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Un siglo de Fernando Fernán Gómez

La faceta actoral que le brindó inmensa popularidad ha eclipsado la condición de creador total de un genio libertario y escéptico.

Fernando Fernán Gómez, en un descanso del rodaje de su última película, 'Mía Sara', de 2006.
Fernando Fernán Gómez, en un descanso del rodaje de su última película, 'Mía Sara', de 2006.
Vocento

Unos filósofos me enseñaron lo que era asumir y unos sabios me explicaron que a esta galaxia, después de mi inexorable desaparición, le quedarán inexorablemente unos cuantos siglos más", escribe Fernando Fernán Gómez en sus memorias (ed. Capitán Swing), cuyo título, 'El tiempo amarillo', procede de unos versos de Miguel Hernández: "... un día/se pondrá el tiempo amarillo/sobre mi fotografía". Ya hace catorce años que murió un creador total, cuyas fotos, lejos de amarillearse, nos recuerdan su condición de "punto y aparte" en nuestra cultura, como define su amigo José Sacristán.

"Fernando era el mejor actor, y además todas las disciplinas por las que transitaba las bordaba. Ahora nos hemos enterado de que también pintaba; la nieta ha descubierto 'story boards' de película hechos a acuarela", revela Sacristán. "Era un tipo ante el que no cabía la impostura, por cojones tenías que ser mejor delante de él. No podías ir de listo o con falsa humildad, porque te quedabas fuera a las primeras de cambio".

El próximo sábado 28 de agosto se cumplen cien años del nacimiento en Lima (Perú) de un hombre que hizo realidad los sueños que tenía a los nueve: ser actor como Jackie Cooper y escritor como Emilio Salgari. Sus doscientas películas como intérprete eclipsan la veintena de largometrajes que dirigió, así como su brillante condición de escritor, articulista y autor y director teatral. "Era enorme, y eso en su valoración general le ha perjudicado, porque la gente necesita tener adscrito a alguien de una manera determinada", apunta David Trueba, que le grabó en una larga conversación en 'La silla de Fernando', documental codirigido con Luis Alegre.

"El recuerdo del actor se come la calidad del director y el escritor. Dirigió películas por las que sería comparable a Berlanga y a otros grandes", alaba Trueba, en referencia a títulos como 'El extraño viaje' y 'La vida por delante', filmes incómodos a medio camino entre un insólito realismo social y el esperpento, que a duras penas se estrenaron en su día y tuvieron que ser reivindicados muchos años después.

El Príncipe de Asturias de las Artes, los Premios Nacionales de Cine y Teatro, seis Goyas, la Medalla de Oro de la Academia del Cine y los galardones al mejor actor en Berlín y Venecia dan fe del monumental legado de un farandulero que acabó como académico de la Lengua. Su nieta, Helena de Llanos, matiza que Fernán Gómez nunca se consideró un escritor, sino "un actor que escribía". Ella se instaló en la casa de Algete que compartió con Emma Cohen y clasificó su archivo personal. Descubrió que el protagonista de 'Balarrasa' siempre había escrito, hasta encontró una obra de teatro pergeñada a los 17 años, en plena Guerra Civil.

"El tema recurrente es su profesión, el mundo de los cómicos", ilustra Helena de Llanos. "Ahora se acaba de reeditar 'El vendedor de naranjas', que habla de los cutreríos de la producción de cine en los años 50, y pronto lo hará 'La Puerta del Sol', una novela social de tema anarquista donde describe el ambiente teatral. También tocó el mundo del trabajo y cómo los políticos limitan nuestra libertad. Mi abuelo solía decir que admiraba a los escritores que abordaban temas desconocidos, como John le Carré y el espionaje. Él solo podía hablar de lo que conocía".

Bandera anarquista

Contaba Elías Querejeta que cuando Fernando Fernán Gómez leyó el guion de 'El espíritu de la colmena', le preguntó si era necesario entenderlo para interpretar el personaje. El productor le respondió que no. Y el actor le dijo: "Ah, pues entonces la hago". Nunca idealizó su oficio ni se dio importancia. Ramón Barea, que lleva estos días a los escenarios 'El viaje a ninguna parte', tuvo la fortuna de trabajar a sus órdenes en 2004 en 'Vivir loco, morir cuerdo', donde el actor bilbaíno hacía de Quijote. Y se encontró "con un mito que cojeaba y tosía, un mito de carne y hueso".

"Imponía. Aquel señor con unos ojos azules transparentes era amabilísimo con todo el elenco", recuerda Barea. "Me encontré a un tipo demasiado respetuoso a mi modo de ver con nosotros. Con un auténtico amor por Cervantes y el Quijote: decía, en broma, que todo el mundo tenía el libro en casa, pero nadie lo había leído. Cuando hablaba, los comentarios, el sentido del humor, la lucidez eran una vuelta a la normalidad. La obra terminaba con la muerte de Don Quijote abrazado a su Dulcinea. Recuerdo a Emma Cohen llorando... Inolvidable".

Los menos le recordarán por un exabrupto, un "váyase a la mierda", que hizo parecer airado a un disfrutón que, de joven, quemó la noche bohemia del Madrid de Pasapoga.

La bandera anarquista que cubrió su féretro en el escenario del Teatro Español resume el compromiso político de un escéptico, que en la última etapa de su vida agradecía los premios con el saludo anarquista, el único que se puede hacer con las manos esposadas. Sin embargo, jamás exhibió su militancia. "Era un ácrata al que le encantaba el lujo. Vivía a su bola", resume Pepe Sacristán. "Recuerdo encontrármelo en la manifestación del 23-F caminando por la Castellana. 'Coño, Fernando, ¿te vienes a la manifestación'. 'No, es que yo iba a mi casa'. Pero cuando ha habido ocasión, con la guerra de Iraq o los mineros de Asturias, siempre se ha colocado en el sitio de los justos".

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