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Corita Viamonte: "Ir a cantar a la URSS en los 70 era una aventura soñada"

La cantante y actriz zaragozana celebra una doble efemérides: su debut en el Teatro Principal a los tres años, hace 70, y su viaje soviético en 1972

Corita Viamonte recupera recuerdos de su niñez y de su viaje a la URSS.
Corita Viamonte recupera recuerdos de su niñez y de su viaje a la URSS.
Toni Galán.

“La vida da para todo. A veces al mirar atrás descubres cosas que ahora pueden parecer increíbles o insólitas. Debuté con tres años en el Teatro Principal y han pasado 70 años. Y a la vez se cumplen 50 años de mi viaje a la URSS”, dice Corita Viamonte López (Zaragoza, 1949), y lo dice como si hablase de un cuento o de la leyenda del tiempo.

¿Con tres años? ¿Y qué hizo?

Cantar un fragmento de la romanza de ‘La tabernera del puerto’. Los versos iniciales y el picadito final. No sabía más. En realidad, no fue la primera vez que actué en un teatro.

¿Ah, no?

No. Lo hice antes en el Teatro Fuenclara con un año y medio. Mis padres, Cora López, pianista, maestra de canto y tiple de zarzuela, y José Viamonte, barítono y regidor de teatro, estaban cantando. Mi abuela me había dejado en el camerino, yo los oía y me escapé para ir con ellos. Y entré gateando. Recibí un aplauso inmenso.

Imagino que ese será un recuerdo inventado. O contado por otros. ¿Se acuerda de lo que pasó en el Principal?

Perfectamente. Era junio de 1952 y hacía mucho calor. Recuerdo que mi abuela me había hecho una chaquetita de Angora, muy elegante. Debajo llevaba un vestido blanco de organdí, que estaba de moda, zapatos y calcetines blancos. Cuando entre a cantar, sudaba, me asfixiaba, y ni corta ni perezosa me quité la chaqueta.

¿Cómo eran aquellos conciertos?

Los organizaba mi madre desde Los Amigos de las Artes. Y, además, tenía una compañía de zarzuela con mi padre. Mi padre hacía de regidor teatral y actuábamos muchos niños. Entre ellos, quizá no ese año, pero sí al siguiente, Víctor Ullate, Lita Claver ‘La Maña’ y Fernando Esteso, que también empezó muy pronto. Víctor bailaba flamenco y cantaba; Lita bailaba de maravilla y Fernando Esteso lo hacía todo: cantaba jotas, bailaba, y además tocaba el acordeón y el saxofón.

¿Eran habituales ese tipo de conciertos?

Sí, sí. Los domingos por la mañana o a primera hora de la tarde. Se cantaba, se bailaba y se contaban y se representaban cuentos. Y además de mi madre, teníamos dos profesoras más: Anita Monzón, de canto, y Elisa Navarro, que nos enseñaba el baile. Y también íbamos a los pueblos. Recuerdo que en el Principal el cuplé ‘Doña Mariquita’ que popularizara Raquel Meller en la versión sonora de ‘Violetas imperiales’. Poco después, en aquellos programas de Franz Johan, vi cantar ‘La violetera’ a una señora mayor, enlutada, con zapatillas. Mi madre me dijo que era Raquel Meller. Murió poco después. Incorporé ese cuplé en mi repertorio y lo canté en 1962 en el Principal, que fue cuando más o menos dejé de participar en aquellos festivales.

¿Cómo fue evolucionando?

Me gustaba mucho la música, y no solo cantar. Mi madre nunca me tocó la voz, me dejó ir a mi aire, y aprendí a tocar la batería. Ella fundó con cuatro músicos más y conmigo una pequeña orquesta y tocábamos mucho en Navarra y La Rioja. Y un día, por casualidad, pasó algo curioso.

¿A qué se refiere?

Con la orquesta íbamos a muchos pueblos y solíamos ir a Caspe a tocar las fiestas de agosto. El alcalde de entonces, de principios de los 70, me dijo que habían contratado a la gran orquesta Maravella, que había hablado con su director Luis Ferrer y que estaría encantado de que cantase algunos temas con ellos. “Te has vuelto loco? Si no hemos preparado nada”, le dijo.

¿Qué sucedió?

El director me dijo que no me preocupase. Elegimos algunos temas que conocían bien y que yo cantaba y probamos. Mi forma de cantar le desconcertó un poco, pero mi forma de moverle le encantó. Y esa misma noche, en Caspe, me dijo que si me quería ir con ellos a la URSS. Ni me lo pensé…

¿No lo dudó? La URSS aún imponía respeto.

Desde luego, pero yo había conocido a un cantante español, Míchel, que me dijo: “Tu manera de cantar les gustará mucho a los rusos”. Él hizo allí su carrera, se volvió ruso, y recordé sus palabras.

Corita en Moscú en 1972, en un día de nieve.
Corita en Moscú en 1972, en un día de nieve.
Archivo Corita Viamonte.

El azar nunca duerme.

Ja, ja, ja. Y allí nos fuimos en 1972 y también 1973. Dos años. Ir a la URSS entonces era una tentación. Solo habían estado Sara Montiel, Raphael, un mes antes, y yo fue la tercera cantante española en ir. Estuvimos no sé si un par de meses o tres. Llevábamos un pasaporte y nos lo iban renovando. Recorrimos todo el país: Moscú, San Petersburgo, Minsk, Tiblisi, Riga, Odessa, Minsk, Kiev… Imagínese: ir a cantar a la URSS era una aventura soñada. Eso fue más importante para mí que el dinero. A los rusos les encantaba la música española…

¿Qué llevaba en su repertorio?

Canciones como ‘La violetera’, ‘Los gitanos’, baladas, podía bailar una jota de la Dolores, y ellos eran entendidos (algunos habían aprendido en Zaragoza con Isabel Zapata, nada menos), ‘Noches de Moscú’, copla española o un tema como ‘Esa sera mi casa’.

¿La canción que popularizó Nino Bravo?

Sí. Es una canción del músico aragonés Álvaro Sebastián, al que yo siempre le hacía la primera versión de sus canciones. Esa, por ejemplo, la estrené en el Casino Mercantil. O su pasodoble ‘Los amantes de Teruel’, con letras de José María Ferrer, ‘Gustavo Adolfo’.

¿Cuál es su balance de los dos viajes?

Excepcional. Me acuerdo del hondo respeto, del silencio y de los aplausos. Era increíble. Y en cada concierto te dejaban cuatro o cinco o seis ramos de flores. Era impresionante. Le gustaba mucho oír ‘La violetera’: se la habían oído a Sara Montiel y la habían interiorizado. Me dejaron cantar con los coros del Ejército. Eran grandes enamorados dela jota. Eso sí, luego te vigilaban muy de cerca. Te pagaba en rublos y en dólares. Las cartas te llegaban con 20 días de retraso, y te las entregaban abiertas y siempre sin sellos; para concertar una llamada telefónica tardaban tres o cuatro días. Si hubieras querido salir a alternar con alguien no hubieras podido.

¿No irá a decirnos que hubo una pasión rusa?

Algo hubo. Había un señor muy atento, que había estado en España, Alexander Gurianov, también era campeón de patinaje, que fue muy cariñoso y salado, que yo parecía gustarle, pero no se me pasó ni por la cabeza. Un músico de la orquesta Maravella se enamoró de una rusa y aquel fue un desastre para él y para ella.

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