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crítica de música

Entre el amor y la muerte

Por
  • Francisco Javier Aguirre
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 14/12/2021 A LAS 19:53
Javier Perianes
Javier Perianes
Daniel Garcia Bruno

Fue Enrique Granados quien inspiró la última sesión del XXIV ciclo de grandes solistas ‘Pilar Bayona’ que, anteayer, ofreció Javier Perianes, bien conocido en nuestro foro, bajo el título general de ‘El amor y la muerte’ porque esa es una de las obras que forman parte de sus ‘Goyescas’, y en este 275 aniversario del nacimiento del gran pintor aragonés la referencia al personaje siempre es oportuna.

Pero antes, Perianes recurrió a Beethoven con la ‘Sonata nº 12, en La bemol mayor, Op. 26’ para introducir de manera delicada, pulsando el teclado como con precaución, las pautas que regirían en el resto de la sesión, que tratando de la muerte no podía esquivar la ‘Sonata nº 2, en Si bemol menor, Op. 35’, de Chopin, cuyo tercer movimiento es la famosísima ‘Marcha fúnebre’, aunque ya Beethoven en su sonata dedica también el tercer movimiento a la muerte del Héroe. Perianes la desarrolló con la mencionada delicadeza, como con sigilo, utilizando modulaciones sugerentes, evitando cualquier ampulosidad, en una atinada expresión del sentimiento doloroso.

JAVIER PERIANES ****
Músico:Javier Perianes, piano.
Programa:El amor y la muerte’. Obras de Beethoven, Chopin, Granados, Liszt y Wagner/Liszt.

En ‘El amor y la muerte’, el episodio de las ‘Goyescas’, de Granados, Perianes consiguió una sonoridad notablemente más enérgica y emotiva que en Beethoven y Chopin. En los ‘Funerales’ de Liszt también aplicó el pianista efectos sonoros más amplios, dramáticos y envolventes, hasta concluir con un acorde seco, cortante, como de muerte súbita.

El recurso final para completar la propuesta fue volver de nuevo al músico húngaro y a su versión del ‘Liebestod’ wagneriano, una conclusión esperanzadora al plasmar en el teclado las armonías con las que de manera orquestal expresó el genio alemán la transfiguración de Isolda tras la muerte de Tristán. Hubo dos propinas: una romántica, con un ‘Nocturno’ de Chopin, y otra dramática, correspondiente al ‘Amor brujo’ de Falla.

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