíos obtuvieron el privilegio real de gozar de los fueros de Aragón, junto con su ordenamiento jurídico propio. Entre los derechos que le otorgaba el fuero estaba el de de resolver conflictos y diferencias entre personas mediante un árbitro o laudo, antes de que el tema llegara a los tribunales. En la documentación notarial nunca aparecen mujeres judías desempeñando el arbitraje. No se dudaba de su capacidad, pero el hecho de que estuvieran relegadas al varón, las hacía poco fiables para realizar este cometido. Sin embargo, sí que podían elegir árbitros para solucionar sus conflictos familiares o con terceros. Todos los arbitrajes que conocemos de judíos y judías están registrados por notarios cristianos.

El libro está lleno de detalles sorprendentes, al menos para los no especialistas: cuando una mujer fallecía sin descendencia, el hermano de su marido tenía derecho a casarse con ella.

En efecto, se llama levirato y es una institución familiar de tiempos bíblicos que aun estaba vigente en la Edad Media. Cuando el esposo moría sin descendencia, la mujer viuda no se casaba con un extraño, sino que su cuñado la debía tomar por mujer para darle descendencia. El hijo que naciera de esta unión llevaría el nombre del hermano muerto, para que su nombre no desapareciera y se considerara hijo del difunto. Si el cuñado estaba casado también podía darle descendencia, pero lo habitual era que renunciara a este derecho. Un ejemplo de levirato lo encontramos cuando rabí Samuel ben Almosnino, judío de Jaca, preguntó a un sabio rabino sobre el caso de un judío que tuvo tres hijos antes de fallecer, dejando sus bienes en herencia a ellos. Posteriormente falleció el primogénito, dejando viuda sin hijos, por lo que el cuñado de ésta (el segundo en edad que vivía) cumplió el voto levirático y se casó con ella.

Había, también, mujeres curanderas. 

Por los procesos de Inquisición sabemos que, durante el siglo XV, el mundo de la superstición estaba muy implantado en todas las capas sociales de las tres comunidades sociorreligiosas existentes: judíos, musulmanes y cristianos. La superstición alimentó la sanación por métodos de curandería. Aunque también la ejercieron los hombres, la curandería estuvo muy ligada a la figura de la mujer judía y musulmana. Aparte de sus métodos y del aspecto mágico de su ciencia, las curanderas, llamadas también brujas por la Inquisición, trataban cualquier dolencia relacionada con el mundo doméstico, sobre todo en el campo de la ginecología, ya que existía la creencia generalizada, tanto entre los cristianos como en judíos y musulmanes, de que el varón debía evitar examinar las partes íntimas de la mujer. Además contribuyó a ello el sentido del pudor femenino, tan extendido en aquella época. Se documentan judías haciendo limpiezas para eliminar mal de ojo, para proteger de la mala suerte, sanar a personas y animales con oraciones religiosas y métodos naturales a base de alimentos, cataplasmas, sangrías...

Usted ha tenido un papel clave en que la cultura judía sea materia lectiva en Aragón. ¿No se puede entender lo que somos sin estudiarla?

Desde hace años vengo reivindicando que el pasado y legado judío se estudie en la materia de Historia de España. La Consejería de Educación del Gobierno de Aragón me encargó, junto a Javier González Ruiz, elaborar unas unidades didácticas para el alumnado de 2º de ESO y 2º de Bachillerato. El curso pasado se envió una instrucción a todos los Institutos de Aragón para que los Departamentos de Historia las impartieran este curso. Antes de que acabe la legislatura se incluirán en el curriculum escolar y su enseñanza será obligatoria. Los libros de texto la incluirán en su temario y programación. Ahora estoy impartiendo un curso de formación a profesores de todo Aragón, organizado por la propia Consejería de Educación, para dar a conocer la historia de los judíos en Aragón y Sefarad con el fin de que puedan impartir mejor esta materia en el aula.

Su próximo libro va a ser una 'Guía de la Zaragoza judía'. ¿Es importante el legado judío en la capital aragonesa?

La judería de Zaragoza fue la más importante de toda la Corona de Aragón. Gracias a la documentación que ha sobrevivido hoy conocemos perfectamente como era su ámbito urbano, con sus murallas interiores y exteriores, así como el emplazamiento de sus puertas, calles, barrios, sinagogas, edificios públicos, los baños. Y tenemos el testimonio de la historia judía de la ciudad en los tímpanos de las ventanas del palacio de Morlanes. La guía que he elaborado ha sido diseñada por el Ayuntamiento de Zaragoza. Espero que a lo largo de este año salga a la luz. Servirá para dar a conocer el pasado judío.

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