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ARTE. OCIO Y CULTURA

El crítico e historiador Manuel Pérez-Lizano estudia a Víctor Mira en su totalidad

En el nuevo sello Suigeneris publica 'Impulso del artista', donde analiza la vida y todas las facetas creativas del artista que se suicido en 2003

Victor Mira en el museo Pablo Serrano / 17-04-02 / foto GUILLERMO MESTRE[[[HA ARCHIVO]]]
Victor Mira en el museo Pablo Serrano / 17-04-02 / foto GUILLERMO MESTRE[[[HA ARCHIVO]]]
Guillermo Mestre

Víctor Manuel Miragaya Marco nació en Larache en mayo de 1949 pero él siempre diría que había nacido en Zaragoza. En 2003, se suicidó en Alemania, no muy lejos de su estudio, de un modo que había anticipado en algunos dibujos: se arrodillaba ante la vía, con los brazos abiertos y esperaba el paso del tren. La realidad es que intentó suicidarse en varias ocasiones: en Zaragoza, en Madrid, en Barcelona, en un lago helado no muy lejos de su estudio. Con 54 años puso término a una vida intensa y quizá excesiva, dedicada al arte por encima de todo. “La obra de Víctor Mira me parece un despropósito por exceso de trabajo”, dice Manuel Pérez-Lizano (Zaragoza, 1937), que acaba de publicar ‘Impulso del artista. Víctor Mira 1949-2003’ en el sello Suigeneris, que acaba de fundar el arquitecto Antonio de Clemente.

“Matizo -dice Pérez Lizano-: no paraba de trabajar. Dormía dos horas, y se ponía a trabajar de noche, de madrugada, a cualquier hora, con un ímpetu infinito, con muchas ideas. Siempre estaba en marcha. Era como si la cabeza le diera vueltas todo el tiempo. Si tuviera que resumir qué significa Víctor Mira, diría que se merece un museo. Por calidad, por categoría, por la variedad de su obra. Paría series constantemente, desde sus inicios, cuando hacía esa pintura surrealista que estaba llena de fantasía, hasta el mismo día de su muerte”. Manuel Pérez-Lizano conoció al artista que proclamó “España no me deja dormir” en 1972, en el Centro Cultural Ánade, en una exposición del grupo Forma. “Bueno, en realidad, creo que Víctor Mira es un artista expresionista en el conjunto de su obra que disfrutaba como un canalla con todo: con las ideas y con su relación con la materia. Me gustaba mucho. En esa exposición hablé con él pero lo había saludado antes en uno de los bares donde trabajaba, y lo hizo en varios”.

La relación entre el autor y el pintor se haría más intensa. El libro reproduce muchos elementos de la correspondencia, y entre ellos una carta de 1979 que es una breve autobiografía: “Un día mi tío me dijo: ‘Ven, te voy a enseñar el mudéjar!’. Y en su vieja moto recorrimos medio Aragón, me enseñó tanto mudéjar que durante casi un año creí ser un auténtico hombre múdejar”. A continuación elogia a sus padres: “De mi madre, aprendí a combatir. Ella me transmitió los movimientos precisos para el combate cuerpo a cuerpo, y cómo salir ileso de la guerra fría a la que tanto luego en el mundo me iba a someter (…) Mi padre nunca me enseñó nada, perol aprendí de él un montón de cosas valiosas”, le decía. Y añadía: “De Zaragoza me alejó la necesidad de una nueva luz para mi conciencia y por llamarlo de alguna manera, mi diabólica pasión por cierta locura”, y desliza, algo más adelante, esos detalles de hombre que devana poco a poco su autodestrucción: “Una vida que me parecía no valer la pena de ser vivida”.

Retrato de Manuel Pérez-Lizano, escritor y periodista de arte.
Retrato de Manuel Pérez-Lizano, escritor y periodista de arte.
Aránzazu Navarro.

También hay elementos pintorescos en esa carta: “Cuando llegué a Pamplona le entregué el esqueleto de cabra al músico John Cage, como demostración de mi desacuerdo con la música”. Recuerda Pérez-Lizano que, tras publicar su libro ‘Surrealismo aragonés’, Mira le escribió varias cartas a Puerto Rico, donde vivía. “Estaba muy agradecido y me lo hizo saber. Aquel libro llamó mucho la atención, fue un bombazo, porque daba nuevas claves de muchos surrealistas históricos aragoneses como Federico Comps, José Luis González Bernal, Javier Ciria, y él, claro, estaba conectado con aquellos grandes pintores”. Mira, por cierto, en esa carta-autorretrato de 1979 decía que estaba seguro, “absolutamente seguro de haber y estar produciendo una obra totalmente duradera que es capaz de resistir exámenes de los hombres de varias épocas”.

"Recuerdo muy bien una de ellas. Fue al principio de los 90. Dormí en un sofá. Por la mañana, se levantó su hija Eva y vio a un hombretón, arrugado y soñoliento, que casi le daba miedo: era yo”, recuerda Pérez-Lizano entre risas

Cuando Manuel Pérez-Lizano volvió de Puerto Rico, estuvo en su casa al menos dos veces. “Recuerdo muy bien una de ellas. Fue al principio de los 90. Dormí en un sofá. Por la mañana, se levantó su hija Eva y vio a un hombretón, arrugado y soñoliento, que casi le daba miedo: era yo”, recuerda entre risas. Dice que este libro empezó a escribirlo tras la muerte del artista, que ha documentado exposiciones, textos, reseñas periodísticas, libros, las series una a una y que, al final, se ve su grandeza, su pluralidad artística (hizo pintura, escultura, grabado, dibujo, escribió diarios y poemarios, redactó teatro), su búsqueda y su dolor. “Lo he dicho y lo vuelvo a hacer. Realizó más de 10.000 piezas o en torno a esa cifra, muy distintas, a lo largo de más de 35 años trabajo, y creo sinceramente que Zaragoza le debe un museo. Y propongo un lugar: el palacio de los Condes de Fuenclara sería ideal. Y ahí está, céntrico y vacío”.

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