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Los títeres de sombra de Belchite: la casa y el taller de Teatro de Medianoche

El Teatro de Medianoche, de Domingo Castillo y Araceli Gil, se ha instalado en la localidad y allí concibe sus funciones y se integra en el menú

Araceli Gil y Domingo Castillo con su personaje Oleíco.
Araceli Gil y Domingo Castillo con su personaje Oleíco.
Ángela Castillo.

Araceli Gil y Domingo Castillo fundaron el Teatro de Medianoche en 1984, hace 37 años, una compañía de títeres, de sombras chinescas y de siluetas que ha dejado el sello de su buen gusto, su fantasía y su atmósfera poética por doquier. Trabajan con la oscuridad y logran muy bellos efectos con la iluminación. Hace tres años, entendieron que la casa y el local se les habían quedado pequeños y salieron a las afueras de Zaragoza a buscar nuevos espacios. Al final, tras dar muchas vueltas, hallaron lo que deseaban en Belchite, en una de las calles del pueblo nuevo: un espacio de unos 450 metros cuadrados en un inmueble de arquitectura popular e interesante que integra un corral con muchas posibilidades.

La sede-vivienda de Teatro de Medianoche es muy acogedora. Está distribuida en varias zonas: la casa tiene 150 metros y consta de biblioteca y de cocina y salón comedor integrados, además de otras dependencias. «Contamos con hogar tradicional y en la cocina tenemos una escenografía en forma de campana –dice Domingo–. No tenemos cadiera, quizá algún día. Y además está la zona de locales y talleres, un pequeño cuarto de ensayo y dos salas, una para costura y pintura y otra para guardar instrumentos de música y otros objetos», señala Domingo Castillo. Todos esos espacios también suman 150 metros cuadrados.

«Los garajes los hemos convertido en almacén. No tenemos las marionetas expuestas, serían muchas; a una media de 10 a 12 personajes por montaje convencional y más de 50 o 60 criaturas en el teatro de sombras, y hemos hecho más de 20, ¡imagínese!, pero todo está al alcance de mano, dado que hemos celebrado varias exposiciones del 35 aniversario de la compañía», dice Domingo.

Confiesa que la familia y sus dos hijos se han integrado muy bien en esa localidad llena de historia, con el fantasma de la Guerra Civil siempre presente. El pueblo viejo de Belchite es todo un símbolo y ahora allí suceden muchas cosas: se ruedan películas, se organizan pases nocturnos, se cuentan historias y se graban programas de televisión. «Nos han recibido muy bien. El teatro de Belchite, inacabado desde 1954, se inauguró 65 años después, en 2019, con una exposición de Gervasio Sánchez y con una actuación nuestra. Y eso emociona mucho. Se sabe que habían mandado telones, mobiliario, toda la infraestructura... pero no llegaron». Franco estuvo en Belchite para entregar el pueblo nuevo, pero no mostró demasiado interés por conocer el espacio por dentro. Dicen que les emociona mucho actuar en la sala del Museo Etnológico para niños, o participar en una de las noches guiadas al lugar de las ruinas con el espectáculo ‘Noctívagos’.

Bandidos, albañiles, Oleíco...

«Participamos en el programa de la visita una vez al mes con una doble propuesta: un romance de ciego que rinde homenaje a la historia y a la gente del pueblo, en el que se habla de muchas cosas: del bandolero Bernardo Val, también conocido como Calzapreta; del tacaño Capacorta, que hacía sus capas cortas de tela para ahorrar, o de aquel albañil al que llamaban Medio Metro. Ahora sus descendientes, con gran humor, son ‘Medio Metro albañil. Constructores de rascacielos’».

En la función ‘Noctívagos’ hay una segunda parte, de diez o doce minutos, «para que no se rompa el ritmo de las visitas, ‘Presencias de la ausencia’, donde se cuentan historias contemporáneas de gente del pueblo con los títeres. La tierra es muy importante. Este ha sido un pueblo de 3.000 habitantes y hoy tiene solo 1.500. Y nosotros estamos aquí y nos sumamos a los proyectos de Territorio Goya», dice Domingo.

Desde que viven en el pueblo no han parado de hacer cosas: crearon un personaje, Oleíco, «embajador del turismo y la cultura de Belchite», que presentaron en una exposición fotográfica. Al que han retratado en distintas situaciones, más o menos ingeniosas, durante el confinamiento. Las fotos son obra de Domingo Castillo y Ángela Castillo, que también inventan situaciones y les crean una ambientación escenográfica.

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