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Javier Hernández Ruiz: "La ‘España vacía’, en realidad, está llena de cosas"

El escritor y profesor universitario presenta hoy, acompañado de Julio Llamazares (Paraninfo, 19.00), una guía sobre el patrimonio de la Celtiberia

Javier Hernández presenta hoy el libro que ha coordinado sobre el patrimonio de la Celtiberia.
Javier Hernández presenta hoy el libro que ha coordinado sobre el patrimonio de la Celtiberia.
Enrique Cidoncha

La Celtiberia es un espacio irreal, que solo existió en la Antigüedad, pero que geográficamente coincide en buena parte con lo que hoy denominamos ‘España vacía’ o ‘España vaciada’: las provincias de Teruel, Soria, Guadalajara, Cuenca... Javier Hernández Ruiz acaba de coordinar para la editorial aragonesa Prames una guía turística en la que, a través de más de 450 páginas y cientos de fotografías, recorre el patrimonio histórico, natural y etnológico de este espacio.

La Celtiberia no existe.

Tiene una entidad real, un pasado histórico muy potente y un patrimonio rico. Hay una cosa que no se valora suficientemente, y es que poseemos el mayor legado en lengua céltica del mundo. Tenemos el patrimonio celta más documentado. Cualquier ciudad europea, si poseyera los bronces de Botorrita, los cascos de Aranda de Moncayo y fuera consciente del hecho de que el calendario se modificó por una batalla acontecida muy cerca de ella, como sucedió en Segeda (junto a Calatayud), ya hubiera creado un museo específico.

La España interior, vacía.

No me gusta ese sintagma. La España interior es un espacio geográfico más amplio que la Celtiberia, pero sí, somos España interior y vaciada, aunque estemos en medio de la zona más desarrollada del país. Pero somos muy ricos en patrimonio histórico. No nos damos cuenta de que la España vacía, paradójicamente, en realidad está llena de cosas.

Y por eso ha coordinado y escrito esta guía.

Ha sido un trabajo en equipo, que he coordinado junto a Rafael Yuste y en el que hemos contado con muy buenos especialistas, casi todos ellos ‘celtíberos’. Hemos querido que los textos sean rigurosos pero que, a la vez, fluyan, animen a todo tipo de lectores a conocer ese patrimonio.

En sus páginas, Aragón tiene mucho peso.

Es fundamental, y no podía ser de otra manera. Hay que pensar no solo en el periodo celtibérico, donde Aragón cuenta con algunos de los mejores yacimientos de toda España, aunque algunos no estén muy cuidados o no sean suficientemente valorados. Hablando de valoración, un dato que casi nadie conoce: la Escuela de Traductores de Tarazona se creó un siglo antes que la de Toledo y apenas es conocida. Este tipo de información había que trasladarla al lector interesado, como el hecho de que prácticamente el 90% de toda la literatura aljamiada que se conoce se haya encontrado en Almonacid de la Sierra. Luego está la riqueza de nuestro mudéjar... La guía quiere ser un primer ladrillo, una primera piedra en la revalorización de nuestro patrimonio. Eso sí, sin caer en nacionalismos ridículos que no van a ningún lado.

Usted vincula ese patrimonio al carácter fronterizo de estas tierras.

Cierto. La Celtiberia es el país de las fronteras: en la Antigüedad, entre los pueblos mediterráneos y los centroeuropeos; en la Edad Media, entre el Islam y el cristianismo (no hay que olvidar que Medinaceli fue la capital de la Marca Media); luego entre Aragón y Castilla. Creo que ese carácter fronterizo ha dejado huella entre sus habitantes, que se desarrolló un cierto espíritu democrático entre ellos, un gusto común.

Ha querido también romper con ciertos tópicos, como el de una Celtiberia ‘pobre’.

Este territorio fue rico hasta el siglo XIX. La Celtiberia nunca fue ubérrima pero sí relativamente rica. Y lo era porque poseía tres o cuatro bienes que fueron importantes durante muchos siglos. Producía mucha lana, producto que fue el petróleo de una amplia época histórica. No es casualidad que hubiera una moneda denominada ‘vellón’, ni que aún hoy algunos hispanoamericanos llamen ‘lana’ al dinero. También había sal, hierro y agricultura. La Celtiberia ha sido mucho menos pobre de lo que ahora comúnmente se piensa, pero en el siglo XIX la situación empezó a cambiar, hasta que en 1958 el Plan de Estabilización culminó el proceso de fuga de habitantes a la ciudad para llevar mano de obra con la que alimentar la industria.

Y, si el patrimonio histórico se revaloriza, quizá ese sea el primer paso para que la gente vuelva a la 'España vacía'.

No podemos esperar milagros ni pensar que las zonas despobladas se van a llenar de gente porque hemos perdido ya algunos de los trenes de la Historia. Pero se nos han abierto ventanas de posibilidad y las nuevas tecnologías pueden facilitar cierto retorno. Eso sí, los pueblos han de contar con unos servicios mínimos, tiene que existir una discriminación positiva. Necesitamos un pacto de Estado más allá de la palabrería.  

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