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música

José Luis Perales se despide de Aragón con una clase magistral en un Auditorio emocionado

El conquense luce su privilegiado repertorio en su último concierto en tierras aragonesas. No faltaron sus clásicos.

En unos tiempos en los que las palabras leyenda o genio están gastadas de tanto usarlas en vano, cuando realmente comparece un talento tan inabarcable como el de José Luis Perales, el mundo se para durante casi dos horas y solo cabe la admiración y la gratitud. Y con mayor intensidad si cabe al tratarse de su gira de despedida de los escenarios, de su último recital en Aragón, la postrera caricia en vivo de un compositor en eterna flor compositiva.

Las diferentes y seguidas ovaciones que le dispensaron este miércoles los asistentes que abarrotaron la sala Mozart del Auditorio de Zaragoza, todos puestos en pie, son el premio justo a una carrera de cinco décadas de excelencia, en las que el conquense ha logrado el mayor de los éxitos, que sus canciones ya no sean suyas, sino del pueblo. No cabe mayor elogio. Hasta los más de 55 millones de álbumes vendidos o los 100 discos de oro recibidos palidecen ante esta conquista.

"Gracias por esta noche. Esta es mi última gira. Me iba haciendo viejo y lo iba aplazando. Agradezco vuestro cariño y fidelidad, pero tengo otras cosas que hacer. Tengo un huerto. Y le quité tanto tiempo a mis hijos con giras en América... me perdí demasiadas cosas. Esta vez no estoy dispuesto a perderme tantas. Tengo a cuatro nietos esperándome", confesó en las postrimerías de la actuación.

Sí, fue una noche especial, única, de confesiones y de enseñanzas del maestro Perales. Una clase magistral de música y de vida. Reveló qué se esconde detrás de muchos de sus himnos, cómo los compuso y qué sentimientos invirtió en ellos.

Respaldado por una competentísima banda de siete integrantes (batería, percusiones, metales, dos guitarras, bajo y teclados), seleccionó 23 tonadas de un repertorio que supera las 500. Clásico tras clásico en la trayectoria sentimental de todos los presentes. Una invocación a estíos pretéritos y a una España (y a una sociedad) que ya no existe, de besos en el cine de verano, de misa de domingo a las 10.00, de curas, de maestros y de pastores.

Nadie como Perales para ejercer de cronista del amor y del desamor. Nadie como Perales para plasmar en palabras los cambiantes estados de las parejas.

Trazó un itinerario imbatible. Recuperó del fondo del placard la primera canción que editó como intérprete, ‘Celos de mi guitarra’. Revisitó los éxitos que regaló a otras voces, como ‘Le llamaban loca’ a Mocedades, ‘Pensando en ti’ a Isabel Pantoja, ‘Frente al espejo’ a Raphael, ‘Por qué te vas’ a Jeanette –agradeció al oscense Carlos Saura que la incluyera en la banda sonora de la película ‘Cría cuervos’– o ‘Que no daría yo’ a Rocío Jurado –esta última la cantó con la sola compañía de su «pobre» guitarra. Fue en este punto donde lanzó su confesión más íntima: "De pequeño, con veintitantos años no quería ser cantante, quería ser escritor de canciones. Pasé muchas horas escribiendo por placer y soñando con que algún cantante importante la cantara".

‘Amada mía’, ‘Ella y él’, ‘Me llamas’, ‘Que canten los niños’... El tiovivo de emociones se empinó definitivamente con unos bises de excepción, el adecuado broche final. ‘Un velero llamado libertad’, ‘¿Y cómo es él?’ y ‘Te quiero’ constituyeron el epílogo a una velada conmovedora.

Gracias y hasta siempre, maestro.

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