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NATURALEZA. OCIO Y CULTURA

La aventura de observar pájaros en Mezalocha

A 35 kilómetros de Zaragoza, el naturalista Eduardo Viñuales propone una ruta para ver buitres, águilas, vencejos, halcones...

Las impresionantes paredes de Mezalocha ante el azul del cielo.
Las impresionantes paredes de Mezalocha ante el azul del cielo.
Eduardo Viñuales.

Cada vez son más los interesados por las aves: a veces sus vuelos son como una función íntima, a menudo como un espectáculo deslumbrante, uno de los dones de la naturaleza. Hay muchos lugares donde verlas, incluso en la propia ciudad, en la orilla del Ebro, cerca del Pilar, pero también se pueden hacer pequeñas rutas no muy alejadas, como acaba de proponer el naturalista y fotógrafo Eduardo Viñuales en otro de sus libros vividos, que nacen del paseo, de la contemplación, del estudio y de la emoción: ‘Aragón. Rutas para observar aves’ (Sua, 2021).

En ese volumen, repleto de fotografías sorprendentes, ebrias de color, propone una ruta cercana y gozosa al pantano de Mezalocha y a sus habitadas y rojizas paredes, en el río Huerva, cerca de Muel. Allí, en esa panorámica abierta a todos los vientos y la luz, se pueden ver el planear de los buitres o el vuelo armonioso y rítmico del alimoche, el halcón peregrino, del águila o del vencejo real, que parece un gimnasta circense y menudo. Ellos son los dioses del aire: van y vienen con el mundo a sus pies, la tierra, el agua y la vegetación. Y de noche, desde los barrancos o los agujeros insondables de la oscuridad, emerge el ulular del búho real.

Recuerda Eduardo Viñuales que el pantano de Mezalocha, con sus roquedales y sus miradores, es un espacio deslumbrante y muy historiado, a solo 35 kilómetros de Zaragoza, que atrae a «escaladores, paseantes y ornitólogos». En sus paredes verticales se curtieron los famosos montañeros aragoneses Alberto Rabadá y Ernesto Navarro, los héroes de Riglos y del Naranjo que desaparecieron en el Eiger en 1963, «en una escalada de roca no muy buena pero marcada por la aventura, la personalidad y autenticidad del terreno». El lugar que forma parte de la Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA), «Río Huerva y Las Planas», ha sido durante años la escuela de muchos jóvenes naturalistas pertenecientes a una generación de amantes de los pájaros.

Una vez que se llega al pueblo –se toma la Autovía Mudéjar (A-23) hacia Teruel, para tomar la salida 255 a Muel, y se continúa por la A-1101–, ya se percibe su especial personalidad. Se deja atrás la iglesia barroca de San Miguel Arcángel, con su imponente torre de estilo mudéjar, y se sale al río y a las huertas. El observador ya se habrá dado cuenta de que ha entrado en un minúsculo territorio de los pájaros: gorriones, estorninos negros, golondrinas y aviones comunes –«que crían bajo los aleros de las casas», escribe Eduardo Viñuales– y los buitres surcan el cielo. «Al final de la calle Mayor bajamos por unos pinos y unas escaleras al camino de las Bodegas o calle Barranco, donde se enlaza con el sendero PR-Z-45, señalizado con pintura amarilla y blanca, que nos va a llevar al pantano y el Mirador del Hocino. Se escuchan los reclamos del verdecillo, la tórtola turca y el jilguero o cardelina», apunta el viajero.

Ruiseñores, oropéndolas...

Tras atravesar el río y las huertas, ricas en variadas hortalizas, ya se escucha «el canto del ruiseñor bastardo y llegará la voz musical de oropéndolas, petirrojos, carboneros, mitos… e incluso del pito real». Después de la casa del Molino y su acequia, la meta ya está muy cerca: ahí está la presa del embalse de Mezalocha. «Se atraviesa una zona de monte de secano con almendros, vides y olivos, unos parajes que son ideales para dar con perdices rojas, abejarucos, abubillas, currucas rabilargas, mirlos, o con el vuelo cernido del cernícalo vulgar. Ahora nos asomamos a la lámina de agua retenida, al pantano propiamente dicho, y eso hace que cambien las aves que se pueden observar: garzas reales, cormoranes grandes, ánades reales y gaviotas». Desde la presa, sin cambiar de orilla, se alcanza «la anaranjada Peña del Águila». El ornitólogo o excursionista comienza a ver, entre farallones de los que cuelgan antiguas sabinas, al avión roquero y a la collalba negra, y se pueden oír pardillos y currucas cabecinegras.

Al pie de la popular Peña del Moro, con vías de escalada de hasta 100 metros de desnivel, se localiza la Grieta del Búho. Sobrevuelan las chovas piquirrojas –o «grajos»-, algún cuervo, o se detecta a algún confiado colirrojo tizón posado en su pétreo pedestal. «A media ladera tendremos que atravesar una zona de mucho romero para finalmente alcanzar el Mirador del Hocino, punto algo indeterminado sobre la confluencia del barranco del mismo nombre y el vaso de este pantano donde se recogen a lo largo de dos kilómetros las aguas del Huerva».

El vuelo del buitre leonado en los alrededores de Mezalocha.
El vuelo del buitre leonado en los alrededores de Mezalocha.
Eduardo Viñuales.

El excursionista está donde soñaba. Viñuales así lo concreta: «Tal vez desde este privilegiado punto de vista logremos ver volar al alimoche y al águila real, confundidos entre los abundantes buitres o bien sintamos no muy lejos los pasos de las cabras monteses que recorren con soltura estos agrestes parajes llenos de caídas, precipicios, cuevas y terrazas colgadas, espacios más propios del halcón peregrino, los vencejos reales o los búhos reales que del ser humano».

Ya se lo pueden imaginar: se puede hacer de todo, mirar sin más, con o sin prismáticos, tomar fotografías, sacar el cuaderno de dibujo y realizar trazos del natural, extraer las guías de aves o sentirse absolutamente felices en la incesante expresión de «la vivacidad de lo natural».

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