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Gabriel Sopeña: "Hay que celebrar cada día, cada segundo de estar vivos"

El cantautor del barrio de Casablanca ofrece este miércoles (19.30) el último concierto del año en el Auditorio de Zaragoza, en la sala Luis Galve. Celebrará sus 40 años de carrera.

Gabriel Sopeña, en la calle Mauricio Aznar, en el barrio zaragozano de Casablanca.
Gabriel Sopeña, en la calle Mauricio Aznar, en el barrio zaragozano de Casablanca.
Toni Galán

¿Qué supone poder despedir el año sobre un escenario, en el Auditorio de Zaragoza?

Tocar en casa con mis músicos es siempre un privilegio; y hacerlo al final del año me produce una sensación sumamente confortable. Además, la sala Luis Galve me trae grandes recuerdos de muchos recitales pasados, con buenos amigos y grandes canciones.

¿Qué balance hace de este 2021, que debía ser el del regreso a la normalidad, pero que se ha quedado a medio camino?

Creo que todos vamos a salir muy fortalecidos de este combate. El 2021 ha servido para conocer mucho mejor al virus enemigo, pero ha supuesto también un gran ejercicio de autoconocimiento para la mayoría de la sociedad. Sospecho –aunque es solo una opinión– que caminamos con firmeza hacia tiempos más sólidos, donde se recupere el espacio de las cosas que importan realmente, frente a las vacías cosméticas que imponen estos tiempos líquidos.

Uno de los grandes momentos de este año fue su aparición en el concierto de Loquillo en el Príncipe Felipe –el primero sin restricciones– para interpretar ‘Brillar y brillar’ y ‘No volveré a ser joven’. Ambos han sido grandes aliados en estos dos años de pandemia, con la gira ‘La vida por delante’. 

Fue una auténtica liberación ver el Príncipe Felipe lleno de personas recuperando su vida, como lo ha venido haciendo el ser humano desde siempre: con canciones. Y, en el mismo sentido, tocar una semana después en el Wizink de Madrid, con 15.000 personas abarrotando el recinto, fue una comunión que solo entendía de fraternidad y de ganas de ser feliz de nuestra sociedad. En cuanto a la gira, fue durísima: en medio de lo peor de la pandemia y de la espantosa decepción que supuso la incalificable actitud del Gobierno de Madrid frente a la cultura. Sin embargo, tuve la ocasión de comprobar sobre el terreno el músculo espiritual del país: todo entrega, corazón y fe. Ha sido una de las experiencias más enriquecedoras que he tenido en muchos años.

Loquillo dijo de usted en HERALDO: «Le quiero, es mi refugio bajo la tormenta. No sabéis lo que tenéis en Aragón con él». ¿Cómo encaja uno semejante declaración de amor?

Correspondiéndola totalmente, solo hasta el primer punto y seguido.

¿Qué planes tiene para su nuevo disco, ‘Desiertos’, teniendo en cuenta el incierto panorama en el que nos hallamos?

Actualmente, grabar un disco y editarlo es casi una declaración solemne. Es un hecho físico en unos tiempos virtuales; y, para los artistas realmente vocacionales, un acto de poderío. Por tal motivo, no me importa esperar en absoluto a que mejoren las condiciones.

¿Sonarán algunas de las nuevas canciones en la sala Luis Galve?

Sí. Deseo estrenar al menos una: solo yo con mi guitarra.

El principal ‘leit motiv’ del concierto es comenzar a celebrar sus 40 años de carrera musical. ¿Abruma la cifra por todo lo vivido?

La cifra aconseja, más que abrumar. Si algo me ha enseñado estar ingresado en un hospital con una neumonía bilateral –y tantos compatriotas muertos en esta pandemia atroz–, es que hay que celebrar cada día, cada segundo de estar vivos y dejarse de remilgos y de problemas imaginarios. No sé si llegaré a los 50 años como compositor e intérprete. Es aconsejable celebrar los 40, con fe, alegría y salud.

¿Qué capítulos han sido los más soleados y queridos de esta trayectoria?

Todos, sin excepción. Fueron luminosos los inicios, pero en la actualidad disfruto plena y conscientemente de cada momento de esta profesión.

¿Qué sinsabores se ha llevado de la música?

De la música, ninguno: jamás. De la industria musical, todos: siempre y sin excepción. Lo peor, sin duda, es que se haya convertido en mercancía un valor del alma, como lo es la canción popular; y la dictadura de un gusto uniformado, impuesta a golpe de radiofórmula, televisión y talonario.

¿Cómo ha vivido la evolución del negocio discográfico-musical?

Con respecto al negocio, no hay caso y no me extenderé: a la industria musical en España la define la más bruta simplicidad, a causa de su falta de preparación y su voracidad. Pero, si hablamos del oficio, del trayecto, la verdad es que he realizado un viaje apasionante del que doy gracias de corazón: desde la cinta de casete a la plataforma digital, desde los amplificadores autofabricados a las librerías digitales. Valoro muchísimo el encanto de los viejos tiempos, el afán de búsqueda, el genio de tantos grandes con los que he podido trabajar, la canción como alimento espiritual; pero actualmente, cualquier joven con verdadero talento – y hay que celebrar la excelente cantera musical y literaria española, empezando por la aragonesa- tiene acceso sencillo a los medios que pueden dar a conocer su trabajo. En ese sentido, cualquier tiempo pasado fue peor.

Ha transitado tanto por las principales y más exitosas autopistas como por las carreteras secundarias, y en ambas te ha guiado la pasión. ¿Cuál es el secreto para que esa llama no se apague jamás?

La fe en el ser humano, en la hermosura de vivir. Y mi convicción profunda en un humanismo pleno y enriquecedor, capaz de combatir las ideas simples y los viejos errores.

La figura de Mauricio Aznar fue esencial en sus primeros pasos y hasta su muerte. Si cierra los ojos, ¿qué recuerda de él?

Lo recuerdo con los ojos bien abiertos y con absoluta devoción. Su genio total, su gallardía y su ternura caminan junto a mí a cada segundo. Mauricio Aznar es el cantor de mayor repercusión y calado que ha dado Aragón.

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