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PINTURA. ARTES & LETRAS

Pradilla en la Lonja: el paisajista que se obsesiónó con Juana la Loca

Wifredo Rincón concibe la exposición más numerosa y ambiciosa del pintor de Villanueva de Gállego, en su centenario, con 187 obras.

'El retiro de las musas', una de las obras de mayor formato en la Lonja.
'El retiro de las musas', una de las obras de mayor formato en la Lonja.
Oliver Duch.

Hace más de 30 años, en 1987, La Lonja acogió una espléndida exposición de Francisco Pradilla (1846-1921), el pintor universal de Villanueva de Gállego, pueblo que ya cuenta con un espacio y dos estancias dedicadas a su artista, que volvió a casa poco antes de su muerte en 1921, hace un siglo. Ahora, la Lonja, que sigue siendo el gran centro de exposiciones de Zaragoza en un lugar ideal y en un edificio estudiado recientemente por Carmen Gómez Urdáñez, vuelve a acoger otra muestra con un nuevo comisario: Wifredo Rincón, probablemente el historiador que mejor conoce la vida, las motivaciones y la finísima paleta de Pradilla, ha reunido hasta 187 piezas del pintor, bastantes no se habían visto; proceden de museos, de colecciones privadas acreditadas y de otros coleccionistas que están en el anonimato. Una de las cosas que precisaría el aragonés, que fue director más bien efímero y sin demasiado brillo del Museo del Prado, es un buen catálogo razonado como se acaba de hacer ahora con Maruja Mallo o como hizo, algún tiempo atrás, Lola Durán con Pablo Serrano.

Arte, artesanía y genialidad

La exposición, ordenada cronológicamente, ofrece una visión completa y compleja de un creador que también se sentía un amanuense: alguien que mira el mundo, el paisaje, sobre todo, y lo interpreta y lo interpela. El recorrido, por otra parte, muestra los géneros y subgéneros de su paleta: Pradilla siempre tuvo clara su vocación, se formó en Zaragoza, en Madrid, y luego vivió en Italia, donde descolló con una pintura que abrazaba la Historia y la narratividad, el paisaje y la delectación de recrearlo y trasladar su esencia o su intemporalidad al lienzo, el bodegón y también el retrato…

Si se afina un poco más, Francisco Pradilla fue un auténtico virtuoso en el color, en la ambientación y en las atmósferas, en el estado de ánimo del interior del cuadro, y en otras cosas: manejó el cuadro simbólico o alegórico, como ‘Náufragos’ o ‘El retiro de las musas’, pero también fue un excepcional pintor costumbrista de romerías o marinas. Le interesaron desde las fiestas y riberas gallegas, por supuesto las lagunas pontinas con sus neblinas, y algunos espacios aragoneses, como el monasterio de Piedra. Una visita rápida confirma la imaginación y la meticulosidad del pintor, que sabe cultivar el primor, el detalle, las variaciones de luces, la mano que piensa, depura y hermosea cuanto ve.

Al parecer los retratos no le volvían loco a este pintor que fue visitado y requerido durante muchos años en Roma. Primero en la Academia de España y luego en su propio taller. Alcanzó mucha fama y se le llevaban los cuadros del estudio. De ahí que el propio Rincón diga que Pradilla es un pintor sorprendente porque a veces llegan obras suyas de destinos inciertos: ya sea Centroeuropa o Latinoamérica. Fue un trabajador incansable que hacía copias o piezas en diversos formatos de sus grandes obras. Y eso, más que con sus trabajados retratos, el sobrio ‘Alfonso I El Batallador’ o la delicadísima ‘Marquesa de Encinares’, sucedió con sus cuadros de Historia, sobre todo con su gran obsesión: la vida, la locura y las pasiones imposibles de Juana la Loca. Sabemos que los pintores a menudo se obsesionan con algo y lo pintan del derecho y del revés, le dan una y mil vueltas, en distintos lienzos, a un tema, a un hecho, a un personaje, a un vergel o a una cordillera montañosa. Francisco Pradilla parecía poseído por el destino aciago de la hija de los Reyes Católicos, y la cantidad de cuadros y bocetos que le dedicó hablan de veneración, de obsesión, de un intento de auscultar su alma enfermiza y romántica, mucho antes de que nos conmoviese el romanticismo.

La mirada general de la pintura

También le interesaron muchos otros asuntos: ‘La rendición de Granada’ y ‘Y El suspiro del moro’ (que no está en la exposición), que son, con Juana y la obra del Batallador y Pedro IV, encargados por el Ayuntamiento de Zaragoza, sus más famosas obras históricas. El cuadro de Juana la Loca del Museo del Prado, el que está colgado queremos decir, es impresionante: rezuma grandeza, sentido de la composición, aura del drama y esa melancolía a la que resulta casi imposible poner condimentos, calificativos, sensaciones, que Pradilla sabe extrapolar a otros formatos, que sí están en la Lonja. Con las piezas citadas también hay otras obras, que abordan el mito, como ‘El rapto de las sabinas’, que son agradables de ver.

En los retratos hay de todo. Sus autorretratos son estupendos, desde el primero, con poco más de 21 años, hasta el último, grave ya y reconcentrado, contando el escaso tiempo de vida que le restaba. O el que reproducimos en esta página, tan sutil, vibrante y hermoso. Pradilla tenía muy buena mano para todo tipo de daguerrotipos: graves, desenfadados, vitalistas. Y la exposición es un hermoso ejemplo de ello.

La muestra de la Lonja acentúa una triple condición de Pradilla: retratista, pintor de historia y un refinado paisajista.
La muestra de la Lonja acentúa una triple condición de Pradilla: retratista, pintor de historia y un refinado paisajista.
Oliver Duch.

En la Lonja hay mucho mucho donde elegir y con qué quedarse. Es una de esas exposiciones que te reconcilia con la pintura de caballete, con la lentitud del óleo y la acuarela bien hechos, con el pincel como expresión de un tiempo diferente, atemporal, no sé si legendario o más bien íntimo. La exposición confirma que Pradilla está a la altura de Sorolla y Fortuny y Muñoz Degraín, y no muy lejos de Goya, aunque este no es solo un pintor: es un pensador, un francotirador, un visionario, un cronista de la barbarie y de los demonios íntimos que avasallan con su furia animal.

Ya sabíamos que Francisco Pradilla era un gran pintor de paisajes. No es que la exposición que presenta Wifredo Rincón lo descubra pero lo confirma, sin duda. Hay piezas espléndidas, casi siempre vinculadas a los jardines o las aguas, ya sean en España o en Italia, donde Pradilla va más allá con maestría, sensibilidad, dominio del cromatismo, paciencia y una beldad despaciosa. Con las dudas que pueda suscitar la autoría de algunas obras (siempre sucede), si pueden no dejen de ver la muestra (Wifredo Rincón, en 1999, en Anento, publicó un volumen sobre 'Pradilla y su obra' en el que se incluían 1.100 obras). Es más que recomendable: una lección de arte, de orgullo y de autoestima.

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