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LIBROS Y NATURALEZA. OCIO Y CULTURA

Un libro coral reflexiona sobre el espíritu, el trabajo y el legado cultural de la alta montaña

Pirineum publica ‘Paisajes. La patria emocional. El siglo XX en el Pirineo aragonés’ con 267 fotos. Sergio Sánchez coordina a diez grandes expertos

Cascada de Cotatuero desde Pelay.
Montañeros en la Cascada de Cotatuero desde Pelay.
Antonio Lacoma/Archivo DPH.

ZARAGOZA. «El paisaje es el primer refugio, después de la madre, la primera patria. Lo demás, entiendo, es la superestructura cultural que se construye sobre ellos: lengua, religión o costumbre. Cuando los montañeses se iban al servicio militar se acordaban de su novia, pero más, si cabe, de su montaña o de su río. Y eso pienso que nos pasa a todos», dice el escritor y editor Sergio Sánchez, que acaba de publicar y coordinar, en su sello Pirineum, el libro coral ‘Paisajes. La patria emocional. El siglo XX en el Pirineo aragonés’, con diseño y maquetación de Víctor Gomollón.

Insiste Sánchez: «Tu paisaje te hace especial, te hace tú, pero ese es un yo que no es excluyente. Si alguien viene y admira tu paisaje y lo siente como propio lo aceptas inmediatamente, aunque no lo diga en tu lengua». Eso, en el fondo, ha sucedido desde el siglo XVIII hasta nuestros días: el Pirineo ha generado aventuras y aventureros, expediciones, libros, arte e incluso óperas.  «Con el libro buscaba una reflexión sobre el concepto de paisaje como legado del pasado, como idea cultural distinta de la naturaleza. Buscaba huir de esa distopía fácil de la ‘arcadia feliz’ que habla de una situación idílica del entorno que no existió. Hoy en día hablar de naturaleza y cambio climático puede producir cierto hastío. Pero si dirigimos la mirada al paisaje encontramos conceptos nuevos que defender».

"Cuando los montañeses se iban al servicio militar se acordaban de su novia, pero más, si cabe, de su montaña o de su río. Y eso pienso que nos pasa a todos. El paisaje es el primer refugio, después de la madre, la primera patria", dice Sergio Sánchez

En el volumen, al menos de partida, se intentan combatir los tópicos, entre ellos los de naturaleza exuberante o majestuosa. «Si vemos el Pirineo solo como naturaleza exuberante vemos la postal exclusivamente. Para entender el paisaje hay que comprender el legado ancestral de la ganadería y la agricultura de montaña. Solo hay pastos si hay ganado. Sin él, el pasto se pierde y se llena de árboles. Desde el punto de vista del ecosistema puede que perdamos poco (aunque no tan poco), pero desde el concepto de paisaje lo perdemos casi todo. No existe el paisaje de San Juan de la Peña sin los monasterios, ni existe el paisaje de alta montaña sin ibones represados o centrales hidroeléctricas que aprovechan gigantescos tubos forzados que ya forman parte de nuestra historia y de nuestra cultura. Por eso, el paisaje ayuda a tener una mirada más profunda y a la vez más orgullosa de nuestro pasado reciente», apostilla.

Sergio Sánchez, curtido ya en el estudio y las monografías de los Pirineos, entendió que el cuidado libro necesitaba de múltiples puntos de vista, «teniendo en cuenta que el paisaje lo hace el sujeto con su mirada, que por sí solo no existe. Los fotógrafos –y anteriormente los pintores– fueron los descubridores del paisaje. Nos mostraron sitios a los que luego quisimos ir».

Por eso en el volumen colaboran licenciados en bellas artes, doctores en ornitología o en geología… Y, por supuesto, fotógrafos con 267 instantáneas. «El paisaje es un concepto que surge con el Romanticismo y se desarrolla fundamentalmente con la fotografía, a partir sobre todo del siglo XIX. Eduardo Marco Miranda escribe que los primeros fotógrafos ‘inventaron’ el paisaje».

Trilla en Noves.
Trilla en Noves, 1946.
Joaquín Gil Marraco/Fototeca DPH.

‘Paisajes. La patria emocional’ ofrece una amplia selección de fotografías y fotógrafos, de los pirineístas pioneros y de otros. Entre los textos y análisis hay historias conmovedoras. Sergio Sánchez rescata algunas: «Una de las más sorprendentes Quizás sea la historia que cuenta en el libro César Pedrocchi, que pasó casi dos años (1970-1972) viviendo en San Juan de la Peña -normalmente, en tienda de campaña- para hacer su tesis doctoral sobre las aves de San Juan de la Peña. Allí un día, un veraneante de la hospedería de la CAZAR estaba en el Balcón del Pirineo, donde ya había estado el año anterior, y decía que ya estaba harto, que aquel paisaje "visto un día, visto para siempre". Poco después, estaba con Juan, el guarda y guía de los monasterios, que había nacido allí y había salido muy pocas veces de aquel monte. Estando juntos un atardecer en la pradera, Juan le dijo al joven ornitólogo cuando el sol se ponía: "Mira, qué belleza". Él, que había visto esa escena miles de veces. Por eso se pregunta César: "Los paisajes, ¿se ven o se sienten?". Para aquel empleado de banca no, pero para Juan esa pradera era su patria».

La historia de los Pirineos está sembrada de anécdotas y de sociología. Sergio Sánchez evoca otra: «La historia de tantos sitios (la Garcipollera, la Guarguera…) en la década de los años 60, cuando Patrimonio Forestal del Estado desalojó a sus habitantes con unas indemnizaciones míseras, plantó todo de pinos y después hizo la pista que unió todos aquellos pueblos y que si la hubieran hecho antes, quizás no se hubieran visto obligados a vender. Esta parte la cuenta Carlos Tarazona. Muchos pueblos hubieran quedado deshabitados igualmente, pero otros no. Y hoy el paisaje no sería ese pinar que nunca acabó de crecer y que cualquier día será pasto de las llamas. Habría bosque aquí y allí, pero natural; y habría terrenos aún cultivables y opción a la vida. Los pinares de repoblación y los grandes embalses -no las centrales hidroeléctricas- nos recuerdan épocas en las que se atentó contra nuestro paisaje y por lo tanto, contra nuestra cultura. Sin embargo, las centrales -Seira, Santaliestra, Ip- fueron obras de ingeniería que respetaron y aumentaron la fuerza evocadora del paisaje. No lo arrasaron, como en los otros dos ejemplos, sino que le aportaron una capa de su historia, una época de avances y construcciones épicas», explica.

«El paisaje es un concepto que surge con el Romanticismo y se desarrolla fundamentalmente con la fotografía, a partir sobre todo del siglo XIX. Eduardo Marco Miranda escribe que los primeros fotógrafos ‘inventaron’ el paisaje»

El coordinador de este libro -donde se habla de paisajismo, de fotografía, de cultura, de glaciares o de electricidad- rescata otra percepción: «Me impresiona también un relato del libro de Severino Pallaruelo: ‘Lo que come un horno’. Allí describe lo que eran capaces de deforestar los pueblos antes de la llegada de la electricidad o el gasoil. En las fotos de primeros del siglo XX no se ve un árbol en el entorno -amplísimo- de los pueblos. El paisaje ha cambiado radicalmente. ¿Para mejor? Pues sí y no. Bien está que haya más árboles, pero si hay demasiados y demasiado juntos…», concluye Sergio Sánchez.

LA FICHA

‘Paisajes. La patria emocional. El siglo XX en el Pirineo aragonés'. Coordinación:Sergio Sánchez. Autores:Esteban Anía, Ánchel Belmonte, María Pilar Biel, Ramón Lasaosa, Eduardo Marco Miranda, Eduardo Martínez de Pisón, Severino Pallaruelo, César Pedrocchi, Alberto Sabio y Carlos Tarazona. Pirineum: Almanaque de los Pirineos. Jaca, 2021. 253 páginas.

Temas. Aborda aspectos muy distintos como paisajismo, pantanos, industria y electricidad, y lugares específicos como San Juan de la Peña.

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