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Karatecas bravos, forzudos de circo y toreros metidos a luchadores: los albores de la lucha libre en Aragón

Un libro investiga el desembarco de la lucha libre en España y recoge anécdotas como un escándalo que se dio en Zaragoza en 1913, cuando un luchador perdió el combate e intentó robar la recaudación.

Imagen que ilustra la portada de 'Memoria de la lucha libre'.
Imagen que ilustra la portada de 'Memoria de la lucha libre'.
Libritos Jenkins

Nombres como los de Luis Bamala o los hermanos Lambán son de sobra conocidos para los lectores más avezados. Fueron luchadores muy populares en los años 50 y 60 del siglo pasado, cuando la lucha libre comenzaba a asentarse en España y se convertían más en un deporte que en un espectáculo. Justo los años previos a aquellas décadas, de 1907 a 1936, son objeto de estudio del libro ‘Memoria de la lucha libre’, que acaba de publicar Libritos Jenkins y en donde se explica cómo eran aquellas peleas grecorromanas primigenias y cómo antaño gigantones armenios y boxeadores escoceses hacían giras por España dándose buenos guantazos.

Dos rudos luchadores, en una estampa fechada en 1913.
Dos rudos luchadores, en una estampa fechada en 1913.
Libritos Jenkins

El zaragozano Luis Díaz ha prologado la publicación, tras investigar durante años en la hemeroteca de Zaragoza “de manera presencial y manuscribiendo lo que encontraba en periódicos como HERALDO, pues entonces la mayor parte de los ejemplares estaban sin microfilmar”. Explica Díaz que la lucha libre en España, después de la Guerra Civil, “se reactivaría a mediados del año 1943 en Barcelona y llegó a Zaragoza en 1946. En ese momento dependía de la Federación Catalana, hasta que al año siguiente se fundó la aragonesa”.

Óscar Alarcia, responsable de la editorial, explica que antes de aquellos años “solo se practicaba oficialmente lucha grecorromana y eran Madrid y Barcelona donde se centralizaba la atención”. Sí habla de giras y 'tournés' de algunos especialistas, como Mandralik, que aparece citado en las páginas de HERALDO en numerosas ocasiones entre 1915 y 1920, y del que se dice que “es fuerte y de gran peso, pero no siempre muy correcto”. También eran habituales de las lonas zaragozanas “el temible Ochoa” -un vasco que era una gran atracción y aseguraba una buena entrada-, y otros luchadores rusos (“del país de los zares”, se decía) que superaban los 145 kilos. Entonces era muy habitual asistir a combates (‘matchs’ los llamaban) que solían celebrarse en el Teatro Principal, el Teatro Circo o, incluso, en la plaza de Toros.

Un combate accidentado

En 1913 tuvo lugar un combate accidentado del que se hicieron eco, incluso, los periódicos de Madrid. “Parece que el perdedor quiso robar la recaudación de la caja. Encontré recortes de esta noticia en tres diarios del mismo día”, comenta Alarcia. Efectivamente, en junio de aquel año se midieron el escocés Rankin y el campeón francés Clement d’Angers. “Éste comenzó por decir que no tenía las 200 pesetas que había que depositar en la mesa del jurado, pero acabó por depositarlas después de perder un tiempo precioso en estas andanzas”, narra el HERALDO de aquella jornada. Por lo que se ve, el combate duró apenas 7 minutos y el francés perdió sin honores. 

Combo de artículos de HERALDO de comienzos de siglo.
Combo de artículos de HERALDO de comienzos de siglo.
Heraldo

“Volvió a protestar y a reñir entre bastidores con todo el mundo”. “Fue bajado el telón pero el francés no se resignaba a perder las pesetas (…) y después ocurrieron lamentables incidentes”: el público invadió el escenario, intervinieron los guardias de seguridad que, incluso, se llevaron detenido a un espectador. Al terminar el espectáculo, “gran parte del público se estacionó en la calle de San Gil esperando la salida de los luchadores”, se lee en la crónica de hace 108 años. La gente arremolinada ovacionó al escocés e hizo “durísimos comentarios contra el incorrecto proceder del descalificado luchador francés”, que - “pita horrorosa” mediante- tuvo que salir por otra puerta custodiado por dos parejas de la Benemérita. El espectador detenido, al que se le acusaba de intentar arrojar al francés desde el escenario al patio de butacas, se mostró contrariado en las oficinas de vigilancia y los periodistas concluyeron que “fue el calor de la lucha el que le hizo obrar con escasa prudencia”.

La luchadora Julita Fons, en un reportaje de un diario madrileño de 1912.
La luchadora Julita Fons, en un reportaje de un diario madrileño de 1912.
Libritos Jenkins

Aunque en aquella ocasión el ‘show’ se les fue de las manos, lo cierto es que aquellas peleas tenían más de espectáculo que de deporte, como se demostró también esa misma sesión en un combate previo. Se cuenta que un animado luchador estaba recibiendo una soberana paliza (“le dio dos o tres tozoladas con gran regocijo del público”) y no tuvo mejor idea que bajar al patio de butacas y coger del brazo de forma cómica al ordenanza del alcalde para procurar su protección.

"La lucha libre estaba en un momento glorioso cuando estalló la guerra y cayó en el olvido"

Por el libro ‘Memoria de la lucha libre en España (1907-1936)’, además de karatecas bravos y forzudos de circo, desfilan también ‘vedettes’ posando con estrellas de este deporte, que facilitaron el desarrollo de campeonatos locales y mundiales. “La lucha libre estaba en su momento más glorioso cuando estalló la guerra y todo cayó en el olvido para siempre”, explican desde la editorial. Alarcia ha rastreado cientos de periódicos, revistas, tebeos y libros de la época, y narra cómo "deportistas extranjeros especializados en los mamporros y las artes marciales fueron desembarcando en nuestro país trayendo un nuevo deporte que escandalizaba y fascinaba por igual". "Se fue generando un fandom autóctono enfervorecido y hay, incluso, toreros metidos a luchadores".

Algunas de las imágenes de época que recoge el libro.
Algunas de las imágenes de época -esta está fechada en 1935- que recoge el libro.
Libritos Jenkins

“Nuestro libro analiza a través de artículos periodísticos de forma cronológica la historia de la lucha. Es preludio de lo que la década siguiente sería el espectáculo de masas en el que se convirtió, con figuras propias de la región de la talla de los Hermanos Lambán”, cuenta Luis Díaz, que es miembro del colectivo de expertos en lucha y ‘wrestling’ The Fabulous Jobbers. “Entre las referencias esenciales en Zaragoza está también Luis Bamala, que fue promotor, luchador y entrenador, y tenía un gimnasio de lucha encima de lo que es ahora la sala Oasis”, explica. Sobre Félix Lambán, sabido es que se le conocía con el sobrenombre de ‘El estrangulador’ porque dominaba a las mil maravillas una llave inmovilizadora llamada ‘corbata invertida’. 

El zaragozano fue campeón del Mundo en 1954, pero él y otros aragoneses escapan al periodo que analiza un libro repleto de ilustraciones, grabados e, incluso, fichas de luchadores. El volumen forma parte de la colección Biblioteca Mordrake, dedicada a rescatar textos de no-ficción de lo más profundo del ‘underground’. Esta pequeña biblioteca de Libritos Jenkins se edita en tomos de bolsillo “de espíritu retro”.

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