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Zaragoza despedía ayer al oftalmólogo, escritor y ex baloncestista José Luis López Zubero

El autor de 'Lo observé en el cine' y 'Lo aprendí en el cine' recibió un homenaje póstumo en la iglesia Nuestra Señora del Carmen

JOSE LUIS LOPEZ ZUBERO / 29/01/2014 / FOTO : ENRIQUE CIDONCHA[[[HA ARCHIVO]]]
José Luis López Zubero era un enamorado de la cultura.
Enrique Cidoncha.

Había pasado casi un año de la muerte del oftálmologo, exbaloncestista, escritor y padre de campeones de natación José Luis López Zubero (Zaragoza, 1931-Madrid, 2020). La pandemia impidió que se le rindiese aquí un homenaje de despedida a un humanista integral que, en los últimos años, se preocupó de la felicidad ajena y de enseñar deleitando con la filosofía, y en concreto con unos cuadernos de aforismos, ‘Reflexiones’ (hizo hasta cuatro ediciones de autor), que firma con su hijo David López Zubero, medalla de bronce en las Olimpiadas de Moscú-1980, y con su segunda esposa Susana Poblete, chilena. Quizá por ello, José Luis, vitalista y proclive a desafiar las inclemencias del destino, decía que el poeta que le conmovía de un modo especial era Pablo Neruda.

Al final se le rindió homenaje en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, donde se reunieron familiares, deportistas (entre otros José Luis Rubio, expresidente del legendario CAI de McGee, Allen y los Arcega), artistas (como el pintor Enrique Larroy y la arquitecta Paca Baldira), periodistas (Raúl Lahoz, Enrique Cavero y Rafael Feliz), empresarios (Vicente Sánchez y su esposa Pilar), amigos de todas las procedencias. David López Zubero elogió la figura de su padre y recordó su magisterio constante, su ayuda, su compromiso y su elevado concepto de la educación. Y Enrique Cavero glosó su generosidad, su bondad, su afición a una buena charla y sus libros, especialmente ‘Lo aprendí en el cine’ (2007) y ‘Lo observé en el cine’ (2011).

José Luis López Zubero, compañero de generación de cineastas como Alfredo Castellón, José Luis Borau y José Antonio Páramo, solía decir que, para él, “el cine era una enciclopedia de las emociones”, y solía elogiar ‘Matar a un ruiseñor’, de Robert Mulligan, quizá su película favorita, ‘Los olvidados’, de Luis Buñuel, “la película del desamparo más grande, marcada por la fatalidad y la crueldad”, y ‘La Strada’, de Federico Fellini, de la que le gustaba hablar. “Experimenté por primera vez la atracción y la pasión por una mujer que no era físicamente atractiva, Giulietta Masina. Sin amor no somos nada”. José Luis se casó dos veces, y recordaba con vitalidad y alegría sus primeros amores: una novia francesa que le robó el corazón por primera vez en París; su primera esposa, la madre de sus hijos; una amiga que triunfó en la ópera y, ya casados ambos, lo invitó a su debut en el Metropolitan de Nueva York, o su segunda esposa Susana. Siempre llevaba en la boca una historia que contar, meditaciones, fogonazos de reflexión y de sabiduría. La sensualidad formaba parte del cuaderno de su vida.

José Luis López Zubero, en 2007, en el paseo Palafox.
José Luis López Zubero, en 2007, en el paseo Palafox.
José Miguel Marco.

A José Luis López Zubero le gustaba decir que su vida siempre pendió de un hilo de favorable azar. De niño, vio la muerte muy cerca y a la vez decía que había tenido una infancia de cine y de besos de celuloide, como el niño de ‘Cinema Paradiso’, otra película que le gustaba. Otro instante para la evocación era su paso por el Instituto Goya, las clases de José Manuel Blecua y la lectura de algunos poemas. Reconocía que fue un estudiante discreto. Más tarde, a aquel grandullón de 1.83 lo atrajo el deporte, especialmente el baloncesto. Era tan bueno que jugó en la Universidad, en el Pedro Cerbuna y en Helios. Fue campeón de Aragón. El Barcelona lo quiso fichar en 1953, fue llamado a la selección nacional en 1954 pero una inoportuna lesión de tobillo le paró casi en seco. 

Estudió inglés, trabajó de bracero y en un viaje a París, un baloncestista norteamericano le recomendó que fuese a estudiar a su país. Recordaba: “Mi vida cambió a través de Francia. Recuerdo la primera vez que fuimos a París. Compré libros que estaban terminantemente prohibidos en las librerías españolas. Pero, sobre todo, me contagié de las ideas y asumí un irrefrenable deseo de aprender». Aunque aquí ya había concluido su carrera de médico (influido por un tío suyo, galeno), allí tuvo que empezar de cero y, con su título de oftalmólogo en el bolsillo, trabajó sin descanso. Se casó, tuvo tres hijos, David, Julia y Martín (todos ellos olímpicos en natación, desde Montreal-1976 a Atlanta-1996; Martín fue campeón olímpico en Barcelona) y se dio cuenta de que su profesión “era una ventana abierta a la solidaridad. Con el dinero de los ricos tuve la suerte y el privilegio de ayudar a los que no lo eran...”.

En 1963 creó una International Medical and Cultural Foundation, con sedes en Florida y Zaragoza. Todo obedecía a una premisa: “Soy más feliz dando que recibiendo”. En 1967 se marchará voluntario a la guerra de Vietnam. “Me dijeron que me mandaban a un sitio seguro, y fue todo lo contrario. Estalló una bomba a 50 metros. Viví de milagro. Operaba a soldados norteamericanos y vietnamitas. Aquello era como la película ‘Apocalipsis Now’. Escribí un breve diario con impresiones y pequeñas notas”. Su afán solidario le condujo a lugares como Argelia, Kenia, Paraguay o Bangladesh donde hizo trasplantes de córneas y “donde llegué a operar hasta 100 cataratas diarias al aire libre”.

En los últimos años de su existencia, empezó a recuperar Zaragoza y sus amigos. Le encantaba venir, celebrar éxitos del pasado, conversar, ver cine, recuperar al niño que fue, al hombre sensual, pícaro e inteligente. Estaba feliz de su relación de amor, complicidad y amistad con su Susana, su esposa. “lo que más valoro es la capacidad de amar. Como dice la canción de Édith Piaf: ‘Sin amor no somos nada’. Luego viene la libertad. Solo ambiciono ser buena persona. Suena un poco cursi pero es así”.

A José Luis López Zubero le habría gustado dar un abrazo de diez segundos a todos sus amigos antes del adiós. Lo hacía con los ojos cerrados y una leve sonrisa en los labios. Como si soñase.

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