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HOY DOMINGO. OCIO Y CULTURA

Memorial del año 2021 en el que casi volvemos a ser felices

El año que se va arrastraba la maldición de la pandemia, y pareció que iba a ser un período de recuperación de la normalidad y de la alegría

Contra los desmanes de Filomena, imaginación: un joven improvisa una pista de nieve a orillas del Ebro y el puente de Santiago.
Contra los desmanes de Filomena, imaginación: un joven improvisa una pista de nieve a orillas del Ebro y el puente de Santiago.
José Miguel Marco.

El año que se va empezó con los desmanes de Filomena, que tanto inspiró a los poetas, y acaba con una riada impresionante. En estos feroces tiempos donde se habla tanto del cambio climático y de la necesidad de proteger el planeta con pequeños gestos, inadvertidos como el aleteo de los pájaros y el metaverso, la naturaleza sigue a su ritmo: libre y sin piedad. Filomena dio mucho que hablar y generó, como los cuentos al calor de la lumbre, aventuras, personajes, secuencias, miedos arcaicos y a la vez esa fascinación telúrica que produce la nieve. Tan navideña, tan íntima, tan dispuesta a convertirse en el cuaderno de una quimera. La nieve nos transporta a una región sin fronteras, acotada tan solo por el derroche de nuestra imaginación. A mal tiempo, buena cara. Ante el desastre, alegría y desafuero, como vemos con esos esquiadores. 

Vayamos un poco más allá: las dificultades se burlan con determinación. Por eso, cuando Filomena inventó un nuevo escenario, un sigiloso paisaje de blancura glacial, algunos en Teruel, Huesca y Zaragoza sacaron sus esquíes y aquí se dejaron ir a orillas del Ebro, por el puente de Santiago y parques y jardines, como si el azar los obsequiase con unas vacaciones de invierno. El aragonés es pugnaz, ingenioso y utópico.

La palabra de 2021, o una de ellas, fueron las derivadas de la peste que se prolonga más de la cuenta: la covid, el coronavirus, la pandemia, y todo ese campo semántico. Y ahora, como un nuevo intruso, ha aparecido otro vocablo: ómicron. Una adherencia nueva al temor de las almas. Y frente a ella, también se alza el término de la polémica, que estuvo a punto de partir al país en dos, si no lo hizo de veras: vacuna. Una palabra con dos siglos a sus espaldas que encierra un anhelo de sanación definitiva.

La covid ha agitado conciencias, ha despertado sentimientos y ha creado estados de ánimo perniciosos, al borde de la enfermedad mental o del desarraigo. Nos ha puesto ante el espejo de la vulnerabilidad y nos ha recordado que el ser humano puede desplomarse de súbito como un árbol azotado por el vendaval. O por algo no tan poderoso en apariencia: un fantasma invisible, ominoso, que carece de compasión. La covid, en 2020 y en 2021, nos ha dejado a la intemperie más absoluta: somos frágiles, estamos en peligro, y somos solidarios y corajinosos. Por ello, en medio del desastre, hemos resistido porque sabemos que, más allá de otros reinos del sentir, esta es la existencia incuestionable que tenemos, el paisaje, la memoria, la pasión, el estímulo para deslizarnos en los esquíes y asomarnos a la ventana de la imaginación.

Han pasado muchas cosas en 2021. Arturo Aliaga se hizo fuerte ante el acoso de quienes más debían haberlo protegido en la batalla doméstica del PAR. Goya, tan desafiante con los poderes públicos, ha sido honrado por todos: es el visionario atormentado, crítico e intemporal del que aprendemos cada día. Pradilla, al fin, retornó a Aragón y a su pueblo como un hijo pródigo, ebrio de talento. Se recordó a Félix de Azara, el explorador y naturalista; a Joaquín Costa y Lucas Mallada, los polígrafos regeneracionistas; al poeta Miguel Labordeta, explorador del yo y el cosmos; y Sender también fue celebrado. Y el Justicia de Aragón, Juan de Lanuza ‘El Mozo’, ha ensanchado la dimensión literaria y científica de su leyenda. Todo ello, dentro del capítulo de los muertos.

Los vivos han hecho mucha cosas: Teresa Perales, emulando a Laín Entralgo, Pablo Serrano y Pilar Lorengar, logró el Princesa de Asturias. Irene Vallejo, esa Scherezade de fábulas con erudición, se ha hecho famosa en todo el planeta y pronunció quizá el más hermoso discurso del premio Aragón. Pilar Palomero enamoró con su voz adolescente en ‘Las niñas’. Nos dejaron, entre otros, creadores muy nuestros: los músicos Javier Maestro y García Abril; los poetas José Verón Gormaz y Fernando Ferreró; el pintor Vicente Villarrocha, el médico López Zubero... Ya de paso, Scorpio 1971 celebró su primer medio siglo de atletas que desafían la lluvia, el viento, el cierzo, el barro o la nieve. Todos ellos, de modos distintos, nos dejaron su mejor lección: «No hay que dejar de vivir».

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