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CINE. OCIO Y CULTURA

Fernando Gracia: "Zaragoza es una ciudad importante por sus salas de cine y por su público"

El cinéfilo, que pertenece desde hace un cuarto de siglo a la Tertulia Ramón Perdiguer, publica el libro 'El cine y yo'

Fernando Gracia conversa en el Café de Levante.
Fernando Gracia conversa en el Café de Levante con su amigo Alberto Castejón.
Guillermo Mestre.

Fernando Gracia Guía (Zaragoza, 1947) es uno de los cinéfilos más conocidos de Zaragoza. Pertenece a la Tertulia Ramón Perdiguer, ha ejercido la crítica de cine y es rapsoda. Acaba de publicar un libro de sus impresiones y recuerdos: 'El cine y yo'. Sus padres, salas, primeras películas, directores, guionistas o festivales, todo acude a su pluma y a su memoria.

Da la sensación de que el cine empieza a fascinarle por contagio de sus padres.

Así es. Nuestros padres acostumbraban a llevarnos a mi hermano más pequeño y a mí al cine desde nuestra más tierna infancia. No tenían con quién dejarnos. Así que muchos sábados, tras ir a buscar a papá a la salida de su trabajo en ‘El Noticiero’, donde era mecánico de linotipias, elegíamos una película tolerada en un cine económico y allí que íbamos los cuatro. A veces, fuimos mi padre y yo solos.

¿Cómo eran aquellos cines baratos como el Monumental, el Iris o el Fuenclara?

Eran cines muy modestos, con frecuencia bastante incómodos, y aunque no nos diéramos mucha cuenta, bastante descuidados en algunos casos. En el Monumental, situado en la ahora calle Conde de Aranda, el sonido era bastante malo, las pipas caían desde los pisos superiores hasta el patio de butacas, donde había una o dos filas ‘batidas’ por los proyectiles. En el Iris, enfrente del Teatro Fleta, incluso había manchas en la pantalla y las malas lenguas hablaban de alguna que otra rata circulando. El Fuenclara era modesto, pero al menos se veía y se oía decentemente. Y en todos ellos las butacas eran de madera y para el verano hacía mucho calor. Pero nosotros no nos dábamos cuenta. Ir al cine era una fiesta.

Pero había muchos más cines modestos: Delicias, Frontón, Aragón, Salamanca, Norte… Y no cito todos.

Nos encantaban las películas del oeste, y usted se estrenó con ellas a lo grande. ¿Qué supuso ver ‘Raíces profundas’?

Era una de las primeras veces que me llevaban al cine Salamanca, abierto hacía poco en la calle de Tarragona. La película, aun sin entenderla en profundidad, me encantó, como lo hizo a todos los niños con los que compartí comentarios. Aquel ‘malo’, el gran Jack Palance, con su traje negro, y sobre todo el ver a un niño protagonista, me impactó. Los niños compartíamos con Brando de Wilde la admiración por aquel tipo que no sabíamos de dónde venía ni a dónde se dirigía. Tardé años en saber que ese título, ‘Raíces profundas’, no era sino el que le habían adjudicado en nuestro país. Su original, ‘Shane’ lo honró Carlos Saura, poniéndoselo a uno de sus hijos.

"Tardé años en saber que ese título, ‘Raíces profundas’, no era sino el que le habían adjudicado en nuestro país. Su original, ‘Shane’ lo honró Carlos Saura, poniéndoselo a uno de sus hijos"

¿Cuándo se dio cuenta de que quería convertir el cine en una de sus pasiones , y hacer inventarios, coleccionar programas, seguir el mundo de actores y directores?

Siempre tuve bastante buena memoria, así que ya siendo muy chico me sabía la cartelera completa, ya que todos los días tenía en casa el diario. De ahí pasé a aprenderme el nombre de los protagonistas. Lo de los directores vino mucho más tarde. De forma inconsciente fue atrapándome esa pasión por la pantalla, que me llevó a leer revistas y libros y muy posteriormente a hacerme con copias de películas. Lo de los prospectos nunca fue una gran afición.

Zaragoza es una de las ciudades del cine en España. ¿Cómo le llegó esa idea?

Hasta que viajé algo por España, no tuve consciencia de la calidad de nuestra ciudad como exhibidora de películas. Zaragoza siempre ha sido una ciudad importante en cuanto a salas de cine y asistencia de público, lo que me congratula.

¿Cómo se familiarizó con las tertulias?

Al poco de llegar a Éibar, a donde fui destinado en mi trabajo, un compañero me llevó a una tertulia que se celebraba en la Sociedad Cultural y Recreativa Arrate. Gracias a ella presenté películas seguidas de coloquio con 18 años, y mal que bien aprendí a soltarme ante el público. Ya en Zaragoza, solo he pertenecido y sigo perteneciendo a la Tertulia Perdiguer. Y ya son veinticinco años. Tuve la suerte de cruzarme en mi vida con Ramón Perdiguer, una de las cosas más importantes que me han sucedido no solo como aficionado al cine sino como ser humano. A pesar de la situación actual, seguimos manteniendo la tertulia, gracias a la inestimable colaboración de la Fundación CAI y su Centro Joaquín Roncal, intentando estar a la altura de nuestro fundador.

"Tuve la suerte de cruzarme en mi vida con Ramón Perdiguer, una de las cosas más importantes que me han sucedido no solo como aficionado al cine sino como ser humano"

¿Qué le impresionó de Luis García Berlanga, al que le dedica un capítulo?

Le conocí gracias a Luis Alegre y el ciclo de ‘La buena estrella’. Pude hablar, junto a otros compañeros de tertulia, con el valenciano en el patio del Museo Pablo Gargallo. No solo estuvo encantador y comunicativo, sino que nos contó cosas muy divertidas. Todo ello, unido a la importancia que le concedo en la historia de nuestro cine, hace que le dedique un capítulo entero. Como por otra parte, también hago con los hermanos Taviani, ya que no todos los días se tropieza uno con ganadores de la Palma de Oro de Cannes.

¿Y del guionista Rafael Azcona?

La imagen que nos había llegado de Azcona era la de alguien huraño, retraído, poco sociable, por lo que nos llevamos una gratísima sorpresa en otra rueda de prensa convocada por Luis Alegre, y ver que era un tipo amable, tranquilo, con retranca, con el que fue un placer hablar de su magnífica carrera. Por si fuera poco, al día siguiente nos volvimos a ver en el Festival de Huesca y él mismo vino hacia nosotros para seguir hablando de cine. Si a ello añado que le considero el mejor guionista del cine español...

"La imagen que nos había llegado de Azcona era la de alguien huraño, retraído, poco sociable, por lo que nos llevamos una gratísima sorpresa en otra rueda de prensa convocada por Luis Alegre, y ver que era un tipo amable, tranquilo, con retranca, con el que fue un placer hablar de su magnífica carrera"

Entona un llanto o una elegía por los Elíseos y los Renoir. ¿Qué ha perdido Zaragoza con su desaparición?

El Elíseos era algo más que un cine. Era el recuerdo de un tiempo pasado, era el sitio donde vimos nuestras primeras películas en versión original, aquellas del llamado ‘arte y ensayo’. Y por si fuera poco, era hermoso. El Renoir fue un soplo de aire fresco en un determinado momento, aunque en sus últimos tiempos acabó rindiéndose a lo más comercial. Allí nos encontrábamos como en casa, conocíamos a su gerente, a su taquillera, a sus acomodadores, rara era la semana que no íbamos al menos una vez. Yo creo que aún tenía algo de recorrido.

Habla de ‘festivales caseros’. ¿Que ha supuesto y qué supone para Zaragoza el FCZ, que cumple 26 años?

En el Festival de Cine de Zaragoza, antaño llamado de Jóvenes Realizadores, no solo he sido más de una vez jurado, sino que este mismo año he formado parte de una mesa redonda que se celebró el día 22 en una sala de la Fundación San Valero. Acto incluido dentro de la programación del festival, en el que participé como miembro de la tertulia, en un detalle por nuestro 25 aniversario.

Estamos en el centenario de Fernán Gómez. Lo recuerda en el libro. ¿Qué debemos celebrar en su centenario?

Siempre he dicho que mi tocayo debe ser recordado como algo más que un hombre pegado a un exabrupto. Solo hablé una vez con él, aunque fue largo y tendido. Fue en una reducida rueda de prensa en el Gran Hotel. Me encantó aquel hombre. Creo, aunque peque de inmodestia, que le caí bien. Creo que él vio en mí a alguien que conocía bastante bien su carrera, no solo en el cine sino en el teatro e inclusive en la literatura. Ha sido una de las mayores figuras españolas de la cultura del siglo XX. Años más tarde leí sus memorias, ‘El tiempo amarillo’, y me ratifiqué en esa opinión.

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